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ALBACETE - ALICANTE - MURCIA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Cultura

Rendibú 08
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Aquellas medias negras ceñidas en los muslos largos provocaban miradas de llama. La joven se movía con estilo.

Garbosa, consciente de su valor comprimido y oculto debajo de la minifalda gris. Tacones altos retando al silencio de la calle nocturna. Cada paso, cada gesto de la muchacha absorbido por los ojos babeantes de esclavos sin remedio, el instinto negro del deseo. Ella lo conoce. Pendenciera, inflama el vacío del hombre a quien atrapa. Consciente de su belleza, de sus piernas, su cuerpo compacto y delicado, los senos soberbios otorgan un particular contorno al jersey de algodón a juego con la falda (forma única que enmarca cada mujer). Suave, vuelve la cabeza y descubre, exhibe la cara hermosa de esfinge, ángel perverso: mujer.

Estudia el gesto, las manos acarician el pelo, lo invitan a mostrarse, a tomar cuerpo, le da permiso para volar. Es un pelo largo y oscuro; salvaje, rebelde -piensa el hombre- y le mira, juega a hacerse princesa, a no entender qué pasa, quién se esconde para admirarla.

Y es que disimula la perla que es; la que actúa, mujer en esencia. Ésa que las hace deseables, esa dote del círculo eterno vital en el cielo le hace ser, por sus piernas, sus sinuosidades, sus perfumes, sus olores, sus movimientos atractivos, atrayentes, cadenciosos, sus prendas, todo lo que toca (cómo lo toca, cómo deja de ser lo que era) como algo divino, de otro mundo. Lo deja diferente, trastornado, invadido de inquieta ternura, de secreto anhelo. Cara de niño, ojos grandes, espera su mirada, su obsequio. Es la diosa. Pero tu amor es sólo para mí. También es su enemigo. La marea que marea. Ofrece sus engaños, y vuelve atrás. Se da y se niega. Sabedora de la pobreza de los hombres. Sabe, sabe. Es narciso enamorada, torera, lunar, poderosa, inhóspita, húmeda.


El hombre la desea, quiere verla, tocarla, oírla, morderla, besarla, apretarla, gozarla. Descubrirla. Respira nervioso, excitado.

La joven sigue taconeando lenta, segura. Presiente que el hombre la observa. En la calle, palpa su ansiedad de calor, de roce.

No está muy lejos, camina apresurado, medio enfermizo, hecho un mendigo, sin ningún valor. Nada cuenta, nada es más importante que conseguirla. Verla por debajo. Apretarla y vencerla.

No más de treinta años, es joven. Mal vestido, con la ropa gastada y floja. Lleva un abrigo largo de paño. El pelo corto y negro. Debe de haber sentido mucho.

Además está ese vacío. Las ganas irreprimibles de descubrir a la mujer. Cualquier mujer, todas las mujeres distintas, sus misterios y sus vestidos, sus triquiñuelas, gestos, sonrisas seductoras, sus suspiros. Ojalá que no grite, ojalá que se deje hacer. El corazón del hombre late fuerte, rápido, desordenado y caótico; ya no hay razón ni espera.

Ella se para, cesa el tacón. Parece que está cogiendo algo del abrigo, una pitillera, un destello y ya lo besa, el cigarrillo encendido, rojo alarmea en la negritud de la calle, y sopla silenciosa la bocanada de aromático tabaco rubio. Ahora lo mira, se delata . Lo espera, lo está esperando. No le deja tiempo a besarlo dos veces, la bestia la abraza por detrás, de lado , como puede, le quita el cigarrillo. Lo destierra lejos y le besa a ella en los labios, abre la boca, con su boca se hace paso y la lengua (espada desesperada) estoca su lengua, se retuerce y le chupa los dientes, se bebe su boca, su baba, toda su pintura.

Apresurado, la empuja a la pared, en el mismo sitio, una mano le aprieta los senos , con la otra le palpa las nalgas, se atreve debajo, entre las piernas, baja a los muslos, por dentro, y pellizca la otra boca, y levanta la falda corta y sin soltar ese beso inmenso mira la ropa íntima y la desea más rápido.


Sigue amasando los senos, insaciable, y se baja a besarlos, a comerlos. Y ella no se queja gatuna, se revuelve, se estira, gime y toma parte, le palpa el vientre y lo atrae. Sigue sus caricias y lo aparta, le coge la cara y lo mira fijo a los ojos- «Vamos a un sitio cómodo. No tengas prisa» El pobre obedece. La sigue atragantándose las ganas, el ansia de calor, de piel y el mimo de una mujer en una habitación.

Dos siluetas corren de la mano. Un cuerpo de mujer tira de un hombre con abrigo, sumiso. Apenas alguna gente en la noche, parejas de novios, señores solos expectantes a cualquier escena, un policía de tráfico.

Al correr dos calles más, se oye ruido de claxon, coches y surgen semáforos, luces.

Y la joven de la falda gris levanta el brazo y consigue un taxi que frena en seco. Abre la puerta y, sin soltarle la mano al hombre delgado , ordena una dirección al del taxi y éste arranca urgente.

La habitación del hotel enorme, limpia, moderna. Muebles de diseño, cuarto de baño con un gran espejo y luces de camerino, bañera amplia, lujosa. En el dormitorio, un ventanal ocupa toda una pared de marcos blancos, la cortina está corrida. La cama es cuadrada, grande, cubierta con un edredón de flores. A un lado, una alfombra de pelo blanco, abrigosa. La puerta del baño cerrada, dos zapatos de tacón enfrente. Un hombre con abrigo y los zapatos sucios está sentado en el borde de la cama.

Brisa, una mezcla de perfume, lápiz de labios, y deseo, en el aire.

Empieza a hacerse consciente, real, denso, el tiempo. Piensa, impaciente, en su situación. Sucio, sin lavar, se acaricia la cara con barba de tres días, tantea en los bolsillos del gabán y no encuentra el bulto del tabaco. Echa una ojeada rápida a la habitación y divisa un paquete sin abrir de tabaco rubio.

La puerta del cuarto sigue cerrada. La joven abre el grifo de la ducha. Se acerca medio desnuda, una toalla alrededor de su cuerpo, abre y sus pechos redondos cuelgan y ella le previene

¯ «Sólo un momento. En seguida estoy contigo»

El hombre asiente, distraído.

Se levanta y se quita el abrigo. Camina hacia el ventanal, abre el paquete de cigarrillos y enciende uno. Mira a la calle. Sólo luces de colores, y la noche.

La voz de la mujer rompe su ensimismamiento

¯ «¿Ven!»

Ella le espera desnuda, húmeda.

Apaga el cigarrillo, la toma por la cintura, los ojos recorren el cuerpo de la mujer y sin decir algo la besa en la boca. Ella empieza a quitarle la ropa con prisa y lo empuja al baño, humedece la esponja azul en agua y esparce el gel.

¯ «Siéntate en la bañera», susurra. Como una madre se estira a cerrar el grifo, frota su espalda, le hace echarse hacia atrás, le enjabona el pecho, el vientre y la otra mano suelta sopesa el sexo, lo moja, ahora se lo enjabona.

¯ «¿Pónte de pie!» le dice, y sigue por los muslos, las rodillas. Observa a su adorador (ahora adorado) por detrás , sus piernas, sus nalgas, su espalda de hombre y sus hombros fuertes. De repente, empieza a sentir algo, una alegría, una euforia por lo que está pasando esa noche, por ese momento, por ese hombre. Y sueña (intemporal ) «Tal vez podamos ser amigos». Y quisiera que el baño de aquel desconocido durase toda la noche, quisiera tenerlo para ella más veces. Quisiera que fuera como un hermano, quisiera el compromiso de encontrárselo todos los días.

¯ «Sé que no me conoces, pero me gustaría decirte »

¯ «¿Vaya!¿Pero si sabes hablar! ¿Creí que te había comido la lengua el gato!». Ella sonríe, guapísima, los labios hechiceros , llenos de certeza, su cara diferente, feliz y mujer.

¯ «Yo tal vez.... pienses que los hombres, todos ... el modo en que yo me acerqué a ti»

Pero ella no le deja acabar

¯ «¿Acercarte? ¿Un poco más y me secuestras!»ganando terreno, la mujer.

¯ «Bueno, no me lo eches así en cara. ¿Déjame que te diga!»

¯ «!!Habla!Habla!!». Ella deseosa de oír su confesión. Sabe que le está venciendo. Cree que debe hablar mucho para eternizar ese momento («¿Y si no me dice lo que quiero que me diga?»piensa ella). Tiene miedo a lo que no debería suceder.

¯ «No me importan muchas cosas», prosigue el hombre «mientras estabas ahí, y yo aquí, esperándote y mientras caminaba por la habitación y miraba la calle desde esta ventana. Sé que fue poco tiempo, pero nunca sentí tanto, ni de esta manera».

Interrumpe la mujer

¯ «Déjame ponerme algo encima. Estoy desnuda.¿Y tú?¿No tienes frío? Creo que nos tomaremos una copa de licor. Esta charla se está poniendo interesante»

No espera a que el hombre diga sí, prepara dos copas y le ofrece muy seria un albornoz.

Se miran los dos. Logran disimular la pasión extrema que sienten. Él baja la cabeza, como arrepintiéndose.

¯ «Yo no soy como las otras mujeres», arriesga ella.

Piensa que ahora puede perderlo o ganarlo para siempre. Ninguno de ellos sabía apenas nada del otro.



Aquella noche, una prostituta bellísima de minifalda gris y un hombre extraño con un abrigo viejo se confiesan su soledad y su sueño, y allí en la habitación del hotel deciden encontrarse, dormir juntos y ser como dos hermanos.
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