El premio en cuestión estaba organizado por un periódico. Daban tres mil quinientos euros. Máximo: Dos páginas. Interlineado sencillo. Fecha de recepción de trabajos: 21 de abril. Tres copias. Sistema de plica. Lo habitual. No obstante, tuve que volver a buscar en el diccionario el significado de plica. Después me puse en la ventana e imaginé un comienzo. Algo impactante, sugestivo, en realidad superficial, que llegara a todo el mundo, masticable, desechable. Pero sobre todo publicable y nada experimental. Pensé en asuntos relacionados con el dinero pero no salía nada, en conseguir dinero fácil, un robo, un asesinato, algo de sexo, algo de moda, algo fácil. Luego pensé en una adaptación del cuento de los cuatro ositos pero para adultos y con un solo oso, un oso solitario, un antihéroe que se pierde por las calles de una ciudad, por la noche, sin rumbo. Al final lo mezclé todo: Sexo, dinero y osos que se emborrachan por la noche en bares de moda, un secuestro, robos, muchos robos. Escribí lo necesario para que nadie se durmiera después de cinco líneas. Mientras escribía, pensaba que lo más inteligente era hacer disfrutar de un buen rato al lector, nada más, como ver la tele, como irse a la playa a pasar el día. Eso intentaba. Escribí de forma histérica, sin descansar, sin comer, sin ir al baño, pensando en un lector estúpido, con encefalograma plano, un lector como yo. Escribí con el estómago, con el deseo del dinero, pensando 3500, 3500. Como un loco, como un obseso. La suma final de páginas superaba las requeridas en las bases del concurso: El texto era un niño gordo, indefenso ante mi avaricia y mi verborrea, un niño con sobrepreso, un ser al que hincar el diente, a quien meter en el horno. Entonces pensé: Tengo que parar aquí, aunque seguiría, tengo que volver atrás, aunque seguiría. Sentí el latido de una adicción dentro de mí -continuar escribiendo- y dejé pasar los días sin hacerlo. Ponía la tele y no hacía nada con ese niño gordo, dejaba que pasara hambre en alguna de las carpetas de mi portátil. Lo imaginé silbando, jugando, ingenuo, feliz en su obesidad. Luego pensé que un día se desinflaría. Como un globo. Por tristeza. Pensé que eso estaba mal, que lo que le hacía no estaba bien. Pensé en mi integridad como escritor, en mi integridad como persona. Pensé en los 3500 euros, 3500. Billetes de la Unión Europea. Planchados. Coloreados. Aromatizados. Dinero fácil y fluido. Igual que pedir un rescate y salir ganando. A la mierda con la integridad. A la mierda con el niño gordo. Que adelgace. Después, una noche, me encontré contando palabras, recortando líneas del texto, sí, del texto, ajustando el perfil de las frases, poniendo a dieta los párrafos, inyectando el gen de la anorexia a un ser (el texto) que, en realidad, quería comer y crecer, deformarse. A lo ancho, a lo largo. Ser grande. Salirse del papel. De la pantalla del ordenador incluso. Pensé que privar a la narración de todas estas palabras que amputaba a diario sería una tortura para el texto, mi texto, mi querido texto. Consideré la posibilidad de que alguien me denunciara a Amnistía Internacional. Una noche soñé que la policía venía a casa, a mi casa, entraban, me sacaban de la cama, me llevaban a un sitio oscuro.
Durante esos días también pensé que la situación que vivía era semejante a secuestrar a una persona y meterla en un zulo. La persona era el texto y el zulo era una carpeta perdida en el ordenador, entre otras abandonadas hacía tiempo, allí donde había archivos de diarios inacabados, bocetos de relatos, historias sin terminar. El texto se perdía entre basura digital y poemas de cuando tenía acné. Sin compasión, me dediqué a esperar, me dediqué a ver cómo el texto perdía kilos, letras, palabras, más kilos, más palabras, páginas, qué se yo, tal vez incluso los puntos-y-aparte que eran sustituidos milagrosamente por puntos-y-seguido de forma compulsiva, puntos-y-seguido que ahorraban espacio, que me acercaban a la cifra mágica: 3500. Ahora el texto no jugaba, no silbaba. El texto era un judío en un campo de concentración, mientras yo era un guardián de las SS que comprobaba cómo se reducía, cómo tomaba la forma adecuada, la densidad precisa, el número de caracteres que tienen cabida dentro de dos páginas. No más. Cada mañana, cada tarde, cada noche encendía el ordenador y buscaba entre los archivos como quien da luz a una linterna y mira hacia el fondo del zulo y, con cara de pocos amigos, dice: Tienes que perder peso, hasta que no llegues a la medida oportuna no te dejaré salir de aquí. Si no cambias de actitud no saldrás nunca, nunca. Nadie sabrá más de ti. Así le hablaba y así se sucedían los días. Después pasé por el proceso de la paranoia de verme espiado. Llegaría mi recompensa, me decía. Empecé a creer que los vecinos eran conscientes de lo que pasaba en casa. Sabían de las torturas y los días sin comida, sin bebida. Sin embargo, se callaban: Ellos también pensaban en el premio, en el dinero. En quitármelo. Hacían como que no oían los gritos por las noches, las súplicas, las lágrimas, frases como tengo hambre o por qué no escribes, escribe por favor, más lágrimas, escribe por favor.
Pasadas dos semanas, el texto era un esqueleto andante, sonido de huesos. Menos es más, me dije. Yo era feliz. Él, en cambio, no. Sus dimensiones se reducían a las reglas que tenían que aceptar los concursantes: Sí, no más de 2 paginas, times new roman, tamaño 10, interlineado sencillo. Por fin. Percibí cierta belleza en la desnudez, en la extrema delgadez, en el cuerpo castigado, en el cuerpo flaco del texto. Pensé que todo estaba listo. Llegado ese momento, salí de casa y me dirigí a una oficina de correos. Franqueé el paquete con las tres copias dentro más el sobre con el título del cuento y en su interior mis datos personales, una pequeña semblanza biográfico-literaria en la que me disculpaba con ironía de mis delitos como escritor (y torturador). Después regresé a casa con ese inevitable sentimiento de culpa que tiene el torturador (o el escritor), y procuré no cruzar la mirada con nadie para que no se descubriera lo que había estado haciendo en las últimas semanas, confiando - más bien rezando - que el texto sufriera de síndrome de Estocolmo y sintiera un vínculo amoroso hacia mí que le hiciera confesar que durante unas semanas yo fui todo para él, su única esperanza, su único amor, el verdadero.
Pero después pensé que no, que nadie le creería, que su aspecto era lo suficientemente expresivo, silenciosamente delatador de torturas y vejaciones, de una dieta forzada, del aislamiento. Pensé que tal vez el texto lo contaría todo, todo. Sí, me denunciaría, confesaría los sufrimientos a los que le había sometido, perdería mi vida, mi casa, mi futuro. Así que regresé corriendo a la oficina de correos, empujé la puerta, tropecé con alguien, llegué al mostrador, llamé la atención de un funcionario y solicité que me devolvieran el paquete, pedí que las cosas volvieran hacia atrás. El funcionario decía no entenderme. Discutí con él, le empujé, un grupo de gente me sujetó y rogué que me dieran el paquete, el texto, lo pedí de rodillas, dije que me portaría bien, que sería bueno, que no lo volvería a hacer, repetí una y otra vez que era imprescindible que nadie supiera de lo que era capaz un escritor por conseguir tres mil quinientos euros.








