Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
ALBACETE - ALICANTE - MURCIA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Cultura

Cultura
Cabeza abajo
11.05.08 -

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Cabeza abajo
Como psicóloga del Departamento de Atención al alumno de la Universidad, he tenido que vivir situaciones muy difíciles. A veces la universidad puede ser el caldo de cultivo perfecto para profundos agujeros negros. La tragedia adolescente griega codo a codo en una clase con los pupitres atornillados al suelo. Todo el mundo lo sabe pero no todos quieren oírlo. No soy la primera aquí pero nadie lo hace mejor que yo. Alguna vez se me ha tachado de intransigente. Otras, de emplear una dialéctica demasiado agresiva. No todo el mundo lo entiende. Lo que pasa por las mentes más puras es sólo el germen que se alimenta de la juventud y de las ganas de hacerlo todo rápido, vivir y morir.

-Ésta me la compré en Londres.

El chico seguía dándole vueltas a la chapa de los Stone Roses que desgarraba la solapa de su chaqueta.

-Es difícil encontrarlas aquí -le dije-. Supongo que estarás orgulloso.

Se apartó el flequillo con un gesto ensayado, y el pelo negro se le quedó pegado a su frente, perfecto, brillante, quieto como una rata frente un cañón.

-¿Orgulloso?¿De una chapa? -y casi pareció sonreír. Sonreír por primera vez desde las dos semanas que llevaba viniendo a verme sin progreso alguno. Su introspección y mutismo me cegaban a veces-.

-Sí. De una chapa. Es lo que pretendes, ¿no?

-¿Perdone? -me miró. Yo conocía esa mirada. Hace 22 años, en casa de mi abuela, un conejo cabeza abajo me miraba suplicante. Mi abuela le sujetaba las patas con una mano y con la otra preparaba el golpe. Yo chupaba una cuchara y ésta se reflejaba en sus ojos ensangrentados, perdidos de petróleo rojo, como los que había bajo este flequillo. Una mirada de augurio, de saber que algo no iba bien. Que no es normal estar cabeza abajo-.

-Te pregunto si es lo que pretendes -le dije de nuevo, y me levanté para sentarme en la mesa. Nuestra distancia aumentó ocho calles-.Te pregunto a quién más le estás haciendo perder el tiempo. Te pregunto si sabes que ya no eres tan joven, por mucho que tu madre se empeñe en lo contrario. Crees que tienes toda la vida por delante y eso es lo que te hace pararte, quedarte aquí sentado frente a mí mordisqueando tu complacencia de un chico que debió nacer en los 50. Escúchame bien: no habrías durado ni una semana. Tu mediocridad sería insoportable hasta para el más paleto vendedor de alfombrillas de coche de la generación beat. Añoras tiempos que ni imaginas porque sólo con leer Ruta 66 crees que puedes entenderlo todo. No sólo eso, te crees mejor que los demás por leer unas cuantas revistas y bajarte música de Emule. Qué especial te hace eso.

El chico empezó a removerse en su silla, como si su piel se hubiese convertido en estropajo y el asiento estuviera electrificado. Le notaba cambiar de color, hincharse la vena de su cuello, y un mapa de un continente perdido se dibujaba en su espalda con sudor. Hizo el ademán de levantarse, pero lo empujé de nuevo hacia la silla.

-Todavía no he terminado -su cara se tensó como la goma del pantalón de chándal de una gorda en verano-. Sé que necesitas un cigarrillo. Que empezaste a fumar porque no se puede salir a la calle y mirar a la gente a los ojos sin esconderte detrás del humo infecto de un trozo de cartón. Que te hubiera gustado fumarte uno a la orilla de una carretera perdida en Arkansas. Pero que por supuesto, ni siquiera tienes valor para irte allí y sobrevivir en la América de verdad. Que te fumarías tu cigarrillo mientras pegarías con la escoba en el techo de un vecino ruidoso como Ginsberg, que está poniendo los discos al revés de nuevo porque la heroína no le deja coordinar dedos y cerebro. Serías feliz en ese piso mugriento rodeado de celebrities yonquis porque el presente te asfixia con su burocracia emocional. Lo piensas, porque crees que lo mereces. Porque crees que eres especial. Especial como los miles de idiotas que hay como tú, que piensan que son especiales porque leen solos la Rockdelux en su habitación y se frustran cuando no pueden recitar ninguno de esos nombres en una noche de cañas. Vale la pena engañar a todos con la ropa usada de tu padre, disfrazándola de vintage, y tu madre te sigue comprando los calzoncillos Abanderado en cajas de veinte unidades. Quieres ser cineasta y reniegas de la escena actual. Estrella de rock independiente y sólo ese título es imposible. No estudias. No trabajas. No eres nadie y nadie te conoce. Crees que es porque tú no les dejas, con tu desdén por las relaciones sociales y tu misterio personal, y lo que pasa es que nadie quiere hacerlo. Ni siquiera acercarse a ti. Despotricas de los macrofestivales y te metes rayas sobre un CD de Oasis. Te aconsejo algo: sigue con lo de las rayas, al menos sé constante en eso.

Como psicóloga del Departamento de Atención al Alumno de la Universidad, nadie me pidió nunca mi título en la entrevista de ingreso. Nadie sabe que el único certificado que tengo es el de moza de almacén en Makro. Ningún miembro del decanato se ha parado a pensar por qué desde mi incorporación el número de suicidios y de muertes violentas de alumnos ha aumentado considerablemente. A veces no hay tiempo para contar estadísticas, también lo sé. A veces ni se sabía que esos chicos pasaban por aquí. A mi petición, las nuevas técnicas pedagógicas apuntaban a la más estricta confidencialidad de datos de los pacientes.

-Toma -le dije al fin, cuando las lágrimas del chico quedaron sólo en un camino seco de sal. Asustado todavía, tendió su mano y recogió asintiendo las siete pastillas que le ofrecí-. Te lo pido como un favor. Para mí y para el resto del mundo, lo mejor es que te quites de en medio.

El mejor trabajo del mundo. Al fin y al cabo, no era tan distinto como trabajar en Makro. Perdida entre pasillos estériles, abriendo bolsas de diez kilos de lacasitos y hundiendo la mano entre los botones de colores, como el paraíso para un pastillero en el parking de la Metro. Sentir el placer de tomar algo que no es tuyo, de romperlo y destrozarlo. El placer de oír chasquear algo, un sonido dulce como el caramelo fluorescente, el resquebrajar de sus mentes, la blanca soledad, la debilidad, la desesperación. Un sonido como el crujir de un lacasito entre mis dientes.
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios


Noticias de Cultura

Enlaces de Interés

Vocento
SarenetRSS