
S egado recordaba ahora esas palabras que parecían lejanísimas en el tiempo, pero que siempre estaban presentes. Tendría que decidir si mataría a aquel hombre para callar la voz de la conciencia. Si lo hacía, la próxima vez no habría atisbo de remordimientos, sería la segunda vez, se convertiría en rutina. Por otro lado, se preguntaba si en su lista de muertos no habrían caído hombres que hacían que la humanidad fuese algo mejor, hombres con el don de hacer siempre lo correcto, de obrar con justicia sin caer en las tentaciones del poder, en definitiva, hombres buenos. Segado recordó la primera vez que aceptó un encargo. Estaba con Luís Almenara, un conocido del lugar, alguien que ya se ganaba el pan por aquellos años jóvenes. Cuando Segado conoció a Luís, éste llevaba cuatro muertos a sus espaldas, entre ellos un niño de doce años. Carlos pasaba una mala época por aquel entonces. Su padre se había casado de nuevo y renunció a él como fruto de un matrimonio nefasto. Deshecho e inundado por el temor natural que puede infundar el desarraigo en un preadolescente, Segado se refugió en los brazos de la joven Julia, la niña que siempre aparecía en sus sueños. La había amado siempre en secreto, con la inocencia de un joven inexperto, con la intensidad del que tiene toda la capacidad para amar, con la locura del que no está sujeto a los guiones del mundo social. Quizá esos fueron los momentos más felices de su vida, los que pasó junto a ella. Posteriormente, el tiempo realizó sus competencias en el marco de la fisonomía. Y cómo las realizó. Julia pasó de adolescente ingenua a mujer de insinuante mirada. Aprendió rápido las herramientas de la seducción, como casi toda mujer bella, así como el poder que otorgan. No tuvo reparos en prescindir de Carlos para abalanzarse sobre presas de más alto nivel. En aquel instante, el corazón del futuro sicario sufrió la afección más importante en la historia de los corazones. Es la herida letal. Es el agujero de límites oscuros por donde fluyen y se escapan la esperanza, la alegría y la ilusión, dejando sólo cabida al desasosiego. Es la pérdida del niño que hay en el interior. Como diría su admirado Miguel Espinosa, se pierde el Dios de las primeras cosas. El alma se transmuta en algo pequeño e inmóvil, vulnerable a las exigencias del mundo exterior. Es mejor ocultarla, no dejarla asomar. Y así se había estado sintiendo todos estos años. Con el alma encogida, sin nada que perder o ganar. Es el punto en el que la vida se convierte en un tren gris de pasajeros abstraídos que se dejan llevar hasta la última estación. Ya no hay vida, hay trasiego de cosas. Fue entonces cuando decidió llevar a cabo su primer encargo, quizá pensando que sería él el primero en morir. Lo que era seguro es que ese trabajo le ayudaría a acabar antes. Su primera víctima fue Fernando Satué, padrino de un clan de sicarios. El jefe de los jefes. El hombre más peligroso en el mundo de los asesinos a sueldo. Segado tuvo mala suerte y no consiguió morir. La serenidad que brinda la indiferencia le convirtió en un arma fulminante, metiendo entre los ojos de Satué cinco balas de nueve milímetros parabellum. Recuerda perfectamente el momento de pulsar el gatillo. El tacto con la superficie fría de la palanca, le originó un enorme hormigueo que le recorrió todo el cuerpo, acabando en la punta del dedo anular del pié derecho. Es la llamada de la muerte. Antes de matar, el cuerpo se estremece; de alguna manera se excita. Es una sensación tan extraña que sería incapaz de trasmitirla con palabras. Quizá por eso nadie se lo advirtió. Ahora estaba frente a un hombre que no era como los demás. Había algo puro en él. Su mirada le era familiar. Se diría que el brillo de sus ojos era el mismo que el que vio un día en Julia cuando eran jóvenes. Una mirada limpia, llena de significado, sin finalidad alguna más que la de ver el mundo con amor. Este hombre todavía no ha perdido al niño, es un Dios en sí mismo, pensó. Tiene algo que yo no podré recuperar. Aquello de lo que carezco y por lo que probablemente me haya convertido en un monstruo. Todo este tiempo he matado a personas impunemente sin dejarles un segundo para que griten algo en su defensa, ni una sola frase con la que puedan justificar su existencia, una razón por la que merezcan estar vivos. Todas esas muertes que no significaban nada para mí en un principio, todas esas balas en los cuerpos, han ido llenando de plomo mi alma sin que fuese capaz de advertirlo.
Hoy tengo la oportunidad de salvar lo que siempre he añorado, dejar que la bondad fluya. Lo que pensaba que ya no existía, hoy lo he encontrado. Dígame una cosa senador. Qué le mantiene vivo y con esperanzas, susurró Segado con un nudo en la garganta. Tenga usted claro que sin duda se trata de mi familia, de los míos, dijo convencido el senador. Mi mujer a la que amo desde que tengo veinte años, mis hijos que me han llenado de orgullo y satisfacción y, por supuesto, mis nietos, que se llevan un pedazo de mi alma y me hacen inmortal para el resto de los tiempos. Sepa usted que no le tengo miedo a la muerte, lo único que me importa es no poder despedirme de todos ellos por última vez. Segado sabía que no se había equivocado con aquel hombre, era especial, era de los buenos, de los que llevan al niño dentro. El sicario notó como su alma escondida gritaba y lloraba rogando por aquel hombre, no podía ser capaz de matar lo que siempre había buscado. Segado se dio cuenta de que nunca tendría lo mismo que el senador. Sabía que no podría recuperar al niño y amar de nuevo. Amar con mayúsculas, amar como la primera vez. Tiene usted un equipo de alta fidelidad, preguntó al senador. El viejo Miguel se quedó atónito ante semejante pregunta. Claro, me encanta la música, y a usted, contestó preguntando. Segado afirmó con la cabeza, No hay ningún hombre que habiendo conocido al niño no sea capaz de amar la música, la mayor de las creaciones humanas. El viejo asintió sin tener muy claro lo que quería decir aquel hombre que había venido a matarle, El equipo está justo allí enfrente, detrás de usted. Segado se volvió para dirigirse hasta el mueble donde se apoyaba el aparato. Miró entre los discos de vinilo del senador, corroborando feliz el hecho de que aquel hombre viejo tuviera exactamente el mismo gusto que él por la música. Me alegra saber sus gustos, amigo, sabía que es usted capaz de apreciar las cosas bellas de este mundo, dijo el sicario.
Finalmente se decidió por John Lennon, concretamente iba a poner una canción, God. Colocó la aguja sobre el corte adecuado y se sentó frente al senador al otro lado de la habitación. Mientras sonaba el tema del ex - Beatle, Segado miró fijamente al senador a los ojos, recordando una vez más los años buenos de la juventud, con Julia. I don´t believe in kings, i don´t believe in Jesus, just believe in me, gritaba Lennon desde el altavoz. Eso me pasa a mí, senador, que ya no creo en nada. La diferencia con Lennon es que ya no creo ni en mí mismo. El viejo le miraba ahora con compasión, sabía lo que era el amor, pero también sabía perfectamente qué es justo lo contrario. El hombre que había venido a llevarse su vida era en realidad un niño solitario y asustado sin nadie a quien decirle que tenía miedo a cambio de un abrazo. La canción terminó. Sabe senador, dijo, me ha enseñado usted mucho hoy, me alegro de haberle conocido, gracias por todo. Segado cogió la pistola y se la puso en la boca. Disparó. Esa vez la superficie del gatillo no era fría. No hubo hormigueo.







