Cenicienta. - Estuvo bien el baile (pensando en la sonoridad de la mesa).
Príncipe. - Sí, muy bien.
Cenicienta. - ¿Qué harás hoy? (simulando buscar algo en el suelo y encontrarle nuevos sonidos al tablero).
Príncipe. - No sé. Saldré a recorrer mis tierras a caballo. A recibir parabienes. No sé muy bien, cosas de príncipes (acordándose de haber rechazado ser el protagonista de un cuento de dragones).
Cenicienta. - ¿Qué bien suena! (metida bajo la mesa, ya componiendo una melodía).
Príncipe. - No sabía que te gustaba la música.
Cenicienta. - Yo tampoco (tararea la letra que le sugiere la melodía).
Príncipe. - Estaré por ahí.
Cenicienta no logra oírle, totalmente perdida en su ya canción.
El Príncipe sube al desván buscando los zapatos de cristal. Cuando regresa a la cocina, Cenicienta ha terminado de cantar y ahora escribe.
Príncipe. - ¿Achís!, ¿Achís!, ¿Achís!
Cenicienta. - Has cogido frío.
Príncipe. - No, siempre me pasa. Estornudo tres veces cuando noto algún cambio de temperatura. Acabo de bajar del desván y hay mucha humedad. Cuando me da el sol también me pasa.
Cenicienta.- ¿Qué interesante! (para nada interesada).
Príncipe. - ¿Qué haces?
Cenicienta. - Escribo a mis hermanastras. He recordado que me gritaban de forma muy armoniosa. Podríamos formar un grupo, The Medieval Sisters o algo así, y tocar en ferias y mercados.
Príncipe. - Cenicienta, yo yo soy un personaje plano. No soy como tú. Cuando termina la magia no sé lo que hacer.
Cenicienta. - ¿Me abandonas? (aliviada).
Príncipe. - Sí.
Cenicienta. - ¿Y qué harás? (observa los zapatos de cristal que el Príncipe intenta ocultar). ¿Iniciarás otra búsqueda?
Príncipe. - Sí. No sé, una, múltiples, todas La búsqueda incesante.
Cenicienta. - La búsqueda continua que nunca sacia.
Príncipe. - Suerte, Cenicienta.
Cenicienta. - Suerte, Príncipe. Me quedo con el castillo.
El Príncipe abandona el castillo. Estornuda tres veces cuando el sol acaricia sus cabellos dorados.








