
Es curioso ver cómo mi vida transcurre sin que yo pueda elegir, al azar, inscrita en la necesidad que genera el vicio, y sin embargo, lo que he visto, oído, las escenas de las que formo parte, son autorretratos feroces de los que nadie podría ser testigo.
En esta ruleta rusa cada uno corre su suerte.
Sé de uno que acabó con un anciano. Lo llevaba a todas partes: Timbas de cartas, tardes de banco en banco, bingos, clubes nocturnos, noches de radio. Cuando el anciano falleció fue enterrado con todo lo que llevaba, y por supuesto lo llevaba a él. Fue una mala pasada.
Pero volvamos al principio y a esas muñecas blancas.
Me encontré con Marion sobre el terciopelo azul de una cafetería a las afueras.
Acaba de anochecer y ella estaba nerviosa. No dejaba de moverse y hablar, pero no salía más que un hilillo fantasma de su garganta. Bebía impaciente, iba y venía sin cesar. A veces me cogía para salir, entonces las pausas eran más largas. En una de ellas confesó, pero nadie pudo oírla. Yo tampoco podía hacer otra cosa por ella, sin embargo parecía tranquilizarla, me miraba fijamente mientras me hacía girar entre sus dedos.
Marion entró de nuevo en la cafetería. Subió el tono de voz y cerró así la boca de aquel tipo que no dejaba de increparla. Se levantó con una fuerza nueva y recogió sus cosas para largarse. Yo me sentía tremendamente útil porque se aferraba a mí todo el tiempo.
Un coche verde oscuro nos llevó a casa. Ella condujo absorta todo el trayecto. Las calles se sucedían inmóviles, parecía que dios hubiese bajado el volumen para que yo escuchara la respiración que, a trompicones, se le escapaba.
Mi nuevo hogar era un amplio apartamento en la zona nueva. Alfombras, cojines, cortinas combinadas, detalles que desvelaban elegancia y buen gusto. Pero era el desorden y la ropa amontonada con prisas lo que decía la verdad, ella estaba de paso.
Me dejó en el salón. Salió envuelta en una toalla marrón para subir el volumen del disco que había estado buscando y volvió a desaparecer.
Sobre la mesa naturaleza muerta de libretas, vasos, algunos mapas y fotos. En una de ellas a Marion la abraza una chica desde detrás de una barra, un hombre corre para unirse a ellas, pero la cámara se disparó sin darle tiempo.
Cuando estoy sumido observándola, ella aparece y se sienta a mi lado. Su expresión ha cambiado, el agua la ha calado de serenidad. Recoge su pelo húmedo a un lado y muy despacio estira la mano hasta tocarme. Nos quedamos así un rato, cerca de una hora supongo. No quiero separarme de ella, cuando siento que me suelta la miro, está dormida.
Llaman a la puerta. Insisten. Pero compruebo aliviado que no se despierta.
¯ Sin duda se levanta antes de lo habitual. El olor a café y la luz bañan la estancia, Marion canturrea animada. Abre todas las ventanas y no deja de recoger. Coge la escoba como a una pareja de baile, se mueve con ella y lo hace bien, ríe, pero para en seco y grita -¿Para esto he venido?- Cierra los ojos y se tapa la boca con las dos manos.
Da por terminada la sesión, perfila un par de detalles y se carga las dos mochilas que hay junto a la puerta. Volvíamos a esfumarnos de la escena.
De camino al aeropuerto no deja de mirar el teléfono mientras con la otra mano juega conmigo.
Nunca sonó. Hacíamos cola y me estremecía pensando en lo que me esperaba junto a una mujer que deseaba descubrir. No quería más azar que ese.
Quedaban unos minutos para embarcar, y Marion me cogió para salir un momento.
Apoyada en una pared exhala el humo como si dibujase con él, despacio, intensamente. Un operario del aeropuerto corre hacia ella como si la conociese. Busco temeroso en él la cara del hombre de la noche anterior, pero lo que encuentro son las palabras que me dejarían en tierra.
¯ Perdona ¿tienes fuego?
¯ Sí. Tranquilo quédatelo, hasta dentro de unas horas no volveré a necesitarlo.







