Señor Director: Como usted ya sabe, hace más de una década que trabajo para este periódico. Cuando llegué aquí ya tenía cierta fama, y algunos de mis reportajes habían sido dignos de mención en círculos periodísticos importantes. En todo este tiempo he surtido al diario de titulares impactantes y de artículos escritos con el pulso que da el oficio y el talento. Usted también sabe que algunos de estos trabajos me han hecho merecedor de los premios más destacados de la profesión; de hecho, soy uno de los pocos reporteros cuya foto figura enmarcada en nuestra sala de juntas, al lado del mismísimo fundador. Precisamente por eso me resulta tan difícil confesar mi impostura. Y es que, a pesar de su calidad literaria indiscutible -la modestia no tiene sentido en este punto- ni uno solo de mis artículos es real, ni procede del verdadero oficio periodístico. Así es. Por fin, después de tantos años de infamia, lo reconozco: nunca entrevisté a aquel primer premio nobel turco en un viejo café a orillas del Bósforo; las lámparas rojas de tenue luz que proyectaban sombras chinescas sobre las pequeñas mesas en las que se bebía té y se hablaba de política y de sueños de integración en la Unión Europea fueron un invento mío; y las declaraciones del escritor, meros extractos de otra entrevista procedente de una agencia internacional a los que cambié el orden y la redacción, haciéndolos míos. Jamás estuve en la zona cero de Nueva York hablando con un policía llamado Nelson Gutiérrez en cuyos brazos murió un compañero el día en que las Torres Gemelas fueron abatidas; no pude ver su dura expresión de tristeza mientras hablaba del agente Cody Kramer, amoroso marido y padre de tres hijas que aún hoy colocan un ramo de flores en su memoria todas las semanas junto al monumento que honra a las víctimas del 11-S; no pude verla por la sencilla razón de que ni Nelson Gutiérrez, ni Kramer ni sus rubicundas hijas existen ni han existido nunca. No he asistido a la rueda de prensa en la que Vladimir Putin anunciaba su retirada de la presidencia rusa; al fin y al cabo, se trata de una crónica que cualquier escritor con habilidad media puede realizar tomando de aquí y de allá de lo que mandan las agencias de noticias. No estuve en el destierro del Dalai Lama y de ninguna manera me dijo que un acuerdo político sobre el Tíbet estuviera cerca, ni que había negociaciones en marcha con Pekín; Tenzin Gyatso no me miró, apoyó su brazo en mi hombro y me dijo: «Usted, pese a ser occidental, entiende lo que es el Dharma». No hallé en Phoenix, Arizona, a Margaret Clark, la despechada esposa que acabó con la vida del excampeón de los pesos pesados Rick Mulligan después de encontrarlo en brazos de una camarera de nombre Annette Brunning en un motel de carretera, una noche en que llovía a cántaros; por tanto, no pudo contarme cómo había huido aquella misma noche tras vaciar el cargador de su revólver sobre los cuerpos desnudos del púgil y de su amante, ni que al salir corriendo se había caído en un charco de barro desgarrándose la pantorrilla con una piedra, originando una herida cuya cicatriz seguía recordándole su crimen cuarenta y tres años más tarde. Ni que decir tiene que no fui invitado, gracias a mis contactos en la embajada, a la boda de Benjamín Rubinstein y Fátima Haztani, israelí y palestina respectivamente; no fueron ellos los que me contaron cómo se conocieron una mañana de cielo gris en Gaza, porque no existen; ahora bien, sí que debo hacer notar la ardua labor de documentación necesaria para reconstruir, como hice en mi crónica, todas las trabas sociales contra las que una pareja mixta de este tipo debe luchar. Tampoco fui el primer periodista que felicitó a nuestro presidente en la noche electoral; sé que él mismo ha afirmado que sí, que fui hacia él con una amplia sonrisa y que estrechó mi mano nada más salir de su despacho en la octava planta de la sede del partido, pero si lo ha reconocido así es porque a él también le agrada esta versión apócrifa según la cual yo, un periodista de un medio adverso, he tenido un gesto de entusiasmo y de reconocimiento de su triunfo. Créame si le digo, señor Director, que no es fácil llevar adelante una carrera de éxito como la mía edificándola sobre la mentira; hace falta astucia, voluntad, y un talento natural para estar siempre alerta; hace falta, también, un conocimiento preciso de la realidad y sobre todo de la psicología humana si uno quiere inventar personajes que hablen, vivan, respiren y se emocionen como cualquier ser real. Como Bárbara Miralles; ¿recuerda usted a Bárbara Miralles? Claro que sí, ¿acaso hay alguien en este país que no recuerde a esa mujer que sacó adelante a una familia de siete hijos dedicándose a la prostitución, y que fue capaz de donar un riñón a uno de sus clientes, con el que mantenía una relación desde hacía catorce años? O como Jacinto, aquel niño de barriada que soñaba con ser astronauta y que, a sus escasos ocho años, recitaba de memoria el nombre de todos los planetas del Sistema Solar y era capaz de recordar la posición exacta en la bóveda celeste de todas y cada una de las constelaciones; naturalmente, no le hablé de él al joven astronauta español que partió a la Estación Espacial Internacional muy temprano una mañana de julio, ni me ofrecí para organizar un encuentro entre ambos. Y qué decir de Carlos Mengue, el futurólogo loco que no se ganaba la vida adivinando el porvenir entre las migas de pan de las palomas del parque, ni sufrió el ataque de un grupo de skin heads que recorría las calles asustando a mendigos y a viejos; él nunca lloró ni se hizo sus necesidades encima mientras los jóvenes ultraderechistas descargaban sobre sus costillas la furia contenida en la madera de un bate de béisbol. Aún espero que usted, señor Director, me entienda en la medida de lo posible. Cuando uno ha visto tanto y llega a comprender hasta tal punto el alma humana, ¿para qué seguir obsesionado con la realidad? ¿Acaso la condición de la existencia aportaría a mis artículos un ápice de verosimilitud? ¿Reflejan mis historias una humanidad distinta de la que esperan todos los lectores de este periódico? Necesito que me entienda porque yo mismo me debato entre el sentimiento de culpa -por el origen fraudulento de mi trabajo- y la satisfacción por la altísima calidad del mismo. Ah, si usted me entendiera. En tal caso yo le mostraría el abrumador listado de ideas que desbordan mi cuaderno de cubiertas negras. Como la de Horacio Hespérides, un trapecista argentino que conseguirá recuperarse totalmente de una caída en la que se romperá todos los huesos de las cuatro extremidades y montará una gran gala benéfica para todos los niños discapacitados de Latinoamérica. O Arsenio Lobo, un ladrón de bancos al que jamás capturarán y que sólo me concederá a mí, en exclusiva, una entrevista. Como la que mantendré, si usted lo desea, con el primer medallista de los Juegos Olímpicos, con el atleta que ha de batir todos los récords establecidos por el hombre, una vez más. ¿Ve qué fácil es? Todo son historias. Si vuelve a leer el periódico con otros ojos, con mis ojos, se dará cuenta. Desde el primer titular de portada hasta la última esquela, pasando por el horóscopo: todo son historias. ¿Cómo sabe que existe esa gente de la que hablan las grandes sábanas impresas en pulpa de papel? ¿Dónde está, entonces, La Verdad? La duda es sobrecogedora; piense que yo no tengo porqué ser el único falsario. ¿Quién le dice que todo el diario no es una revista de relatos de ficción?
A todo esto, ¿existe usted, señor Director?