¯ ¿Ves? Tal vez fuera algún tipo de broma inentendible para los europeos.
Me miraste de manera incrédula, tus ojos vivaces relataban que no habría descanso hasta que no inspeccionásemos todas las habitaciones. Te detuve sujetando tu cintura como si fuera un gesto nuevo, olvidándome de todos los años que llevaba haciéndolo y te atraje hacia mí con leve temblor de recién enamorado:
¯ Chiqui, no pasa nada. Todo está bien.
Por tu testarudo semblante cruzó una ligera sombra de ensueño pero rápidamente volvió la faz arrugada y severa.
¯ Hacía tiempo que no me decías chiqui. Mira viejo, hemos hecho un viaje muy largo para vivir en este extremo del mundo como para que algo salga mal. Creo que quedan dos habitaciones y hasta que no las mire no me quedaré tranquila.
No sólo habías evaporado el romanticismo que le di a la escena sino que me volviste a introducir el miedo en el cuerpo. ¿Qué habría querido decir el terrateniente que nos enseñó por primera vez la casa cuando comentó que era una costumbre antigua de aquel país ofrendar un regalo para los nuevos inquilinos? ¿Por qué esa carcajada maliciosa que había retumbado en las paredes como si no se decidiera a abandonarnos? Un suspiro de alegría se escapó espontáneamente de mi cuerpo cuando vimos la penúltima habitación. Por suerte ya sólo quedaba una. La recordaba bien, fue la habitación en la que nos dedicó la profecía. Al parecer se trataba de una especie de tradición que debíamos de continuar. «Si se quedan con la hacienda cuídense de no perder el regalo que encuentren porque les pertenece, es ya suyo». Simples bobadas de una cultura que cree en la superstición. Claro que no habría obsequio y si lo hubiera sería una huachafería, como ellos dicen, para darle un romanticismo extraño a habitar una casa que perteneció a su familia y que se resisten a abandonar. Se notaba en los rasgos del indio que la venta era por necesidad. Pero cierto era que su risa sardónica había parecido una cruel amenaza.
¯ ¿Dónde quedaba la tranquila paz que buscábamos lejos de nuestro país? La idea de vivir en el paradisíaco lugar en el que pasamos la luna de miel ahora quebrada en tu grito, al abrir la puerta de la habitación y descubrir nuestro presente:
¯ ¿Aaaahhhhh! ¿Y ahora qué vamos a hacer? ¿Es increíble!
¯ Pues qué vamos a hacer, lo que nos dijo el vendedor: aceptarlo sin preguntar.
El regalo llevaba un cartel con su nombre. Parecía dedicado con sorna a los otrora colonos españoles: Giraldilla. Yo no me había imaginado que un caballo fuera tan grande. Claro que había visto caballos antes pero no era como observar un caballo en tu casa, medirlo con la altura de los dinteles, con la anchura del zaguán. Observar que huele a animal, no como en las películas que ocultan su fuerte olor de varios días encerrado en la habitación. El caballo relinchó como protestando porque habíamos tardado tiempo en habitar la casa. Nos estuvo esperando, en realidad, él era el verdadero habitante de aquella mansión y nosotros parecíamos los sirvientes. Yo, que nunca he tenido animales, no podría precisar si lo que veía era viejo o joven, sólo que me impresionaba su color blanco y las sombras dibujando caprichosas formas en su lomo.
¯ Lo vendemos, eso está claro.
Dijiste Marga, pero yo ya me estaba acercando al animal, tocando su lomo. Me imaginaba que en cualquier momento me soltaba una coz y que rodaría por el suelo dolorido. Pero el caballo resultó ser dócil.
¯ No te encariñes que lo vendemos.
¿Qué decía Marga? Sus palabras y su modo de voz siempre tan dictatorial sonaban lejanas, casi se hacían incomprensibles. Marga, todavía recuerdo el día en el que apareciste ante mí con las maletas y me dijiste que te ibas. Que no soportabas vivir con un caballo. «No lo entiendes es un regalo» - te dije subido encima del caballo. No le mires los dientes. Pero tú siempre fuiste tan ingrata.








