Waters toca en el campo de fútbol de Atarfe (Granada) el 9 de mayo (22.00 h., 65-75 euros en venta anticipada), en un concierto de dos horas y tres cuartos de duración y un programa que incluye todos los éxitos de los Floyd, temas de su carrera en solitario y la recreación íntegra de The dark side of the moon (1973), uno de esos discos básicos del rock y uno de los más vendidos de la historia.
El primer set del concierto será una versión recién modelada de In The Flesh, repertorio que proporciona una descripción comprensiva de la música de Waters e incluye material de Pink Floyd; composiciones clásicas de The Wall; piezas de Animals, Wish you were here y The final cut; y canciones del bajista en solitario procedentes de sus discos Amused to death y The pros and cons of hitch hiking.
La segunda parte la ocupa The dark side of the moon, más unos bises en los que incluye Another brick in the wall y Comfortably numb.
Los conciertos de Roger Waters exhiben elaboradas vídeo-proyecciones de gran escala, una teatral puesta en escena y una serie de efectos especiales para subrayar y acentuar el poder de su música, entregada a través de un sistema de sonido envolvente 360 grados que usa las últimas innovaciones tecnológicas.
Para este montaje se adaptarán las instalaciones del campo de fútbol de Atarfe, ya que el gran formato del show obliga a acondicionar las instalaciones municipales para acoger un espectáculo para el que se requiere más de una semana de trabajo y en el que se emplea a más de trescientas personas; y es que hablamos de una de las producciones más ambiciosas de las últimas décadas llevadas a cabo por un grupo en directo y desde luego la más grandiosa que se ha visto nunca en Granada.
El tratamiento del sonido siempre fue una de las señas de identidad de Pink Floyd en sus discos, algo que Roger Waters plasma a la perfección en su directo haciendo posible que todo suene, en ocasiones, mejor que en el estudio. Y eso sí que es materia complicada cuando se trata de la banda británica.
Efectos especiales
Así, -y como se vio el pasado año en Barcelona- los efectos, cada una de las explosiones, los juegos de voces e instrumentos... todo se entremezcla por los cuatro costados del recinto reclamando continuamente la atención de un respetable que mira de un lado a otro, como perdido, cuando se escuchan entre otros sonidos los ladridos y balidos que preceden a Sheep, las risas de Brain damage o las cajas registradoras de Money. La pantalla de alta definición con efectos tridimensionales que preside el escenario muestra imágenes que van desde un cielo estrellado hasta la magia del viaje a la Luna al que Roger Waters invita a su público en la segunda parte del concierto.
Un sinfín de elementos, además de todo lo mencionado, enriquecen aún más la escenografía de Waters: los martillos de The Wall, que hacen acto de presencia nada más comenzar, el mítico cerdo volador, los fuegos artificiales, un astronauta que sobrevuela el recinto o el gran prisma -carátula del disco The dark side of the moon- que proyecta desde el techo un arco iris de láser, dan al espectáculo un plus que lo hace impagable.







