
Matilde y su hijo Juanjo son los únicos vecinos del cuartel de Legutiano, retirado más de un kilómetro del pueblo. Su casa aislada, o lo que queda de ella, está a trescientos metros de la instalación militar, en un paraje bucólico a las orillas del embalse Urrunuaga. Pero ayer no había tiempo para deleitarse con el paisaje. Juanjo, con el pelo lleno de polvo, no para de sacar pedazos de yeso. En unos minutos llena cinco carretillas. «No nos ha quedado nada del techo, las habitaciones, la cocina, el pasillo...», explica mientras no deja de trabajar.
Su madre tampoco para de sacar pedazos de cristal y enseres rotos con sus manos temblorosas, mientras aprovecha el camino para seguir quitando del patio los omnipresentes pedazos de metralla roja. Los metales retorcidos han volado por encima de un granero de casi tres plantas de altura.
Por un minuto, la anciana abandona el ritual y mira su granero, vencido por la onda expansiva y que Juanjo acaba de apuntalar por orden de los bomberos. Las lágrimas brotan de sus ojos arrugados.
Postes arrancados
«Esta casa es el trabajo de toda nuestra vida. No tenemos nada más. Y mira cómo ha quedado», se lamenta. «Parecía que nunca nos iba a llegar, que esto le pasaba siempre a otros, pero...», y los sollozos hacen inaudibles sus palabras.
Su segundo hijo y su nuera acaban de llegar para echar una mano e intentan consolarla. Confiesan que se han pegado «un susto de muerte» porque durante horas no han sabido nada de los suyos: la bomba arrancó los postes de la luz y el teléfono, y los inhibidores no dejan funcionar los móviles. «Han sido unas horas tremendas», dicen.
La anciana es fuerte, se repone y sigue quitando las malas hierbas de color rojo que ETA ha plantado en su huerto. Su hijo demuestra fortaleza delante de su madre, pero también está mal.
Mira a través de la ventana del granero otro edificio de la familia, la casa que está justo enfrente del cuartel al otro lado de la carretera, en alquiler para sacar «un dinerito» y que, por suerte, nadie habitaba desde hace tres años y medio.
El inmueble está destrozado. La bomba ha dejado sin techo la mitad de «esa casa que tanto nos costó hacer. Bueno, al menos no había nadie», trata de consolarse el hijo, mientras mira la vivienda sin ventanas ni techo y trata de valorar los daños de un Wolkswagen Golf al que le ha caído encima un gran pedazo de uralita. «¿Miedo? ¿Miedo por vivir al lado de la Guardia Civil? No. Siempre he vivido aquí. Tengo 58 años y cuando era un crío construyeron ese cuartel. No, miedo no. Es mi casa», dice Juanjo.
«Es nuestra casa», apostilla Matilde. «Nuestra casa, nuestra casa... Dios, ¿quién va a pagar todo esto? ¿Hay algún seguro?», pregunta en voz alta la anciana, que con las primeras luces del día a cada minuto descubre un desperfecto. «Es mucho peor de lo que creía. Anoche, sin luz, no parecía tanto. Ahora es terrible», reconoce.
Como un trueno
Y todavía no ha visto las cicatrices que la metralla ha dejado en la fachada más cercana al cuartel porque un cordón policial impide el acceso. Su voz se vuelve aún más temblorosa cuando recuerda las últimas horas. «Fue como un trueno tremendo que nos sacó de la cama. Y mira que es difícil que yo me despierte porque ando un poco floja del oído» dice la mujer, que acaba de descubrir otro trozo rojo de metal retorcido junto al establo. Las vacas se han salvado por lo pelos de recibir en sus carnes su ración de metralla roja.
«Peor que la explosión ha sido la lluvia de yeso, ha sido un susto tremendo», dice Juanjo, al que se le ha quedado grabado el ruido de frenada de los primeros camiones que han pasado por la transitada carretera tras el atentado y que se han topado de bruces con troncos y cascotes. «Podía haber sido una tragedia», repite.
«Yo, hasta que no ha amanecido, no me he atrevido a salir de casa», admite el agricultor. Pero el sol cuya llegada han esperado durante tantas horas y que ayer aparecía tímidamente entre las montañas verdes, no trajo más que malas noticias para Matilde y su hijo.
Los primeros rayos del día ya calientan los trozos de metralla roja del huerto de Matilde. Es la cosecha que ETA plantó en la madrugada en los campos de Legutiano: rojo metralla, rojo sangre.









