
Compartiendo espacios comunes de risas desnudas, buscábamos las esquivas miradas de las niñas haciendo trinchera. Y nos rendíamos de igual forma, a medianoche, al asomarse los dueños de nuestros relojes desde los balcones. Después, cada uno siguió su camino en clanes distintos. Nunca llegamos a ser íntimos.
Le regalé un disco compacto que cogí al azahar. Un disco desconocido para una persona desconocida. Recuerdo levemente una portada verde con el título: The boy with the arab strap. Ni siquiera hice el esfuerzo de escucharlo en la tienda. Se lo di a mi madre y ella hizo el trabajo sucio.
Algunas semanas después del encargo, me crucé con él en el aparcamiento de la urbanización.
Dude sobre acercarme a saludarle o hacer como si no le hubiese visto, no pude escapar de mi propia torpeza al ser descubierto y tuve que interesarme por él.
Le pregunté si le gustó el disco, un regalo que nunca le hice. Me dijo que Belle and Sebastian era uno de sus grupos favoritos. Seguramente ya lo tendría, me dio las gracias de todas formas. No le pregunté como se encontraba, le costaba articular. Éramos tres desconocidos, él, su enfermedad y yo.
Poco después falleció.
Gracias a mi buena o mala memoria conservo pocas imágenes de aquellos días, de la increíble voluntad de Juan frente a un adversario tan terrible, o del sufrimiento de tantas personas a su alrededor.
No pienso entrar en detalles. Sin embargo, no puedo escapar de aquel objeto mudo atrapado en alguna estantería de su pasado. La decisión menos intencionada puede transformarse en un vínculo único.
Me propuse comprar de nuevo el disco en la misma tienda donde conseguí el de Juan. Ridícula poesía. No queda ni rastro de aquel antro, ni siquiera hay otro negocio ocupando el local, sólo mugre.
Decidí entonces acercarme a la Fnac, en el mostrador de información asomaba un rostro amable con el característico chaleco que visten sus dependientes, en su pechera llevaba algunas chapas con mensajes tan diminutos como su sonrisa, resultaba ridículo.
La luz del mostrador incidía directamente sobre su chaleco bicolor y la moqueta, parecía el maestro de ceremonias de un gran circo gritando: ¿señoras y señores, ladies and gentlemen, desde los confines de la tierra, un hombre perdido en busca del fantasma!
Al instante recuperé mi santo del cielo y le pregunté si tenían un disco de Belle and Sebastian titulado The boy with the arab strap. Me invitó a seguirle hacia las estanterías, al acercarnos, el gran maestro alargo el brazo ceremoniosamente e hizo aparecer una carátula verde de un montón de discos apilados.
-Aquí lo tiene-. Dijo la diminuta sonrisa.
Pagué catorce euros con noventa y cinco estúpidos céntimos. Me largué corriendo y a modo de salto cuántico la tienda se transformó en el sillón del salón de mi casa.
Entre mis manos acunaba el compacto. En la izquierda de la imagen, aparece un chico de unos veinticuatro años de medio lado. De fondo hay una especie de enredadera. Lleva una camisa blanca, sus ojos están cerrados suavemente, su boca algo abierta y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás.
Del hombro derecho lleva colgado un cinturón de piel con una gran hebilla. El título aparece impreso en color blanco hacia la mitad de la carátula, ocupando toda la horizontal. Encima, el nombre del grupo.
Lo más inquietante de la portada es la barra que surge del margen derecho y parece clavarse en su corazón, provocando un misterioso gesto en su rostro, mezcla de placer y dolor. Parece satisfecho, sin arrepentimiento, aceptando el coste del hedonismo.
Una carátula monocroma de un verde sin-necesidad-de-esperanza.
Entonces reconocí en aquel muchacho la imagen de Sebastos, el Apolo cristiano atravesado por las flechas de su propio ejército. A pesar de haberse salvado, regresó frente a sus verdugos para reafirmar nuevamente su Fe. Finalmente le mataron de una paliza. San Sebastián se convirtió a partir de aquel día en el protector de la salud y contra toda enfermedad, quien tuvo que ayudar a Juan y no lo hizo. Sebastos sólo era un hombre con ganas de dejar de respirar. No creó en los milagros, si fuera así, tendría que creer también en las perversiones divinas. Quizás la muerte sea exclusivamente un acto de amor, cuando acabas cubierto de universo y ya no eres de nadie, sino de todo. Individuo y amor son contrarios, eso pensé.
Saqué el cd de su envoltorio, lo metí en el reproductor y apreté al play.
Sentado en el sillón, la música penetraba en mis oídos sin violencia, con falsa ingenuidad y cierta nostalgia. En mi cerebro acechaban Juan, Sebastián el Santo y el chico de la portada, su fantasma.
Escuché el disco unas cuantas veces, me gustaba de verdad, sobre todo la pista número cinco A summer wasting, que cantaba al mismo tiempo que sonaba:
Summer in winter / Winter in springtime / You heard the birds sing / Everything w ill be fine / I spent the summer wasting / The time was passed so easily / But if the summer´s wasted / How come that I could feel so free / I spent the summer wasting / The sky was blue beyond compare / A photograph of myself / Is all I have to show for
Seven weeks of river walkways / Seven weeks of staying up all night
I spent the summer wasting / The time was passed so pleasantly / Say cheerlo to books now / The only things I´ll read are faces / I spent the summer wasting / Under a canopy of Seven weeks of river walkways / Seven weeks of reading papers / Seven weeks of feeling guilty / Seven weeks of staying up all night
Summer in winter / Winter is springtime / You heard the bird say / Everything will be fine.
Dos minutos y siete segundos, una nueva muerte, un nuevo amor. Eso es lo que hicimos, vivir.
Dos minutos y siete segundos, una nueva muerte, un nuevo amor. Eso es lo que hicimos, vivir.











