
El que se inauguró como Real Hospital de Antiguones bajo el reinado de S. M. Carlos III, después en 1801 Hospital Nacional de Marina, en 1827 Real Hospital de Marina, en 1891 Hospital de Marina (su nombre más duradero y el último en su situación de la Muralla del Mar de Cartagena), en 1984 Hospital Naval del Mediterráneo, en 2002 Hospital General Básico de la Defensa de Cartagena (a mi juicio el título más agresivo con la gramática: un sustantivo, dos adjetivos, un genitivo y un topónimo), para ser hoy el Hospital Naval, el más escueto, el más directo. Siempre llamó mi atención que nunca figurase en su nombre oficial el de la Real Armada, su mejor valedora, la que impregna e impregnará siempre su espíritu, su alma, su gran historia y su intrahistoria, que diría Unamuno, es decir el dolor, el enfermar, sus heridos, sus heroísmos silenciosos, su callada dedicación, la grandeza de su personal, la profesionalidad de sus hombres y mujeres, ¿y han sido tantos! que no me atrevo a nombrar a ninguno para no bordear el riesgo del olvido que sería imperdonable. Pero ahí queda y siempre quedará, no sólo en la realidad de la Armada, sino en lo más profundo del corazón de los cartageneros a los que tanto y con tanto ahínco sirvió y continuará sirviendo ahora bajo la administración de la Comunidad Autónoma.
Sé que de mis renglones anteriores se destila hasta anegarlos, un reguero de nostalgia que viene de un inagotable venero de admiración por los que tanta voluntad de servicio a los demás han dejado entre sus paredes tan centenarias: ¿246 años! ¿Quién ha dedicado tanto y tan generosamente!
El hospital acogió a muchos soldados y marineros de España, desde el Tercio Viejo de Cartagena, del que con tanto acierto se ocupó Arturo Pérez Reverte en los párrafos de su narrativa, hasta las dotaciones de las modernas unidades de la Fuerza de Acción Marítima que pregonan nuestra bandera por todos los mares del mundo.
Yo no soy más que un eslabón de la larga cadena de oficiales médicos que, desde que el hospital abrió sus puertas en el siglo XVIII, dedicaron lo mejor de sus vidas a la Sanidad Militar y a los que no puedo dejar de rendir respeto y admiración. Pero es a mí a quien ha correspondido este trabajo de transformar -que no cerrar- con otras funciones esta altísima institución (que está por encima de cada uno de nosotros), buscando siempre el mejor servicio a la población tanto militar como civil de la ciudad de Cartagena y a la que tantos hombres de la mar han acercado su dolor y su enfermedad para recibir la mejor atención que se les pudiera dar. Mis antecesores lo hicieron bien, muy bien, pero por encima del brío que de cada uno de nosotros pueda poner en su cometido de mantener activo y funcionado el hospital, siempre está presente el verso de Calderón: «Entre nosotros la principal hazaña es obedecer», y si tantas veces el hospital abrió sus puertas a todos con ocasión de epidemias, catástrofes, naufragios y guerras, hoy toca pasar el testigo a otros gestores y en ello ponemos nuestro mejor entusiasmo aunque no podamos, ni tenemos porqué, esconder la añoranza que nos alcanza, no sólo a nosotros sino también a muchos pacientes que creen haber perdido algo muy suyo.
Escribo desde el despacho teniendo a mi derecha la bandera de España, a mi izquierda las imágenes de la Virgen del Carmen, patrona de la Armada y la del Perpetuo Socorro, patrona de la Sanidad Militar. Pero delante, delante tengo el inagotable entusiasmo de toda la dotación de este hospital, a los de hoy y a los que nos precedieron que sirvieron, sirven y servirán siempre en el mejor servicio a España.-
Julio César Rivera Rocamora es coronel director del Hospital Naval de Cartagena.









