Acho, profe, a mí no me calientes el tarro con el valor de un puntito o de una comita. ¡No tengo otra cosa que hacer que estar pensando en las comas o en los comos venga ya! Además, ¿sabes lo que te digo, pandehigo? Que tampoco será tan importante la asignatura de Lengua, con sus complementos y aditamentos, cuando la misma administración educativa va a quitar para el curso que viene una hora en primero de Bachillerato. Y digo yo que si quitan de un tajo una hora, pues será que tampoco es tan así, ¡qué pijo, ni qué niño muerto!
¡Y vaya petera que ha cogido el atildao de Lengua con las tildes! Yo creo que tampoco hay que pasarse con exageraciones, porque mi hermana María, sin ir más lejos, que está haciendo oposiciones a Secundaria, dice que en las pruebas escritas cada cinco fallos de acentuación cuentan como una falta de ortografía. ¡Y eso que los que se examinan son ya licenciados, gentes que han pasado no sé cuántos años en Primaria, cuatro en Secundaria Obligatoria, dos en Bachillerato y cinco en la Universidad! Pues eso, que si la cosa sale tan barata para los profesores, tampoco será tan importante eso de las tildes para los alumnos. Y si a ellos les permiten cinco, a mí, que soy más bien flojo de entendederas, me tendrán que permitir cuarenta y cinco. ¿O no? La verdad es que yo escribo como me da la gana, y si alguien tiene narices, que me suspenda. Le monto una reclamación que no se la salta un galgo. Así es que, por aburrimiento o por agotamiento, a mí me aprueban la asignatura. ¡Que si me la aprueban!
De momento, no hay mayor problema, porque en los centros están todos echándose las culpas de la formación en el nivel precedente. Dicen los pedagogos que la culpa de esto la tiene la falta de motivación o vaya usted a saber (o sea, que la culpa no es mía); dicen los políticos que quien suspende mucho es que no sabe enseñar (o sea, que la culpa no es mía); los profesores del instituto responsabilizan a los de Primaria (o sea, que la culpa no es mía); los profesores de la Universidad miran a los del Instituto (o sea, que la culpa no es mía). Y digo yo, vamos a ver: ¿es que en seis años de instituto no podían haber resuelto el problema de la ortografía?, ¿tampoco se penaliza la mala ortografía en la Universidad? Porque, claro, que yo sepa, allí, en la Universidad, también pasan los estudiantes sus cinco años del ala, dale que te pego. Y los de las alturas académicas (que son los que no tienen ni idea de lo que es cerrar por dentro un aula) gritan desmadejados y fatigando los pasillos a grandes zancadas: «¡Que viene el informe Pisa!».
Otro día os contaré otra de las manías de mi profe: nenes, que hay que ser coherentes escribiendo; nenes, que hay que conectar bien los párrafos y las ideas; nenes, que un humilde «sin embargo» bien puesto arregla muchas cosas; nenes, neeeenes Bueno, lla os cóntare hotras cosas que me pasarón con la coerenzia esa.
(Nota: Si véis que algo de lo que aquí pone está bien escrito, es que me lo han escrito).
Juan Cano Conesa es catedrático de Literatura y escritor.









