Mi existencia es sufrida, aunque podría estar peor. No hay condición más triste que la de una servilleta descartable. ¿Morir confundida con un pañuelo! ¿Qué horror! ¿Vida efímera, como la de un insecto! Menos grave es terminar en la cocina, fregando desperdicios como asistente secundaria de los trapos de piso, que son un gremio ordinario Las de tela, además, tenemos la ventaja de ahuyentar a los poetas, que las buscan de papel para atrapar esas burbujas delicadas que una Musa intempestiva les inspira en cualquier ocasión, especialmente al salir sin sus cuadernos. Sino ¿plop!, adiós a la metáfora espontánea.
Somos el rubro en el que se registra mayor desigualdad. Asistimos a la mesa del político, cortejadas por un séquito de porcelanas y metales o cobijadas por las faldas ilustres de sus damas. A veces los criados nos enlazan con cordones de seda y no hace falta acreditar el oficio, porque vivimos de adorno. Pero también nos tocan los hospitales, los manicomios, experimentar la náusea del lavarropas... Faltar en una casa es señal de que fuimos creadas para tareas más importantes: si no hay bocas que limpiar es porque no hay bocas bien alimentadas. ¿Qué mejor emergente de la escasez de un pueblo? ¿No me vengan con indicadores de pobreza! ¿Tasa de analfabetismo o de desempleo, probabilidad de no sobrevivir al nacimiento? ¿Con un censo de servilletas, suficiente! Nuestro índice de desocupación debería informar algo a los ministros.
Desde que el patrón me condenó a vivir en esta orilla deshabitada, mi única compañía es un pintor paisajista al que le gusta elegir los asientos con mayor amplitud de perspectiva, para ambientar sus cuadros.
- Bonsoir, serviette.
Así me saluda Virgile. Se sienta frente a mí, pide un coñac y me ignora por el resto de la noche. Aun así me divierte escuchar la cadencia de su r afrancesada, ver las arrugas de su entrecejo mientras dibuja. Entre copa y copa la velada se anima.
- Au revoir, serviette.
Bebe el último sorbo y se va, sin estrecharme. Me pregunto qué textura tendrán sus labios.
El incidente del cuchillo es un episodio traumático como el último robo, cuando un grupo de maleantes desplumó al cajero de la recaudación del mes y se llevó a una de mis hermanas de souvenir, para envolver media docena de medialunas recién horneadas... ¿Ah, el accidente! Una clienta desmañada pretendía cortar un panecillo fuera del plato y no se percató de mi presencia. Me agujereó el vientre y así me abandonó, con los hilos afuera. Cuando la mujer del servicio me descubre, me lleva donde una costurera que, a fuerza de zurcirme las hilachas sin prestar atención, me remienda una pústula monstruosa que parece una verruga. Primero era blanca, pero el mucho trabajo y la poca limpieza me la oscurecieron. Por esa razón Don Adalberto me despachó al fondo de la sala, por pura compasión.
Ahí llega el proveedor de café a conversar con uno de los camareros, como todos los días.
- La empresa quiebra, van a desmantelar la confitería en cuestión de horas, la galta de liquidez de los socios obliga a cobrarse la deuda de algún modo.
- ¿Quién lo dice?
- Mi jefe. Cuñado de uno de los prestamistas. Creen que con el remate del terreno más los hornos y refrigeradores se cubrirán los compromisos pendientes. Sólo dejan los baratillos: tenedores, manteles, servilletas
- Y bueno, para lustrar el piso -interviene una clienta entrometida.
- Claro, para lustrarlo -repite el camarero, sin reponerse del impacto de la noticia.
- Joven -implora un mendigo- ¿Me regala esta servilleta? Ya que se van a fundir
- ¿ Pero si es un asco! -grita el dependiente de la caja-. No sirve ni de esponja de baño, con esa costra negra te arrancaría hasta la piel, si acaso te ducharas. Va directo a la basura, esa no se presta ni se regala.
- Miserable pedazo de tela. Un oficio tan noble que termina revolcado en el lodo -opina un feligrés.
- Vamos todos al mismo lugar, memento mori -cavila en voz alta otro de los presentes, en un rapto metafísico.
- Yo que ella, antes de afrontar la división de bienes, me escapo.
- ¿A cuánto me venderían un mantel?
-¿ Miren, se fue por la ventana! ¿Una servilleta suicida!
- ¿Pero quién dejó el vidrio abierto? ¿No saben que las cosas se vuelan?
- La aconsejó mal, abajo había un charco de barro, que es un orinal de perros. Mírela buceando como una barquita desahuciada. Ahora se hunde. Si fuera de papel, tal vez flotaba.
- Cumplió su ciclo, que se retire a tiempo.
- Adiós, compadre.
- Adiós - y el camarero se sonó la nariz, con el pañuelo de su último uniforme.







