Me dijeron: la vida es un trasiego de líquidos. Me dijeron: cada etapa de nuestra de vida, desde la lactancia hasta la maicena del abuelo, no es nada más que una sucesión de sorbos, de pequeños tragos en los que varía el liquido a ingerir, varía el entorno, mas no la fruición que todos aplicamos en la bebida. Dicen de alguien que ha fallecido tras disfrutar al máximo de su existencia: se bebió la vida a tragos, subrayando que nada sintetiza más el uso y disfrute de los años de vida como la cantidad de líquidos ingeridos. Me dijeron, y yo lo creí, que para reforzar la venta de un líquido, hay que recalcar no ya las cualidades del producto, sino el entorno que más propicia el consumo del mismo. Para publicitar el café, el té, las infusiones calientes, mejor un entorno íntimo; luces indirectas y un tiempo desapacible que, al otro lado de la ventana, invita a la pequeña liturgia, el doméstico paganismo de esperar el silbido de la cafetera, y entonces abrazar la taza que ya contiene nuestro café mientras vemos como el temporal se desgañita contra nuestra ventana. Como sumo sacerdote del recogimiento y el íntimo deleite de la soledad cafeinada, nada mejor que un farero del Cantábrico. Atardece en invierno mientras los partes del tiempo anuncian marejada a fuerte marejada. El farero es un hombre de treinta años, barba de treinta días, fornido, vestido con la sobriedad del marino en tierra pero sin dar pábulo a lonchas de pobreza o desaseo. Digo: jersey de cuello vuelto, gorro de lana, pantalones de pana y botas de montaña. El farero acaba de encender las luces que habrán de guiar el tráfico en la galerna, alejándolo de los riscos y los acantilados, y con el trabajo hecho ve como la noche se enciende degustando una buena taza de café, y ninguno de nosotros renunciaría a compartir otra con él. Por el contrario, para el whisky envejecido quince años en barrica de roble americano, mejor el cuero. Digo: el cuero en los sillones, en los muebles que rodean al señor don, que se sirve un poco de whisky en un vaso de gafas de culo de vaso con sólo dos hielos. La tarde se apaga y, tras un duro día, tras una vida de trabajo, sentarse y paladear un whisky envejecido en medio del cuero de los muebles caros. El señor don ya no es de treinta años, ya no cabellera recia, pero ropa cara, suena aria lánguida de ópera italiana, no es indispensable el mal tiempo, sólo el atardecer indicando que ha de haber transcurrido todo un día, toda una vida para que nos merezcamos tomar esa clase de whisky. Ahora, yo mismo, me digo: quisiera ser farero del Cantábrico para trocar mi soledad indeseada por otra apacible y compañera aunque sé, no me engaño, de las siguientes realidades:
- ya no quedan fareros en el Cantábrico.
- los fareros que, en tiempo, poblaron el Cantábrico, tras degustar un café en vísperas de galernas, agarraban botellas de whisky, sin cuero, sin esperar quince años en barrica, con la prisa de quien desea, a toda costa, que la noche pase rápida, deprisa, sin dejar muertos ni heridos, empezando por el propio farero y su botella de whisky de todo a cien.
II
Pero en aquella noche sin final no hubo ni café ni whisky, sino cerveza. Hay algo indispensable para realizar un anuncio de cerveza, y no es ni el entorno, ni el momento del día, sino la perlas de sudor que han de supurar botes, botellas, vasos donde se sirve la cerveza. Pues, ustedes lo sabrán, nada existe tan descorazonador como un vaso de cerveza caliente. De líquido alegre y refrescante, la cerveza se transmuta en un caldo insípido, amargo, con una inusitada facilidad para transmitir a nuestra alma toda la tristeza y pesar que podemos recolectar en los días más negros de nuestra vida. Más que el vino picado, más que el whisky rancio, mucho más que el café abandonado. La cerveza requiere de constantes cuidados para mantenerla en óptimas condiciones de consumo. No hay nada peor que acudir a una casa como invitado y ver que se sirve la cerveza en botellas tibias al tacto, que los vasos donde se escancia lucen tristes telarañas de lavavajillas, y la cerveza mal parida se nos pierde en cinco dedos de espuma. Por el contrario, también es crimen infame la cerveza enfriada al alboroto, con su carbónico aprehendido en gruesos goterones de hielo a medio cocer y el resto caldo frío pero sin chispa. No, la cerveza ha de servirse en su término justo, con los vasos alegrados con una ligera pátina de agua fría y los grados no sólo de frío, sino de la inclinación en el escancie para procurar dos, sólo dos dedos de espuma. Y entonces sí, entonces vengan los anuncios de cerveza. Los anuncios de cerveza siempre están poblados de amigos íntimos, amigos que se reúnen todos a disfrutar un buen momento de su vida. El momento de los preparativos, del mediodía, del todo por hacer y qué lejos aún nos queda el crepúsculo.
Por ello puse buen cuidado, días antes incluso de la fiesta, en regular mi frigorífico con la temperatura justa. Coloqué de manera adecuada los quintos, los tercios; aborrezco las botellas de litro que, una vez abiertas, traicionan la cerveza dejándola caliente; odio las latas metálicas que degradan la cerveza a gaseosa amarga. Coloqué, digo, los tercios vigilando que ninguna de ellos dejara de recibir su temperatura, pero que tampoco, expuestos a unos pocos grados sobre cero, se contagiara de los espumarones negros que anuncian una pronta congelación. Ella, Lucía, observaba aquel ritual que me consumía las horas sin entender que, mucho antes de su descorche, la cerveza ya proporcionaba gran placer tan sólo cuidando de aquellos vidrios que clín, clín, tintineaban como guirnaldas de la fiesta que se avecinaba. Decía fiesta porque en el alma me alegraba recibir a M. (mi buen amigo) junto a Laura, junto a otros amigos que vendrían a pasar el día. Cuando, en una tarde intrascendente, se habló de una mañana de sábado en mi casa, en seguida pensé en las enormes posibilidades que aquella reunión podría deparar. Dije de los tintineos de las botellas de cerveza en el frigo. Pero los preparativos de una reunión de amigos comienzan mucho antes, cuando acudimos al supermercado a aprovisionarnos de cerveza. Otras veces es carga pesada comprar objetos cotidianos, desprovistos de cualquier tipo de magia. Un bote de espuma de afeitar. Las pastillas del lavavajillas. Pastillas contra los mosquitos. Botellas de agua. Pero cuando compré para la fiesta de M., de Laura, de los otros, pude sentir que la fiesta ya comenzaba en el mismo momento en que recorría los pasillos comparando precios, grados, diseños de envase.
- ¿Crees que cabrá toda esta cerveza en el frigo?- pregunté, y Lucía se encogió de hombros.
Toda la cerveza no cupo en mi frigo. Por ello tuve que esforzarme en mis quehaceres de anfitrión. Si no podía tener todas las botellas de cerveza enfriándose al mismo tiempo, tendría que ir haciéndolas girar en un círculo virtuoso. Primero en el congelador, más tarde en la bandeja del frío, más tarde en la puerta, sustituyendo las listas por el consumo por las que iba sacando de la despensa. No era un trabajo sencillo, como tampoco puede decirse que lo sea criar y mantener a los amigos con los que dar una fiesta, mantener una pareja a tu lado. Acaso lo más agotador era llevar buena cuenta de las botellas más frías y sobre todo, vigilar que nadie que abriese el frigorífico tomase una botella caliente, pues debería indicar en todo momento la botella exacta que deberían abrir. Y aún más lejos: ir previendo, en función del ritmo de consumo general, las futuras necesidades para media, para hora entera, para hora y tres cuartos. Ello me suponía la necesidad de visitar, recurrentemente, la despensa para ir desprecintando las cajas de cerveza que habría de incorporar al congelador. Y allí, en la despensa, recostados contra las cajas de cerveza fue donde vi a M., ¿le recuerdan? besándose con Lucía. Lucía ya no se encogía de hombros.
Mucho antes de colocar las primeras cervezas en el frigo, antes incluso de recorrer los pasillos del supermercado eligiendo estúpidamente entre marcas, la fiesta comienza en el mismo instante en que se redacta la lista de invitados. Y mi lista de invitados comenzaba por Lucía. Y luego venía M., y luego, ¿qué más da?, si ya con ellos dos quedaba claro el enorme sinsentido de las botellas frías, las botellas calientes, el supermercado, la lista de invitados, los días tensos de convivencia con Lucía que obvié para continuar juntos, el momento de declararse tenso e inquieto a Lucía, Lucía, ¿me quieres?, la noche en que conocí a M. y brindamos con cerveza rubricando una inminente amistad basada por gustos comunes en temas banales. Aquel fue el inicio de la fiesta que me duró años cuidando detalles que violentamente se me revelaron inútiles.
Consciente de que ellos me habían visto, con su beso congelado en la despensa, me encerré en mi cuarto. Escuché el que debió ser el revuelo entre mis invitados, ¿no sabes qué?, han visto a.... Luego las llamadas a la puerta, de Lucía, de M., los aporreos del pomo que, atrancado con llave, no quise que abrieran. Sentí sus pasos arriba y abajo del pasillo, identificándolos como sonidos que ya no me pertenecían. Hasta que al fin, convencidos que nada deseaba de ellos, me dejaron solo en casa. Y en el silencio de la soledad, uno, dos, tres, comencé a escuchar cómo reventaban las botellas de cerveza que yo había metido en el congelador, y que nadie tomó cuidado de sacar.







