
«Sí, pasado el Puente de Vallecas tengo el picadero para los ejecutivos de la firma japonesa que nos queremos camelar. Con las rubias está tirado. Luego les damos un paseo por ARCO para que no se piensen que somos unos catetos y terminamos en el garito que se ha montado el hermano de la marquesa, que es cosa fina». Gladys volvió a la pasarela, 17 años de pestaña postiza y 46 kilos de peso, echaba un vistazo a su novio, el Giraldo, que no paraba de hablar por el móvil. Más le hubiese valido haberse tirado aquel viejo de la Urbanización y ahora tendría casa con piscina y no a ese chulo, hijo de mala madre, que la alquilaba como si fuese un colchón.
Carmen intentaba concentrarse en las tendencias pero el energúmeno del móvil le impedía cualquier pensamiento coherente. Lo único que le pedía el cuerpo era tirarle de las orejas y de los pelos, coger el celular y hacérselo tragar. Menudo patán.
«Oye, tío ¿vas a colgar el móvil de una vez o qué?».
El Giraldo se volvió anonadado. No estaba acostumbrado a que ninguna mujer le hablase en semejante tono.
«Pero, ¿habrase visto la vieja? Me llamo Sandro. No soy tu tío».
Carmen no daba crédito. En sus cincuenta años de vida profesional se había tropezado con memos de toda clase y condición, pero no se esperaba en segunda fila de Cibeles a semejante mamón.
«Ahora mismo llamo a seguridad, te vas a enterar de quien soy yo, idiota», le espetó Carmen.
Gladys se percató desde el stage del numerito y cayó por accidente de unas plataformas de Oscar de la Renta. Fue a parar a las rodillas de una ex alteza real, quien al ver a semejante bomboncito tan de cerca casi hace palmas con las orejas.
«Perdone, no más -Gladys, siempre tan falsamente pudorosa- me caí».
«Hija de mi vida». La falda vaporosa de Gladys volaba dejando al descubierto un tanga testimonial. Su ex realeza no podía moverse. «Que me da, que me da » aulló entre jadeos y se metió una pastilla bajo la lengua.
«Señorita, es usted un peligro». Al otro lado de la pasarela, Carmen se disponía a arrearle un señor bolsazo de Yves Saint Laurent al chulo-móvil, quien no se amedrentaba por el segurata, ni por la doña, que por lo visto mandaba mucha romana en aquel sitio. Gladys ponía ojos tiernos a su ex alteza y a los cinco minutos escapaban del desfile en un taxi, dirección a un apartamentito muy mono que tenía el ex noble en Blanca de Navarra.
La directora del evento se excusó por los micros de lo que estaba aconteciendo, gritos incluidos, y al gañán de las rubias se lo llevó un Policía Nacional con muy mala uva.
«¿Hombre, el Giraldo! Ya tenía ganas de pescarte yo a ti».
Carmen se apiadó en el último momento, siguió al coche-patrulla y al llegar a las dependencias policiales se ofreció a pagar la fianza de Sandro, quien le agradeció el gesto con un beso en los morros, de esos que hacen rejuvenecer a una señora con menopausia.
«¿Ay, qué chulazo!»- soltó la gran dama de sus labios, parapetada frente a él en unas escaleras de granito.
«Tira p'alante, prenda, que te voy a hacer emperatriz de Lavapiés».
Por increíble que parezca a estas alturas de relato, no fueron felices, ni comieron perdices, pero durante dos semanas, Carmen vivió la vie en rose. Lo que duró la fidelidad. A los primeros cuernos, el Giraldo se encontró sus maletas en la puerta. Carmen se sentía aliviada: «Las tonterías que se pueden hacer por un calentón». Mucho estaba tardando el Giraldo en volver a lo suyo y la doña ya estaba cagada de miedo ante la perspectiva de una auténtica pareja. Eso habría sido fatal para su reputación.







