
Apenas el anciano abrió la puerta, éste intuyó la mala noticia. Hizo entrar a su invitado, como si la cortesía fuera una hendidura abierta a la esperanza, pero la confirmación del presagio sepultó al señor Martínez como un alud. El anciano se ausentó de la realidad, quedó mudo, con la mirada ausente. De seguida se desataron los nudos de sus contenciones: apretó los puños y los golpeó contra la mesa marcando los segundos que le roían las entrañas, algunas lágrimas se desbordaron de las cuencas de sus ojos, dolientes gestos pronunciaban las arrugas de su rostro. Entretanto, Pencho no sabía cómo actuar para consolarlo. «Quizá un abrazo, unas palabras de consuelo», pensó. Los minutos le parecieron horas, y la idea de marcharse corriendo le rondó por la cabeza. Los muros de la casa contemplaban la escena como centinelas ebrios de soledad, y sólo el sonido repetitivo del bastón con empuñadura de nácar que siempre asistía a Juan Martínez rompía el tenso mutismo.
Un sonido interrumpió el dramático silencio. Como cada tarde, una señora rendía visita al caserón para interesarse por Juan. El señor Martínez presentó a su hermana Josefa, unos años menor que él, y la incorporó a la trágica tertulia, haciéndola partícipe de la desdicha familiar. La tía del difunto, muy afectada por la noticia, tomó asiento junto a Pencho, que, situado entre los dos personajes de avanzada edad, asistía como un convidado de piedra a la conversación: a un lado, Josefa, con la aflicción de una plañidera desconsolada; al otro, Juan, con el espíritu abandonado a la suerte de la desolación.
La infausta velada transcurrió parsimoniosa, como si el alba no quisiera regresar, con la angustia hurgando los corazones desazonados. Un café maravilloso de puchero preparado por Josefa henchía la habitación de vahos cálidos y permitía un resquicio por el que se colaba de cuando en cuando alguna mueca amable. Juan Martínez advirtió que los párpados de sus contertulios iban cayendo con el paso de las horas. Las manifestaciones de dolor y las palabras de consuelo fueron cediendo ante el empuje de la apatía y la abulia de los cuerpos cansados, derrotados. El anciano despidió a su hermana, dispensada de una vigilia desmesurada por tener a su cargo seis hijos y un marido; el menor de los hijos de Josefa la recogió en el umbral de la casa, tras el preceptivo pésame. Pencho también hizo ademán de marcharse, pero fue instado por el señor Martínez a pasar la noche en el caserón: eran horas intempestivas para vagabundear por la calle. El intercambio de muestras de condolencia entre tío y sobrino, al raso, proporcionó a Pencho unos minutos de asueto que agradeció resoplando a dos carrillos y respirando profundamente.
Juan Martínez irrumpió de repente en la habitación, sobresaltando a su invitado, que curioseaba las fotografías que aderezaban las paredes de la estancia. Despedida la visita, el anciano, lastrado por el desconsuelo, con dificultad para hilvanar los vocablos, aún tuvo fuerzas para acomodar al visitante en una habitación recóndita que despedía olor a cuarto cerrado durante años. La vivienda, una antigua casa de labranza con un pequeño huerto en la parte trasera, acogió al nuevo huésped. Casi todo era oropel en su interior, acaso una evocación de tiempos mejores, menos parcos en lo que atañe a la plata. Pencho siguió el flemático avance del anciano entre las luces y sombras de la residencia, y aprovechó su lento caminar, desacompasado, torpe, para observar las muescas que la longeva vida le había asestado: las arrugas taraceadas en su rostro, aun agudizadas por el trágico final de su hijo; la macilenta figura; la dificultad locomotriz. El huésped, comedido en exceso, se mostraba más preocupado de la apariencia que pudiera transmitir que de satisfacer la amarga curiosidad del viejo sobre la muerte de Juanito. Juan Martínez sólo lograba sonsacar a su prudente invitado lacónicas respuestas, y decidió aparcar la interpelación hasta el día siguiente.
Pencho se instaló en el cuarto, deshizo el petate y se tumbó sobre un incómodo colchón. El escaso tiempo que restaba para que la alborada tomara posesión del pueblo transcurrió entre intentos desesperados por deportar la vigilia y apresar al sueño. La vieja cama destartalada y la actitud del anciano, entregado a pasear su amargura entre los muros de la vivienda, no facilitaron la tarea; los paseos de Juan Martínez retumbaban en los oídos de su invitado como si llevara zapatos de plomo. Finalmente, el silencio sepulcral que jalonaba la luctuosa noche se apodero de la casa. Con las primeras luces de la mañana y las calles teñidas de humedad crepuscular, Pencho, derrengado, se rindió a la somnolencia y, enfangado en el más espeso de los sueños, dejó su impronta en el camastro que lo cobijaba.
El despertar en aquel cuarto inhóspito y espartano provocó a Pencho una avalancha de pensamientos confusos, sentimientos contradictorios. Se incorporó aturdido de su lecho: a pesar de no haber descansado en una confortable cama de caoba con dosel, el cansancio acumulado lo derrotó sin denuedo la noche anterior. El temeroso joven, en paños menores como un Cristo de Berruguete o una deidad pagana, pegó la oreja a la puerta de la habitación para escuchar con mayor nitidez los movimientos de su anfitrión y dejó pasar los minutos con el fin de esclarecer la nebulosa que le impedía destilar ideas lúcidas. El cielo gris y la fina lluvia que mojaba la ventana no permitían precisar si el sol emergía o se zambullía en su redil, pero Pencho sospechaba que el mediodía había quedado atrás.
La residencia se empachó de silencios. El inquilino abandonó su habitación y avanzó lentamente por el pasillo, ignorando dónde se encontraría Juan Martínez ni qué hallazgos le depararía la paz eclesiástica de la casa. Con pasos sordos, cauteloso, buscó señales de la presencia de su anfitrión, asomándose con timidez a las habitaciones que se iban cruzando en su camino.
-¿Señor Martínez! ¿Está usted ahí? ¿Hay alguien en casa?
Las interrogantes se estrellaron contra las paredes sin encontrar respuesta, hasta que la percepción del anciano, como un espectro que del sufrimiento hiciera apología de la mortificación, se interpuso en el itinerario del invitado. Pencho encontró a Juan Martínez sentado en un sillón del salón de la residencia, vestido con la misma ropa que el día anterior, con la mirada extraviada y las manos entrelazadas. Las ojeras del anciano quedaron al descubierto. Su piel cetrina, la trémula arquitectura, el amargo rictus, mostraban una figura muy parecida a la de un finado. El joven huésped se sintió atrapado como un barco entre las compuertas de una esclusa: dudó entre la huida o arrostrar a su siniestro anfitrión. Finalmente, Juan Martínez despegó los labios para manifestar que saldría a la calle a hacer un recado. Lo hizo de forma afable, y pidió a su invitado que no se marchara: deseaba charlar a la vuelta sobre los pormenores de la muerte de Juanito.
Pasaron los días, y los meses, y el señor Martínez nunca volvió por el pueblo, pero Pencho mantuvo su promesa de esperarlo para conversar. El huésped habitó y cuidó aquel caserón como si fuera suyo; incluso el huerto dejó de ser una especia de selva abandonada e inhóspita para convertirse en un vergel de cítricos y árboles frutales. Nadie entre los vecinos del lugar había oído nunca hablar del señor Martínez ni de alguien que habitara la antigua casa de labranza. Tampoco tuvo jamás noticias de Josefa, por más que preguntó. El río Segura se convirtió en el único amigo fiel de Pencho, abonado a los paseos por la ribera del cauce, a vagar entre los lugareños que lo saludaban como sólo la gente sencilla sabe hacer. Cuando caía el sol, se refugiaba en los libros que cuajaban la biblioteca del caserón: ellos le enseñaron todo aquello que no aprendió en la escuela.
Un día, tres años después de que se instalara en el valle, alguien llamó a la puerta de la residencia de Juan Martínez. Se trataba de la tercera visita que recibía Pencho a lo largo de ese dilatado periodo: las dos primeras las rindió un campesino que trabajaba la tierra en los alrededores y se interesó por las necesidades de su nuevo vecino. En esta ocasión no era el aldeano el que golpeaba el portón, sino una mujer enlutada: Josefa. Tal fue la impresión, que a Pencho se le cayó la colilla que prendía entre sus labios. Una mezcla de reproche, por la ausencia de noticias, y de culpa, por la usurpación de la vivienda de Juan Martínez, envolvió al huésped como la madeja pegajosa de un capullo de seda. El visaje de disculpa de Josefa tranquilizó rápidamente a Pencho, que se limitó a esperar impaciente el mensaje que portaba aquella señora.
La anciana no demoró su discurso. Tan pronto como tomó asiento, comenzó a desvelar el misterio que encadenó a Pencho a aquella morada de piedra. Josefa confesó que Juan Martínez no era su hermano, sino su cuñado; pero también su amante de juventud y el único hombre del que se había enamorado. Los encuentros que mantenían a diario eran secretos, puesto que Paco, el hermano de Juan, además de conocer el idilio juvenil de Josefa, sabía que el repudiado sobrino muerto en la guerra era, en realidad, hijo de su esposa. El óbito de Juanito y lo acontecido durante la noche que Pencho regresó a Blanca reabrieron las heridas tapadas por la venda del tiempo y suscitaron reacciones dispares: Paco descubrió que su mujer seguía citándose con su hermano, al que odiaba sin mesura; Josefa fue recluida en su hogar para que nunca más se acercara por el caserón; y el misántropo Juan Martínez huyó una mañana para nunca regresar.
-¿Y por qué ha vuelto tres años después a contarme esto? -preguntó Pencho.
-Mi marido murió hace dos días. Eso ha supuesto mi liberación, y mi primera salida no podía ser a otro sitio, por si hubiera vuelto Juan.
El señor Martínez nunca volvió, pero Josefa acudía cada tarde, fiel a su cita, a la casa de Juan. Le llevaba a Pencho un trozo de bizcocho y preguntaba por el dueño de su corazón. La despedida siempre era la misma:
-Cuida la casa con mimo. Por si vuelve mañana.







