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Coma
10.05.08 -

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Cuántos años? ¿Diez? ¿Quince? No lo sé, pero mi hermano, el pequeño, ya tiene algunas canas asomando en las sienes. No recuerdo casi nada: chirrido de neumáticos, un corto vuelo y un aterrizaje sobre la cabeza, con el cuello en un ángulo imposible. A partir de aquí, oscuridad total, tan sólo un olor a goma quemada. Ni vista, ni oído, ni nada; sólo un sentido el olfato, y ese olor a goma quemada. Inmediatamente después, como si tan sólo hiciera un segundo de eso, noto la luz del sol que daña mis ojos, y mi hermano sentado junto a mí con canas en las sienes. Veo que habla, supongo que a mí, porque me mira, pero no oigo nada bueno, en realidad sí, un incesante pitido sordo en el interior del tímpano. ¿Será eso el silencio total? Al ver que he abierto los ojos, mi hermano se va. ¿Adónde? A buscar el médico, supongo. Intento moverme, pero no noto brazos ni piernas, y las cervicales parecen unidas entre sí, rígidas, como si hiciera años que no se utilizan. De hecho, esto mismo es lo que les pasa. Me hago gracia a mi mismo, y me parece que esbozo una sonrisa. Ahí viene el médico. Corriendo, el estetoscopio rebotándole en el pecho. ¿Qué pasa, tío, ya me dabas por muerto? Por sus ojos, diría que sí. Con una pequeña linterna que se ha sacado de no sé dónde me ilumina las pupilas. ¿Que sí, coño, que sí, que me he despertado! Noto un rumor en el interior de mi cabeza, que tomo por las palabras del médico, pero aún no logro discernir qué dice. Poco a poco, el volumen va subiendo a mis oídos. Ahora está bien, perfecto. Le intento contestar que sí, que me siento más o menos bien, aunque muy extraño, pero sólo logro abrir la boca muy estúpidamente, la lengua se niega a moverse, parece enganchada al paladar. Rasposa y muy seca. Me acercan un vaso de agua, y me mojan los labios. Mejor, pero aún no es suficiente. Supongo que me han leído la mirada, porque me lo acercan otra vez. Bebo. Cuando me separan el vaso de la boca, me doy cuenta que en la habitación ya hay diez o doce personas, y la mayoría parecen curiosos y sorprendidos. Bueno, parece que soy la mascota del hospital. «Hola», logró articular. Oigo un murmullo general, y un flash me ciega. Oigo gritos, y me parece ver, cuando mis pupilas se vuelven a dilatar, que sacan por la fuerza un tipo con una cámara en la mano. ¿Para que querrá una foto mía? El doctor hace desalojar la habitación, incluso a mi hermano, que protesta tímidamente, como intimidado. Ya solos, me explica que he estado ocho años en coma, tras un accidente en la autopista. Me pregunta si veo la máquina que reposa a mi derecha. No logro girar la cabeza, pero, forzando los ojos, adivino un armatoste gris y muchos cables. Digo «sí». Me explica que mientras estuve en coma, eso fueron mis pulmones, mi corazón y mi estómago. Afirma, que deberé seguir en cama. Cuando le pregunto cuánto tiempo más, veo que algo extraño cruza su mirada. Tímidamente, empieza a explicarse con muchos rodeos. Cuando le digo que vaya al grano, que ya he perdido ocho años, me responde que la medicina ha avanzado mucho desde mi accidente, y que sólo soy cabeza. Hasta al cabo de unos segundos no lo asimilo. «¿Cómo?». Sí, que sólo soy cabeza. Ni brazos, ni piernas, ni tronco. Sólo cabeza y esa máquina. Dice que aún tuve suerte, que los otros implicados en el accidente murieron en el acto. ¿Suerte, cabrón? Me parece que suerte fue la de los otros. Tras unos momentos de duda (ciertamente pocos), le digo. «Mire doctor, ¿sabe qué?, casi prefiero la tranquilidad del otro lado» y cierro los ojos. Por suerte, veo que, además de la Medicina, la sociedad también ha avanzado mucho en esos años. Silencio. Descanso en paz.
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