Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Cultura

Cultura
Dormir es morir un poco

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Dormir es morir un poco
Amanecía cuando se llevaron a mi padre. Varios oficiales de la Guardia Civil entraron en casa, lo golpearon, y se lo llevaron.

Nadie dormía en días, tal vez en semanas. En aquel albergue improvisado sólo esperábamos. Faltaba poco para que amaneciera cuando los camiones del ejército apagaron sus motores. Las luces de las salas se encendieron al tiempo que oficiales entraron a paso acompasado. Nos colocaron en filas. Las mujeres recelosas y los niños llorando, a paso lento y nervioso, caminamos hacia los camiones. El ambiente a ratos se rasgaba por los gritos de los oficiales. Se hizo silencio. Un soldado, el cartero, como todos los días, con voz decidida y fuerte empezó a leer nombres. Todos ansiaban oír su nombre. «Te han llamado, mamá», le dije. Mi madre que aún no daba crédito, turbada, fue en pos de la carta. Al volver ya se la había leído toda. Por las lágrimas y la cara de júbilo supe que mi padre estaba vivo. «¿Está vivo!», me dijo. Guardó la carta en su bolso de mano, tomó a mi hermano menor con un brazo y con la otra mano una maleta y, sin titubear, nos dirigimos a uno de los camiones. La seguí. Me hice con las dos maletas restantes. Eran todas nuestras pertenencias.

Despuntaba el día cuando los camiones se pusieron en marcha. Nadie sabía adonde nos llevaban. El ruido de los motores se entrecortaba con los rezos de las mujeres. Todos habíamos perdido algún familiar, algunos irremediablemente. Chorros de luz entraban a través de la raída lona trasgrediendo la oscuridad, encegueciéndonos los ojos. Fue un largo viaje sin escalas. Cuando se detuvieron los camiones la incertidumbre se hizo mayor. Sentí los brazos de mi madre aferrándonos y un ligero temblor recorrió su cuerpo.

Nos abandonaron en medio de unos bloques de pisos en construcción, una urbanización de reinserción social. Con desconfianza al principio, más tranquilamente después, fuimos ocupando uno a uno los pisos, de los cuales la mayoría estaba a medio construir y otros aún menos. Cuando al fin pudimos comprobar que el peligro había pasado improvisamos un camastro. Teníamos mucho sueño.

Los días, las semanas, fueron pasando y aquel lugar se me fue haciendo familiar. Había un barrio de casas antiguas por un lado y por otro lado estaba la carretera. Tenía nuevos amigos. Éramos un grupo. Joan era el cabecilla. Éramos de la resistencia antifascista. Montxo, su lugarteniente. Julián y yo, el cuerpo. Practicábamos incursiones con piedras como granadas y leños a modo de fusiles, a rastras y revolcones, entre hormigoneras y restos de los materiales de obra que habían dejado alrededor de los pisos. Eran jornadas heróicas.

Pronto ya éramos jóvenes. Una tarde de tantas en que Joan nos aleccionaba sobre la resistencia, Marx y la república un camión del ejército se detuvo bruscamente en uno de los pisos de la urbanización. Descendieron presurosos varios oficiales armados. Escuchamos gritos. Corrimos hacia el lugar y cuando estábamos a punto de pasar del juego a la realidad, un disparo y otros más. Dos o tres. Perdí la cuenta. El grupo armado se abrió paso fácilmente entre los curiosos llevando a un hombre que sangraba profusamente. Cuando el camión militar se perdió de vista aún estábamos tontos del miedo. Nos miramos y sentíamos vergüenza.

Desde aquel día todo cambió. Aunque seguíamos reuniéndonos todas las tardes nunca más se habló sobre el valor y el heroísmo de Marx y la república. La pobreza y la desazón de la vida nos fueron forjando. Con la muerte de Franco y la caída del régimen nuevos temas fueron motivo de nuestra atención.

Y con el paso del tiempo nos hicimos amigos entrañables. Desde esta ventana que da a la barra vimos deteriorarse los edificios de la urbanización. A propósito, que nunca llegaron a concluirse. Vimos también con tristeza a sus habitantes marcharse. Ahora casi toda la gente que vive aquí es nueva, inmigrantes creo. En este bar tomamos nuestras primeras cañas. Nos vio crecer, hacernos mayores y convertirnos en lo que somos.



El Julián es poeta. Excepto en verano, todos los viernes al caer la tarde lee sus poesías. Últimamente viene menos gente a escucharlo, sólo los habituales. Eso tiene la poesía: que está en caída.

Pero recuerdo que él deseaba ser ingeniero civil, ¿sí que lo deseaba!. Fue un golpe muy duro para el Julián, no pasó las pruebas de selección. Luego, un año en arquitectura. Le pareció demasiado montaje para lo que se construye. ¿Al final lo dejó!. Después supe que también estuvo estudiando en eso de los ordenadores, aunque no me consta. Fue un tiempo en que por estudios estuvimos distanciados. Lo que si sé es que por mucho tiempo anduvo el Julián con su currículo en mano buscando trabajo y nunca se desanimó. En las tardes escribía y reescribía las solicitudes de empleo. ¿La de dios de cartas que habrá escrito!. Presumo que ahí fue donde agarró el gustillo por escribir. Luego cuando nada consiguió pensó que todo junto bien podría ser un libro, un manual de esos de «Modelos de cartas de solicitud". Pero después de examinarlo bien el editor lo animó a cambiarlo por un libro de poesía, de poesía contemporánea. «Hay que sacar las cosas de su contexto para que parezcan interesantes, ahora se usa mucho», le dijo. Y fue un éxito. Un crítico dijo: «es la cohesión entre arte y vida, ejemplo sin precedentes de la lírica contemporánea, excede en mucho todos los parámetros habituales».

Montxo está recluido en el psiquiátrico. «Síndrome de Diógenes», dijo el facultativo. Está tocado el pobre. ¿Siempre fue tan apasionado!. Yo creo que lo que influyó en Montxo fue su excesivo amor al trabajo. Y es sabido que el trabajo antes o después interfiere con la familia.

Al principio comenzó llevándose trabajo a casa, un poco, nada para extrañarse. A su mujer le pareció normal. «Todos llevan trabaja a casa», pensó. Y así, poco a poco, cada vez más trabajo a casa. Cuando aquello ya no era tolerable le dijeron sus más cercanos: «busca ayuda profesional, que esto no es normal». No les hizo caso y aquello rebasó la paciencia de la familia. Agarraron sus cosas y se marcharon. Después que le abandonaran su mujer y sus hijos el Montxo se deprimió mucho y empeoró. Se dio de lleno al trabajo. Cada vez más y más trabajo a casa. No sería un caso alarmante si no fuera porque él trabaja en Saneamiento Urbano y maneja el camión de la basura. Lo recluyeron después de que el edificio donde vivía se desplomara. Salió en todos los periódicos. ¿Una pena!.

Tema delicado es Joan. Desde que se licenció no quiso saber nada más de aquello. Dejó la profesión sin haberla practicado. Después mucho trabajo temporal. Le gustaba estar aquí y allá. Viajaba bastante. Hacía muchas cosas aunque siempre sin mucho entusiasmo. Un caso especial. Se apagó cuando ingresó en la administración pública, desde que se hizo funcionario y consiguió plaza fija, derecho al paro y aportes de jubilación. De un tiempo a esa parte todo dejó de importarle, nada llamaba su atención, sólo los «puentes». Organizó su vida en función a los «puentes»: el puente de agosto, el puente de la Constitución y el puente de de... Y entonces decía que se recostaba en el sofá y olvidándose de todo, dormía. Y se dormía lo que duraba el puente. «Es que dormir es morir un poco», me dijo un día. . Fue en sus vacaciones, que coincidieron con el puente de mayo, cuando según su costumbre se recostó en el sofá, olvidándolo todo se durmió y durmió. A la cuarta semana, justo en plena operación retorno, sus familiares recién se dieron cuenta que no respiraba.

Y yo, con mi madre, comenzamos a trabajar en este bar apenas llegar. El antiguo propietario, Paco, nos dio trabajo más por ayudarnos que porque necesitara ayuda. Eran tiempos en que la solidaridad se usaba. Al morir Paco le hice una oferta de compra a la viuda y ya en este diciembre termino de pagarlo. ¿Cómo pasa el tiempo!. Toda mi vida está en este bar. Podría abundar en detalles pero sé que no es interesante.
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios
música
Las entradas se han agotado a falta de dos meses

Busco trabajo

Primer empleo

Buscar
Vocento
SarenetRSS