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Cultura

Rendibú 08
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Iba a ser una plácida y desestresante jornada en la montaña. Caminando, trepando, descendiendo, coronando...Llevaba unos días con muy mal aspecto, y en la oficina le dieron unos días libres. Bajó del coche y fue siguiendo el camino, cubierto con una fina capa de escarcha que sus botas iban rompiendo. Era maravilloso, desde que abandonó la carretera no se había cruzado con nadie. Soledad, tranquilidad y espléndidas vistas, ¿qué más podía pedir?

Conforme iba ganando metros en altitud, notaba el aire más frío, que cortaba al pasar por la tráquea y llegaba a doler al recorrer las fosas nasales. Pero le gustaba, era tan diferente a su día a día...Por ello, respiró tan hondo como pudo y disfrutó de ese olor a nada, a aire puro, lejos de la ciudad, los coches y la gente. El camino se iba haciendo cada vez más angosto, y acabó abandonándolo para intentar alcanzar la cima de la montaña que tenía ante si, cuyo perfil siempre le había fascinado: 4327 metros de roca, ahora cubierta de nieve y hielo; a la que de adolescente ya había desafiado, pero en aquella ocasión venció la montaña. Iba con un grupo de amigos y amigas de juventud. Hacia la mitad de la ascensión decidieron parar en una cabaña de pastores a comer, y después la pereza hizo que nadie quisiera seguir subiendo con él. Como aún no tenía coche, tuvo que claudicar y volver con todo el grupo, pero se prometió que un día volvería solo, y que ganaría el duelo. Tenía desde entonces esa espina clavada, y hoy se iba a desquitar. Mientras rememoraba esos recuerdos de sus años universitarios, oyó un rugido ensordecedor y, sin tiempo para reaccionar, se vio arrastrado montaña abajo por una terrible marea blanca que lo llevaba en volandas. Notó golpes en diversas partes de su cuerpo, fue consciente de que uno de ellos le había roto una pierna; y perdió el sentido. Cuando despertó, sintió que casi no se podía mover, y le dolía mucho todo el cuerpo. Además, no veía nada, la oscuridad era total, así que dedujo que había quedado enterrado a bastante profundidad. Por suerte, la extraña posición en la que quedó tendido hizo que quedara un hueco bajo su estómago, y tenía aire para respirar. Cogió un puñado de nieve y lo dejó caer. Le fue toda a la cara, lo cual significaba que estaba boca arriba, y que el suelo estaba bajo su espalda (y varios metros de nieve). Se giró y constató que no había perdido la mochila. Debía de estar todo roto y mojado, pero al menos lo tenía. Incomprensiblemente, eso hizo que se sintiera más seguro. Se intentó poner de rodillas, pero no pudo. Levantó el tronco y se palpó las piernas. Notó que sus pies estaban apuntando hacia la espalda, es decir, del revés. ¿Tenía los tobillos totalmente fracturados y retorcidos! Eso aclaraba por qué le dolían tanto las piernas. Dedujo también que debía de tener algunas costillas fracturadas, pues sentía también dolor en el pecho, sobre todo al respirar. Si eso era todo, aunque no era poco, podía considerarse afortunado, se podría haber abierto la cabeza. No tenía ni la más mínima idea de los metros de nieve que tenía encima, si uno o diez. Aún estirado, empezó a hurgar en la nieve que había sobre su cara, pero ya estaba muy dura, casi helada. Rompió la primera capa con la cantimplora que llevaba en la mochila, y después siguió con los dedos. La nieve le iba cayendo en la cara y, sin quererlo, la iba aspirando. Al rato, paró para descansar, estaba exhausto. No sabía qué hora era, su reloj con agujas fosforescentes se había roto al chocar contra algo en la desenfrenada caída. Aprovechó para comprobar qué llevaba en la bolsa, y encontró una brújula (totalmente inútil en esa oscuridad), un jersey que no tardó en ponerse y una bolsa de plástico con varias piezas de fruta y bocadillos. Lástima que no llevara unos guantes de repuesto, pues los que llevaba puestos se habían perdido con el alud. Tomó un pequeño refrigerio: un bocadillo que resultó ser de queso y un plátano. Lamentó que la cantimplora estuviera agujereada, no podría beber agua, y se moría de sed, pero al momento cayó en la cuenta de que lo que le sobraba en esos momentos era agua. Sólida, pero agua, así que se metió un puñado de nieve en la boca, mientras sonreía admirándose de cuán estúpido se podía llegar a ser en momentos de tensión si no se pensaba con frialdad. Otra sonrisa cruzó sus labios: frialdad también le sobraba, habría pagado lo que le pidieran por aumentar la temperatura unos pocos grados. Resignado, siguió rascando la nieve, dañándose los cada vez más entumecidos dedos debido al frío y la dureza de la nieve compacta. Al cabo de lo que estimó debían ser unas horas sólo había conseguido avanzar un metro escaso y, agotado, decidió dormir un rato, pese a que sabía que eso no era lo mejor que podía hacer para mantener el calor corporal, pero se sentía muy cansado.

Cuando despertó, notó que la cabeza le daba vueltas, y no tardó en adivinar que el motivo de tales mareos era la escasez de oxígeno en el reducido cubículo en el que se encontraba. Presa del pánico, empezó a cavar frenéticamente, haciendo caso omiso del dolor lacerante en sus manos, que tenía totalmente dormidas. Las piernas ya no le dolían, lo que era un alivio, pero supuso que debían estar totalmente moradas y quizá (Dios no lo quisiera), congeladas.

En su histeria no cayó en la cuenta de que sólo trepando no ganaba aire, sino que simplemente desplazaba el poco que le quedaba hacia arriba. Tenía que conseguir hacer entrar aire, pero se sentía adormilado otra vez. Creía recordar que ése era uno de los síntomas de la hipotermia. No debía rendirse, tenía que seguir ascendiendo como fuera. Así, siguió cavando con la mano izquierda mientras con la derecha iba comiendo lo que le quedaba en la mochila, con la esperanza de entrar en calor. Los víveres se acabaron rápido, y la diestra se puso a ayudar a la zurda, de la que notaba que manaba sangre: tenía las uñas rotas y colgando. La situación no tardó en igualarse entre ambas manos, pero aún y así siguió buscando aire y luz. Sabía que si no se salvaba a sí mismo, nadie lo haría por él, y lo que estaba en juego era su propia vida, así que no tenía demasiadas opciones: salir de allí o morir. Trabajó durante horas, con la noción del tiempo ya totalmente perdida, haciendo involuntarias pausas debido a repetidas pérdidas de la conciencia, pero en cuanto se recobraba seguía dándole a las manos, con las falanges de los índices ya asomando y el resto de los dedos despellejados y en carne viva.

Hubo un momento en el que definitivamente dejó de cavar, pero no por voluntad propia, sino porque su corazón se paró, debido a la hipotermia, la asfixia y la sangre perdida en las múltiples fracturas y heridas sufridas. La nieve bajo sus piernas era roja, aunque no lo pudo ver. Poco tiempo después su coche fue descubierto en el arcén de la carretera por una patrulla de los guardias forestales, que estaban realizando un recorrido rutinario por los alrededores. A las diez de la mañana siguiente los perros encontraron un cadáver totalmente azulado bajo una capa de nieve de escasamente veinte centímetros.
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