
En su cama yacía alguien, irreconocible a causa del lío de sábanas, mantas y edredones que se utilizaban durante esos días tan fríos. Ni tan sólo podía determinar el sexo de esa persona que, al parecer, había compartido cama con él. Intentó recordar, pero le resultó imposible encontrar en su memoria a nadie la noche anterior. La silueta del cuerpo, eso sí, le resultaba vagamente familiar, alguna amiga (o amigo. ¿Joder! ¿tanto se había emborrachado para liarse con un tío?) de toda la vida.
Conforme se acercaba a la cama iba reconociendo las formas. En el último instante antes de tomar contacto con esa persona, se horrorizó al identificar el cuerpo, pero se negó a aceptarlo, su subconsciente rechazó esa locura y la archivó en lo más profundo de su mente. Al llegar junto al cuerpo, alargó el brazo para apartar el cúmulo de sábanas, y vio que no tenía brazo que mover. Durante unos instantes no reaccionó, y cuando lo hizo, no supo cómo hacerlo. Al cabo de unos segundos que le parecieron siglos, bajó la mirada para verse los pies, sólo para asegurarse que tampoco tenía. Lo suponía. Su mente sacó a flote la idea que el subconsciente había rechazado anteriormente, y esta vez fue el propio consciente el que la rechazó. Era totalmente absurdo. ¿Lo era? Como si de un autómata se tratara, se dirigió al espejo que colgaba de una de las paredes de su habitación. Sabía perfectamente lo que se encontraría, pero tenía que intentarlo. Efectivamente, el espejo no reflejaba nada. La idea volvió a surgir, y ya no le pareció tan descabellada. ¿Podía ser que quien yaciera en la cama fuera él mismo? Por el momento no podía hacer nada, así que esperó. ¿A qué? No lo sabía, pero Norbert esperó. Al cabo de un rato, cuando su despertador llevaba un rato sonando y se dio cuenta de que nadie lo paraba, su madre entró en el cuarto, e intentó despertar al durmiente. No tardó en gritar y salir corriendo en busca de un teléfono. Norbert no esperó a que el médico certificara su muerte; él ya lo sabía, y mejor que nadie: la había vivido.
Paseando por la calle, si se puede decir pasear, ya que era incorpóreo, pensó, y pensó mucho. ¿Qué pasaría ahora? Pasó varios días pensando, ya que ahora no necesitaba dormir, ni comer, ni tenía ninguna necesidad fisiológica, sólo pensar. Pasaba las noches en casa, pero sólo porque estaba acostumbrado a hacerlo así, al lado de su madre que no hacía más que llorar.
Asistió a su propio funeral, por curiosidad sobre todo. Le hacía gracia oír como todas las personas que lo habían odiado decían que era un gran tío. «¿Norbert era un gran amigo!». ¿Y una mierda! ¿Si toda mi vida fui un cabrón! Fue un entierro muy austero, como siempre había deseado. ¿Para qué gastarse tanto dinero en algo que ya no existe? ¿Por qué pagar tanto para un ataúd tan bonito que nadie va a ver y que su inquilino no puede disfrutar?, ¿a qué tanta pompa y tanto cuento? Se sintió satisfecho de que sus familiares le hubieran hecho caso en algo, aunque fuera a título póstumo.
Las semanas que siguieron a su muerte intentó disfrutar de la vida (¿o de la no vida?). Entraba al cine y al teatro gratis, escuchaba conversaciones privadas , pero era frustrante; ni siquiera podía abrir un libro o conectar la televisión o la radio. Durante un tiempo se dedicó a lo que siempre le había obsesionado: las mujeres. Entraba en decenas de vestuarios femeninos, en los dormitorios de sus amigas cuando se desvestían o estaban a solas con su novio , pero en poco tiempo se dio cuenta de lo absurdo de su situación: ¿para qué? No podía tocarlas, no podía ni siquiera tocarse a sí mismo. ¿Por Dios!¿si no podía ni hablar, ni con ellas ni con nadie! Cayó en una depresión, y quiso morir. ¿Pero cómo, siendo inmaterial? Ni veneno, ni disparos, ni ahorcamientos. Un día descubrió la manera. Se entrenó y entrenó, estaba seguro de que si lo lograba, aunque fuera tan sólo unas millonésimas de segundo, moriría. Él sólo era espíritu, cerebro, mente, alma. Daba igual como se le quisiera llamar, él prefería apodarlo pensamiento. Finalmente lo consiguió, dejó de existir. Bastaron unos milisegundos. Durante ese cortísimo período, Norbert dejó de pensar.







