
Verán. Este curso, en unas clases de apoyo, he colaborado en enseñar los primeros rudimentos del español a unos alumnos recién llegados de China. Eran tres adolescentes, dos de ellos hermanos, que no sabían de nuestra lengua ni patata: nada de nada; tampoco conocían el inglés, ni el francés. Una llegada al instituto un tanto traumática, de inmersión forzosa, aterrizando en un aula donde habitualmente hablan todos a la vez y donde ellos ni siquiera conocían las letras del abecedario. Las primeras clases las dedicamos a aprender nuestros nombres con gestos y risas, que no fue fácil; la edad, el lugar de procedencia -les encantaba buscar sus ciudades minúsculas en el mapa inmenso de China-, la dirección, los primeros números (el móvil fue un buen recurso). Y más adelante empezamos con pequeñas frases de cortesía, saludos. Hola, ¿cómo estás?, yo bien, gracias, ¿y tú?.., preguntas del estilo ¿cuánto cuesta?, ¿lo puedes repetir?, gracias. Los dibujos, la mímica, el diccionario y la buena voluntad no eran suficientes para avanzar a buen ritmo. Así que uno de los días buscamos la ayuda de otro alumno chino, que ya lleva un par de años en España, para que nos hiciera de intérprete. Al rato de estar con nosotros, me preguntó muy serio: ¿por qué les enseñas «gracias», si aquí nadie lo dice? Ninguno de mis compañeros, ni nadie. No se usa esa palabra ¿Para qué enseñarla?
¿Glub!
Tío, tú, eh, acho, jo, pos eso, pos sí, pos no, cosa, vale. ¿Tendría que haber empezado por ahí? Me dejó un tanto perpleja la observación del joven Li y dudo que mi respuesta justificando el uso de esa palabra tan esencial en el trato le convenciera del todo. Y es que la mayoría de los jóvenes ha borrado de sus competencias lingüísticas el dar las gracias, así como el uso del usted, el del don, o la precisión del vocablo que utilizan, que es sustituido con comodines y palabras ómnibus que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. Tampoco diferencian los jóvenes al interlocutor que tienen delante, y tratan lo mismo al colega, al profesor, al padre, o al vecino de edad avanzada que se encuentran en el ascensor. No es extraño el tuteo al dirigirse al profesor, incluso salpicado de algunas palabrotas si el estado de ánimo no está muy sereno, que siempre parece que los tacos imponen más razones y contundencia. El otro día, sin ir más lejos, me contaron que un profesor de matemáticas que ya peina canas llegó a la sala de profesores diciendo que un alumno al que llamó la atención lo acababa de mandar a tomar por c. Eso sí, educadamente, porque en esta ocasión había utilizado el usted. Con un par, que para eso respiramos aires igualitarios, pensaría el chiquillo. Los modales, los buenos modales, han quedado relegados al nuevo mundo de la marginación, donde habitan los bien hablados, los estudiosos, los amables, los respetuosos. No se pide permiso para entrar o salir, ni se saluda al llegar o al irse, no se dan las gracias ni los de nada, no se utiliza el por favor. Las jergas y hablas de los marginales de antaño han invadido el panorama general. No sólo en las clases, claro. También en el ámbito familiar, en el laboral, en el social.
Por eso no me sorprendió una noticia que leí después sobre la preocupación creciente que dueños de negocios de ropa, zapaterías, perfumerías, restaurantes hacían pública: buscan y no encuentran dependientes, camareros, telefonistas, recepcionistas con buenos modales, que sepan tratar con educación a los posibles clientes que entran en sus establecimientos. Algunos están paliando este déficit nacional con la contratación de extranjeros, pero por el camino que vamos, en unos años, hasta la tradicional cortesía oriental quedará aquí reducida a la nada. Algo habrá que hacer, porque todo se pega. Así lo intuye hasta el joven Li.









