Cuarenta velas encendidas dispuestas sobre la masa circular de bizcocho bañado en chocolate, cercadas por un borde de merengue. Velas recién estrenadas, que tendrían un momento efímero y después, volverían al cajón de los deseos, como le gustaba llamar al lugar donde guardaba las velas de todos los cumpleaños de su vida.
Durante 39 años había mantenido el ritual del aniversario como algo sagrado. Durante su infancia se encargó su madre y después, ya adulto, Matías lo siguió a rajatabla.
Sabía que hay tres condiciones indispensables para lograr un ritual completo y satisfactorio. Siguiendo esas normas, el deseo que se pide al soplar las velas se cumple con toda certeza.
La primera es que las velas deben ser nuevas. Si se utilizan las mismas del año anterior o, peor aún, unas velas prestadas, los deseos pueden mezclarse y uno se arriesga a vivir deseos ajenos. La causa de muchas vidas frustradas reside en esta razón.
La segunda es que debe haber una vela por cada año que se cumpla. Soplar esas velas con forma de número sería como encauzar tu vida a un desastre seguro .
Y por último deben soplarse todas de una sola vez.
Esto lo aprendió el día en que llegó con un uno y un cero de cera tintada en rojo que le había dado Federico, el vecino de enfrente que era un día mayor que él, para plantarlo en mitad de la tarta de su décimo cumpleaños. Su madre, al verle, dejó la manga de tela con la que estaba terminando un círculo perfecto de nata y le miró como si le hubiera herido en lo más profundo de sus 113 kilos. Le explicó entonces la relación entre la magia y el esfuerzo que se hace al soplar. «Hay que sacar el aire desde las entrañas y apagarlas todas de un solo soplo», decía, «y cuantos más años cumplas, más aire tendrás que sacar, así que más vale que vayas acostumbrándote, Matiítas».
Un día Matías le preguntó qué ocurriría cuando cumpliera muchos años y no tuviera fuerzas para soplarlas de una vez. «Tendrás que resignarte», le dijo, «los deseos de los viejos no se cumplen».
Matías creció entonces con un miedo terrible a hacerse mayor y una aversión especial a las enfermedades respiratorias, sobre todo desde el día en que le diagnosticaron asma. Lo descubrió un veinticinco de junio, cuando tuvo que soplar quince velas y su cara se puso tan morada que tuvieron que llevarlo al hospital para darle oxígeno.
Y allí estaba Matías, delante de 40 velas, buscando dentro de sí el acopio necesario para soplar.
Había, sin embargo, algo que le hacía sentir diferente de los 39 años anteriores. No era la soledad. Hacía tiempo que había renunciado a la canción de cumpleaños y al aplauso que clausura el ritual, a pesar de que esto último le había sido difícil de asumir. Nunca en su vida había recibido aplausos por otra cosa que no fuera soplar las velas y sentía un secreto placer cuando esto ocurría, pero la idea de hacerlo él para sí mismo la había desechado por resultarle demasiado patética.
Lo que le ocurría era algo más profundo, algo que le desconcertaba y que con el paso de los años se había hecho más evidente. Y es que, desde que Matías tenía conciencia, no se había cumplido ni uno solo de los deseos que había pedido.
Había puesto muchísima atención en hacerlo todo bien, anotaba los deseos en una libreta para asegurarse que no los confundía u olvidaba y tenía el cajón de las velas meticulosamente organizado por años. Desde los quince, había entrenado concienzudamente sus pulmones resistiéndose a llevar una vida sin deseos sólo por ser asmático. Se había puesto en manos de expertos neumólogos que le enseñaron los ejercicios respiratorios que practicó disciplinadamente durante toda su vida. Más tarde, siendo ya adulto, se había entregado a las prácticas orientales y realizado breves inmersiones submarinas para desarrollar su capacidad pulmonar.
Incluso en los últimos años había pedido deseos muy simples, deseos básicos que cualquiera podría tener, y ni siquiera esos se habían cumplido.
Matías sentía como si alguien desde el más allá le estuviera gastando una broma pesada. Llegó a pensar que el error estaba en las instrucciones de su madre y que ésta le había condenado a ser un viejo prematuro, pero desechó pronto esta idea. Su madre podría haberse equivocado muchas veces en su vida, pero en cuestiones de magia, sabía muy bien lo que se decía.
Cayó entonces en la cuenta de que quizá el problema estaba en las velas. Durante todos esos años las había comprado en la tienda de ultramarinos de la esquina, el único comercio que aún permanecía a pesar de los años sin sufrir apenas remodelaciones.
Las cuarenta velas que ahora tintineaban expectantes delante de sí, esperando su único gran momento, las había adquirido aquella misma mañana. Se había puesto la ropa de los cumpleaños. Una camisa de manga corta de lino abotonada hasta arriba y unos pantalones grises pinzados que se arrugaban tan pronto como la camisa, por lo que Matías tenía que andar muy recto y estudiar bien la posición de antes de sentarse. Se había peinado concienzudamente mojando el peine en colonia de bebé y salió a la calle con sus zapatos de lona beige con agujeritos transpirables.
En la tienda le atendió la hija del dueño, la cual siempre le había llamado de «usted», incluso cuando Matías era pequeño y ella, tan sólo un par de años menor.
«Buenos días, qué desea», le dijo ella abriendo al mismo tiempo las aletas de la nariz para reconocer el olor a colonia de niño y sentir una punzada de nostalgia.
«Qué más da lo que desee, si no se va a cumplir», contestó Matías sorprendiéndose a sí mismo por sus palabras a la vez que una sensación intensamente placentera surgía de alguna parte de la boca del estómago.
«Bueno», dijo ella después de un instante entre el miedo y la curiosidad, «pruebe usted».
«Además si te lo digo ya no se cumpliría el deseo».
«¿Entonces qué hacemos?», dijo ella, « Yo no lo puedo adivinar».
«Quizá podrías, lo que pasa es que no lo quieres intentar. Pero está bien, te pediré algo que deseo».
«Bien», dijo ella temblándole un poco el labio superior.
«Deseo cuarenta velas de tarta de cumpleaños, sin adornos de colores, ni soporte . Cuarenta velas de cera blanca, nada más».
«De acuerdo, un momento por favor», dijo ella antes de meterse en la pequeña trastienda donde solían guardar las cosas que ya no se vendían.
Matías la oyó trastear por dentro, tirar alguna caja y maldecir en voz baja. Tras unos minutos, salió con una pequeña caja de cartón que le temblaba en las manos, casi tanto como le tembló la voz al decir, «lo siento, todas las velas que tenemos llevan adornos de colores».
Matías la miró fijamente con ojos inexpresivos durante un rato. «Está bien», dijo al fin resignado, «dámelas».
Ella envolvió torpemente las cuarenta velas en un trocito de papel marrón y se lo entregó a Matías. «No,no tiene que pagarlas ahora», se apresuró a decir antes que Matías sacara su cartera del bolsillo. Él la miró desconcertado. «Pruébelas primero a ver si funcionan. Si no, devolveremos a la fábrica las cajas que tenemos. Yo misma haré la reclamación», dijo ella tragando saliva.
Matías sintió cómo las lágrimas le subían a los ojos tan repentinamente que no le dio tiempo a disimular.
«Llámenos y manténganos informados», continuó ella acercándole una tarjetita e indicándole el lugar donde aparecía el número de teléfono.
Matías se metió la tarjeta y las velas en el bolsillo de su pantalón y abrió la puerta que daba a la calle, sin saber qué decir, abrumado por lo inesperado de su reacción. «Y que tengas un feliz cumpleaños», dijo ella tuteándole por primera vez en 40 años. Matías dio las gracias asintiendo con la cabeza, abrió rápidamente la puerta sin mirar atrás y, al salir, sintió frío a pesar del calor de finales de junio: acababa de ver cumplido un deseo, pero llegaba con veinticinco años de retraso.
Delante de sus cuarenta velas con adornos de colores, entre las paredes del salón iluminadas por las sombras nerviosas de las cuarenta llamitas, Matías cerró los ojos y arrugó la frente. Si este deseo no se cumplía, sería el último que pediría jamás. Así que se tomó su tiempo. Hasta ahora siempre había buscado su deseo en su cabeza hasta que lo encontraba y lo sacaba por la boca. Siempre, excepto aquella vez Entonces decidió no tener prisa. Cerró los ojos y simplemente esperó. Cuando las velas estaban ya casi a punto de consumirse, Matías comenzó a notar un cosquilleo en el estómago, algo que parecía querer salir desde un lugar lleno de obstáculos y tuviera que ir haciéndose paso cada vez más arriba, trepando por la garganta y dando marcha atrás, para volver hacia la boca por los pulmones , entonces Matías lo reconoció, reconoció su deseo que venía desde algún lugar profundo de sus entrañas y entonces, sólo entonces, de un solo soplo, lo liberó , apagando las velas un año más. Sus cuarenta velas nuevas con adornos de colores.
Después, descolgó el teléfono.








