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Cultura

CRÍTICA DE ARTE
Chelete Monereo
25.04.08 -

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Son pocas las ocasiones en las que, dejando a un lado la calidad/contenido de la propuesta, un artista, sin girar ciento ochenta grados en su trayectoria, sorprende hasta el punto de poner en cuestión determinados esquemas rígidos y alienantes impuestos por el entorno. La adscripción a un determinado modelo, supuestamente inamovible, aborta cualquier pequeño cambio y provoca la reacción contraria de aquellos que precisan, en su visión del arte, caminar sobre el terreno seguro de lo conocido. La sorpresa, capaz de motivar la pregunta y despertar el interés, se vuelve rechazo o sonrisa contenida mientras se sigue dando vueltas al foso donde apenas llega la luz.

Son pocas y por eso, cuando aparece una, el análisis ponderado se convierte en necesidad para hacer más extenso y dilatado el disfrute que, como en este caso, permite descubrir las entretelas, la quintaesencia de una obra con una clara carga ideológica y que, por lo mismo, no hace gala de una militancia hiriente ni tampoco edulcora el papel de la mujer en un antes y un ahora unidos, no por las circunstancias, sí por una manera de sentir diferente proyectada en el tiempo.

Chelete Monereo no rompe con su concepción de la obra de arte como cuadro -es pintora y no reniega de su actividad-, como plano al que se pueden agregar todos los elementos necesarios para plasmar la idea, para expresarse en el convencimiento de que cualquier intervención es asumida por la superficie. Es consecuente con se lenguaje habitual próximo a la realidad, nunca aséptico, nunca alejado de la emoción que le permite reflejar lo íntimo, ya sea interior o exterior -porque la intimidad también se manifiesta en lo externo, hecho propio en cuanto forma parte del entorno cotidiano- y desarrollar siempre un discurso coherente. Y es mujer.

Y este papel, llevado con toda naturalidad, es el que se convierte en el tema de los obras, en el hilo conductor (el hilo se asocia desde la antigüedad con la mujer, con distintas versiones y funciones: dadora de vida, cordón umbilical; salvadora, Ariadna; castigo y trabajo, Arácne; fidelidad y espera, Penélope, ) que asocia labores y responsabilidad dada y asumida hasta las rupturas de la postmodernidad.

La pintora establece, y seguimos con la metáfora del hilo, una relación de continuidad entre distintas generaciones femeninas a través de las telas, los tapetes, las prendas que en otro tiempo constituyeron el ajuar identitario y que ahora, pese al cambio de función, siguen con el mismo significado o conservan aquella carga emotiva primera -incrementada con las vivencias de las herederas- ahora convertida en expresión universal pública. La tradición se trastoca, pero se conserva en el drama reivindicativo, en los sueños -El hogar a vista de pájaro, la mujer convertida en nuevo Ícaro que sustituye las alas de cera por gasas vaporosas-, en el reconocimiento de una particularidad que no es excluyente ni tampoco sumisa a una condición. Chelete Monereo sorprende, tanto en el desarrollo del discurso como en el lenguaje, por eso conviene destacarlo y dejar constancia de la enorme vitalidad de su propuesta.
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