
Como psicóloga, no puedo aceptar que el hombre sea malo por naturaleza, ya que tanto la posibilidad de cambio como la tendencia autosuperadora quedarían negadas de entrada. De este modo, la psicoterapia no tendría sentido, ya que no sería posible y difícilmente adecuada o eficaz. Soy de la opinión que el ser humano es básicamente bueno y tiene una clara tendencia hacia la superación personal, si bien es cierto que hay una dualidad constante fruto de la continua lucha entre lo que uno quiere hacer y lo que debe hacer. Esto no me exime de sorprenderme, y no gratamente, cada vez que compruebo cómo se pueden torcer las cosas.
Todos hemos sido testigos estos últimos días de la máxima expresión de la brutalidad y del sinsentido a través de un nombre que ha llenado muchos minutos y muchas líneas en los medios informativos: Mari Luz. Por un lado, la muerte absurda y evitable de la niña ha puesto de manifiesto que en realidad existen personas que, no siendo malas por naturaleza, sí que presentan una conducta absolutamente desadaptada y psicopatológica que requiere un control médico, social y judicial que en este caso ha fallado en alguno de sus eslabones y, por otro lado, el resultado de la frustración en forma de violencia colectiva ante un hecho absolutamente injusto e injustificado pero que puede ser explicado cuando la sociedad tiene que enfrentarse a hechos de esta naturaleza y considera que la Justicia no es suficientemente efectiva para castigar y reprimir a quienes se saltan sus derechos, entre ellos el derecho fundamental a la vida.
Es aquí cuando somos conscientes de la brutal dualidad del ser humano: ¿cómo puede un hombre aparentemente normal llevar a cabo un acto tan deleznable y cómo pueden unos individuos absolutamente adaptados que justamente se mueven para condenar este tipo de hechos tomarse la justicia por su mano y linchar públicamente al hermano del presunto asesino? Pues no me queda más remedio que echar mano de la literatura, como tantas otras veces, para realizar una clara analogía entre los hechos y lo que narraba Robert Louis Stevenson en su novela para ilustrar el desdoblamiento psicopatológico que sufría su personaje.
Es difícilmente recuperable a nivel psicológico y social el individuo que comete este tipo de hechos. Hay unanimidad en la comunidad psicológica en este sentido: los pederastas tienden a repetir sus conductas con unos índices altos de reincidencia y la psicoterapia se ha mostrado dudosamente eficaz en estos casos. Por otro lado, el comportamiento colectivo no se mueve por las mismas motivaciones y fuerzas con las que se explica y origina el comportamiento individual, de manea que un grupo de personas, alienadas por un sentimiento de ira colectivo, son capaces de cualquier cosa. Incluso de cometer actos que, desde su individualidad, serían incapaces de cometer por su propio código ético conductual.
Siempre me gusta exponer una temática en particular y ser resolutiva al respecto. Hoy esta labor se me hace harto difícil ante la naturaleza de los hechos. Lo único que me queda es intentar explicar, que no justificar, por qué hay ocasiones en que uno preferiría no vivir en un mundo como éste. No obstante, sigo pensando y espero seguir creyéndolo, a pesar de la realidad en la que vivo, que el hombre es esencialmente bueno y que la fuerza motivadora principal es siempre el instinto de superación, no el de destrucción. Como decía Nelson, quizá ha llegado el momento en que todos los hombres buenos acudan en ayuda de sí mismos.
Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual y de pareja.
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