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Benidorm, junio de 1974: nace el ecologismo
14.06.08 -

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Benidorm, junio de 1974: nace el ecologismo
JESÚS FERRERO
(Homenaje a Josep Vicent Marqués)



Tal día como hoy, un catorce de junio de 1974, nacía el ecologismo en España, es decir, la ecología política, social o como se le quiera llamar: el movimiento que reivindicaba unas relaciones sociedad-naturaleza radicalmente distintas, para lo que había que cambiar, en primera instancia, la realidad política.

Durante dos días la Asociación Española para la Ordenación del Medio Ambiente (AEORMA) celebró su asamblea anual y, de paso, encaró la situación político-ambiental de España tomando como núcleo de reflexión y referencia el programa nuclear; y con una intención apenas disimulada: desafiar al franquismo. AEORMA era, en ese momento, el único grupo que hoy calificaríamos de ecologista, más concretamente de ecologista político, y había derivado recientemente desde su origen convencional e inofensivo hacia el enfrentamiento con el régimen. De Murcia asistíamos Pedro Guerrero y yo (más dos curiosos pequeños empresarios de la construcción que quedaron alucinados al ver dónde se habían metido).

Fue entonces cuando se aprobaron tanto el famoso Manifiesto de Benidorm como el llamado Programa Nacional del Medio Ambiente, que se dirigía hacia el corazón del sistema económico español, criticándolo y situándolo frente al corrosivo despliegue de las primeras y provocadoras formulaciones ecologistas. Por ejemplo:

¯«Los mitos, los ídolos, han dejado a su caída una estela de desastres...».

¯«Ciertas políticas que intentan producir bellas estadísticas numéricas...».

¯«Las multinacionales buscan países en venta donde expoliar a su antojo...».

¯«¿Quién nos devolverá lo que era nuestro país?».

¯«Los recursos naturales, de cualquier clase que sean, se consideran patrimonio de la Nación».

¯«...la degradación será considerada un factor más del precio de la producción y la regeneración de los recursos se efectuará a cargo del causante».

Allí estaban la mayoría de los primeros líderes antinucleares, la mayoría de ellos contactados por mí en los meses previos, y cuando se decidió crear un Comité de Centrales Nucleares a mí se me adjudicó (¿yo era el único ingeniero de la asociación en ese momento!) y en consecuencia me correspondió enhebrar, y tratar de llevar a cabo, lo más parecido a una estrategia antinuclear. Se decidió crear delegaciones regionales de la asociación, y Pedro Guerrero asumió la tarea de poner en marcha AEORMA-Sureste. La primera reunión de esta delegación -pública, multitudinaria, agresiva- se celebró en Lorca el 22 de septiembre de ese mismo año. Y crecía, mientras tanto, la oposición comarcal a la central de Cabo Cope que era, desde luego, lo que más nos preocupaba.

(Aquello, que era ecología política y social, fue el inicio del ecologismo en España y, por supuesto, en Murcia, donde sólo existía desde mayo de 1973 ANSE, que entonces era un grupo claramente conservacionista. No es correcto, como he oído recientemente, que se aluda a «Treinta años de Ecología social en la Región de Murcia», porque en 2008 ese discurrir ya es de 34 años, quizás 35. Y en este asunto los años cuentan, vaya si cuentan.)

Pero si he querido hoy rememorar Benidorm ha sido sobre todo por rendir homenaje a Josep Vicent Marqués, uno de aquellos fundadores, fallecido recientemente. Fue en esa reunión donde yo lo conocí, y me impresionó por encima de todo su elocuencia precisa, diría que poética, y su dialéctica insuperable. Las miradas se volvían hacia Marqués, siempre ingenioso y cordial, cuando sobrevenía el impasse: porque ni se podía hablar de todo ni se debían dejar en el tintero asuntos sustanciales que calificaban la España del momento y obligaban a AEORMA a asumir, que para eso estábamos allí. Ya se mostraba desconfiado ante los partidos políticos, viendo cómo allí se agazapaban y pedían un lugar al sol de esa nueva clandestinidad; y esto, pese a ser una referencia común en todas las esperanzas democráticas y progresistas valencianas. Pero él ya entendía el movimiento que impulsábamos como una fuerza autónoma, y seguramente veía que tras el franquismo habría que establecer distancias.

Siempre tuve buena química con él, incluso cuando diferíamos, como en aquella reunión, llamada segunda de la Federación del Movimiento Ecologista, celebrada en Daimiel en 1978, en la inclemente canícula de julio. Él fue, solito y de un tirón, quien redactó la Propuesta de Daimiel, cuando accedimos al frescor leve de la noche manchega, que se estructuraba en doce reflexiones y postulados (lo que yo llamé, con injusta ironía, Dodecálogo del perfecto ecologista) y que, tras ser discutida apasionadamente por los asistentes, fue aprobada sin apenas cambios. Su texto se iniciaba así: «Entendemos por ecologismo un movimiento socioeconómico basado en la idea de armonía de la especie humana con su medio, que lucha por una vida lúdica, creativa, igualitaria, pluralista y libre de explotación y basada en la comunicación y la cooperación entre las personas». A partir de ese esfuerzo Marqués redactó un bello librito, Ecología y lucha de clases (Editorial ZYX, 1980), que es una afortunada y oportuna extensión de aquella Propuesta de Daimiel, y que todos los ecologistas, de hoy y de mañana, debieran leer con detenimiento.

Luego coincidimos varias veces, en Valencia, en debates y sesiones contra la central nuclear de Cofrentes, y solía decir que en ese asunto «todos vamos detrás tuya»; reconociendo que la opinión pública valenciana debía de haberse movilizado antes y no cuando las obras ya estaban consolidadas.

José Vicente fue siempre un admirado profesor de Sociología, verdadero maestro, inmensamente culto y nada convencional. Estuvo, desde finales de los años 60, en todas las movilizaciones reivindicativas valencianas, revelándose como líder y ariete en la larga lucha por la recuperación de la Devesa del Saler como espacio público y símbolo histórico de la preeminencia popular. Valencia, su tierra y compromiso, sus alumnos y desde luego el ecologismo español, le están en deuda.

Pedro Costa Morata es profesor de la Universidad Politécnica de Madrid y Premio Nacional de Medio Ambiente 1998.
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