
Entonces sucedió.
Un aullido espectral atravesó el espacio desierto entre el bosquecillo y el edificio y se coló a través de los cristales del aula, interrumpiendo el discurso del señor Bingo y petrificando a los alumnos. Las formas borrosas abandonaron la protección de los abetos y atravesaron a la carrera la pradera, lanzando amenazadores aullidos que sembraron el pánico en el aula. Sobrecogidos por aquellas voces inhumanas de timbres diabólicos, los alumnos y el señor Bingo permanecieron inmóviles, petrificados por el miedo. Tan sólo Durk, que había intuido las siluetas imprecisas, reaccionó instintivamente, rompiendo la pesada inmovilidad que lo encadenaba a la silla. Se alzó apartando bruscamente el pupitre y abandonó el aula a toda velocidad, sin ningún plan en concreto, acuciado por la necesidad de huir. En apenas unos segundos alcanzó el hall y abrió la puerta de vidrio que lo separaba del exterior.
Entonces comprendió que había cometido un error abandonando la seguridad del aula y corriendo directamente hacia las fauces de las bestias. El sonido de unos pies golpeando con fuerza el suelo sonó a sus espaldas. El señor Bingo, impelido por el mismo instinto que Durk, había abandonado a su suerte a los alumnos y tomado la misma dirección que él. Durk, ahora consciente del error, dio un paso atrás y trató de cerrar la puerta, pero la mano del señor Bingo, que la empujaba hacia fuera, se lo impidió. La consternación se adueñó de Durk cuando contempló al gran lobo negro, una figura terrible y perfecta inmovilizada en una fracción de segundo en pleno salto, la gran boca abierta mostrando los caninos feroces. Durk se giró para hacer comprender al señor Bingo, pero entonces descubrió con terror una mueca de maligna satisfacción en el semblante del profesor y sintió cómo las manos de este se apoyaban en sus hombros y lo empujaban hacia fuera, hacia la glotona y babeante boca de la fiera.
Durk hundió desesperadamente la mano en el bolsillo trasero del pantalón, donde mantenía oculta el arma que ya le había costado en una ocasión la expulsión y el arresto. A duras penas logró apuntar y disparar sobre el lobo, justo en el momento en que el fétido aliento de la criatura le golpeaba la cara. El animal cayó súbitamente sobre la nieve, a escasos centímetros de Durk, que se revolvió furioso contra el señor Bingo. Fue algo instintivo, no pudo evitarlo: su dedo apretó el gatillo antes de que su cerebro pudiera alertarlo de las consecuencias, y el arma, que apuntaba directamente al señor Bingo, se disparó con asombrosa eficacia, alcanzando con su proyectil el centro exacto de la frente. El tiempo se detuvo y el arma resbaló lentamente de la mano de Durk, golpeando con asombrosa sonoridad las baldosas del suelo. A su alrededor la realidad se fundió gradualmente en negro y, como si el eco de la pistola al caer hubiera despertado la consciencia general, empezaron a oírse las voces incrédulas de los compañeros que por fin habían despertado del letargo y se convocaban en el hall.
Media hora después, Durk permanecía retenido en el despacho del director y empezaba a recobrarse. Frente a él, desconcertado, el rostro borroso de su madre lanzaba miradas alternas al director y al suelo, mientras se retorcía compulsivamente las manos. Cuando se volvió amenazadora hacia él, Durk bajó la vista. Sus pies se balanceaban nerviosos a 30 centímetros del suelo. Sobre la mesa del director, que explicaba furioso lo ocurrido a la afligida madre de Durk, relucía ostentosamente el plástico negro de la pistola. Y el señor Bingo, con la ventosa todavía colgada dolorosamente en mitad de la frente, se paseaba como un león enjaulado de una punta a otra del despacho, mientras juraba que jamás volvería a dar clase a aquel monstruo de seis años e imaginación desbordante.







