
Todos miraban hacia la gran pantalla donde dos payasos gesticulaban. Uno se reía de manera estúpida. El otro soltaba un chorro de agua por los ojos, lamentándose de su ridículo traje descolorido. Todos miraban impasibles, excepto el Asesor Jefe de Imagen que hizo el gesto de observar su Rolex. Faltaban tan solo ocho minutos.
¯Esa estupidez no debía haberse emitido en este momento ¯reaccionó de pronto el Vicesecretario¯ Es inapropiado. Habría que llamar a Televisión y mostrar nuestro total desacuerdo por la forma en que se está llevando a cabo los instantes previos.
La Secretaria Adjunta tomaba notas. Al otro lado de la mesa el Jefe de Comunicaciones asentía.
Al Asesor Jefe de Imagen le sorprendió que una persona como el Vicesecretario hubiese apreciado algo tan sutil. Quizás debería haber sido él el primero en darse cuenta pero pronto se justificó. Que salieran unos payasos no era su responsabilidad. Al contrario: bajo su responsabilidad, nadie tenía que salir como un payaso.
Cogió su móvil y llamó.
¯¿Qué tal ha quedado?
¯Perfecto. Eliminada por completo la imagen de cansancio. El emplaste siliconado cubre a la perfección las ojeras. Lo hemos comprobado in situ y con la intensidad lumínica en la que aparecerá. Tres veces. Sin problemas. Aún así hemos reforzado el maquillaje y de nuevo comprobado. Mejor. Diría que mucho más perfecto.
¯¿Habéis insistido en lo de los movimientos pausados?. Es muy importante los movimientos pausados. Movimientos pausados y suaves pero con seguridad.
¯Sí, sí, se lo hemos recordado constantemente.
¯Dime ¿cómo lo has visto?
La Directora del Gabinete Psicológico le clavó los ojos, intentado captar la respuesta. El Asesor Jefe la miró. Era la primera vez que la observaba desde el inicio de los preparativos. Habían pasado ya diecisiete horas desde que se la presentó el Coordinador General y le pareció más envejecida. Por el móvil se oyó un suspiro de resignación.
¯Nervioso.
El sonido de una solemne sintonía hizo que todos se centraran de nuevo en la pantalla. Había llegado la hora. El decorado cumplía lo acordado. Tonos azules claros. Iluminación suave. Escenario sin escalones. Nada de mobiliario; sólo un atril en el centro de un amplio espacio. El sonido se apagó lentamente y fue entonces cuando se le vio aparecer por un lateral del escenario. La cámara principal lo enfocó. Avanzaba con pasos firmes y movimientos pausados. Llevaba unos folios en una mano. Con la otra se estaba comprobando la chaqueta abrochada. Aparte de ese gesto de inseguridad, el Asesor Jefe de Imagen lo encontró impecable. Traje azul. Camisa blanca. Corbata oscura azul cobalto. El Vicesecretario y el Secretario General se incorporaron en sus asientos. El Jefe de Comunicaciones se ajustó las gafas. La cámara encuadró un plano medio. Con suavidad, dejó los folios sobre el atril mientras dio las buenas noches con voz grave. Miró hacia la cámara. No había rastro de ojeras.
Inició el discurso titubeante. El Jefe de Comunicaciones lo seguía consultando sus notas, marcando los momentos decisivos con su estilográfica dorada, como si fuese un director de orquesta. La Directora del Gabinete Psicológico ni parpadeaba. Apoyaba la barbilla sobre una mano, entornando los ojos. Se acercaba el punto crítico. El momento trascendental de la noche. La noticia más esperada. Hubo una pausa. Un silencio tenso. Un tiempo cronometrado; máximo tres segundos para después arrancar de nuevo con convicción y firmeza. Pero la pausa se prolongó. La Directora percibió en la pantalla unos ojos húmedos y un débil temblor en los labios. No podía ser, se dijo en un susurro ahogado. El Jefe de Comunicaciones tiró su estilográfica sobre la mesa. La cámara avanzó hacia un primer plano. Se le vio agachar la cabeza y con una mano se apretó los ojos en un intento de evitar lo inevitable. Sus dedos y sus mejillas se humedecieron. Balbuceaba. El Vicesecretario asistía estupefacto. El Coordinador General cerró los puños sobre la mesa. Esperaba una reacción. Aún se podía salvar la situación. La cámara ya estaba encima de su rostro. Pareció decidido a reponerse mirando directamente a la cámara pero ya era tarde. El Asesor Jefe de Imagen se removió en su sillón con desesperación acusada.
El emplaste siliconado se estaba desprendiendo.







