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La mentira de los políticos
15.02.08 -

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La mentira de los políticos
JESÚS FERRERO
De niños nos enseñan que no está bien mentir y que la verdad es una. Algunos aprendemos después que, por suerte, la verdad es, como mínimo, parecida al dios Jano. También nos convencen de que, muchas veces, mentir no está nada mal y la posmodernidad nos enseña que todo lo sólido se desvanece en el aire. No sé cómo no terminamos todos en el psicoanalista y eso, quizás, es lo que provoca que todos queramos ser como los protagonistas del libro de Kawabata (La casa de las bellas durmientes) y morir en la mentira, que no en la ignorancia.

¿Quién no ha sido bueno en su adolescencia mintiendo? Reconozco que yo era fantástica. Algunos conocidos dicen que lo sigo siendo hasta la fecha; creo que no les gusto. Hay de todo en la viña. Pero si a alguien solemos referirnos como mentirosos es a los políticos: autonómicos, locales, nacionales o de Marte. Nadie se libra, o casi. Pero como ciudadanos es muy difícil discernir cuándo nos mienten y cuándo no. Incluso cuando nos enfrentamos a casos como los de algunos ayuntamientos de Murcia, con causas pendientes ante la justicia, dudamos. Nos hemos habituado tanto a vivir, en el espacio público, con la mentira y la desconfianza hacia el otro que, a veces, sólo nos queda agarrarnos a nuestras simpatías políticas para transitar en el proceloso mundo de la política.

Y cuando la mentira llega a convertirse en un concepto de confrontación política, como en la pasada campaña electoral, es más difícil todavía saber hacia dónde mirar para decidir. Empezamos a asistir a propuestas de campaña de signos y colores diferentes. Nuestra esperanza como ciudadanos es que el que gane cumpla esas promesas. Y aunque a veces lo hacen, en ocasiones encontramos que se disculpan con motivos peregrinos cuando no cumplen lo que nos prometen.

A Julio Anguita se le terminó ridiculizando, y descalificando, por su énfasis en el programa. Algunos autores, como la politóloga Pippa Norris, han insistido en la idea de que los programas electorales predicen las políticas futuras y son un contrato cierto con los electores. Una encuesta del año 2005 nos dice que el 50% de los electores españoles considera que los programas electorales tienen que cumplirse de forma íntegra y que cuando ello no acontece hay que castigar a los políticos. Los diputados de la legislatura que ahora acaba no estaban muy de acuerdo, siguiendo también las encuestas. Para ellos, condiciones cambiantes del contexto nacional o internacional pueden provocar que las promesas ya no puedan (o deban) ser cumplidas.

En nuestra memoria colectiva hay muchos casos de promesas estrella que fueron olvidadas al ganar las elecciones. Este olvido, o desprecio, es el que provoca que la democracia representativa esté en cuestión en muchos países. Muchas son la propuestas orientadas a establecer mecanismos más eficaces para que los ciudadanos participen más, y mejor, en el establecimiento de los programas de gobierno de los partidos. Medidas que estarían destinadas a evitar que la única participación de la población en el control de lo que los políticos hacen con nuestro voto no se limite al momento electoral. Pero ¿qué hacemos mientras esto acontece en este país? ¿Qué nos queda al pueblo? ¿Cómo sabemos nosotros, pobres mortales, si nos hacen promesas que saben de antemano que no podrán cumplir o si simplemente mienten a conciencia? Los videntes están carísimos y además nunca aciertan. Sigo con mi libreta (no es azul, no se inquieten). Ahora apunto lo que me prometieron, lo que han hecho y lo que no. Sólo espero no tener que pedir baja por depresión antes de las elecciones. Sobre todo por mi rector.

Antonia Martínez es profesora de Ciencia Política de la Universidad de Murcia y directora del Centro de Estudios de México.
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