
No es ésta la vida que esperaba este chico de 21 años cuando dejó Níger, hace ya tres años. «Ahora hay mucha más gente en la gasolinera que hace unos meses. Se nota que la cosa está peor», explica. A él, en todo caso, siempre le ha ido mal. Los subsaharianos son el último escalón, los más marginados de entre los inmigrantes sin papeles. El Rollo es desde hace años su punto de encuentro en busca de una oportunidad laboral. Hamza ha ido saltando de un sitio a otro. Barcelona, Almería y después Murcia. «En Cataluña no encontré nada, la situación allí era todavía peor. Donde más suerte he tenido es en Almería», cuenta.
Se coló en España por Ceuta. «Se pasa muy mal. Llegó un momento en el que sabía que entraba en Europa o terminaría muriendo en Marruecos. Muchos compañeros tuvieron ese fin». Escondidos en campamentos clandestinos en las montañas que rodean la ciudad española, los subsaharianos estaban en aquella época -hace tres años- a merced de los robos y la arbitrariedad de la Policía marroquí. Después, cuando las vallas lo pusieron más difícil para cruzar, llegaron los cayucos a Canarias, cada vez desde puntos más lejanos de la costa africana.
Pese a todo lo vivido, Hamza no tiene de momento pensado volver. En Níger trabajaba en una tienda de ropa propiedad de su familia. Pero la crisis era tan fuerte que el negocio no daba para alimentar a todos, así que hizo las maletas y puso rumbo a España. Las cosas no le han salido como esperaba, pero todas las mañanas sigue levantándose antes de que salga el sol con la esperanza de que ese día cambiará su destino.









