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Cultura

LUNES DE MÚSICA
La música contemplativa de Esplá
11.02.08 -

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No hemos hecho justicia a Óscar Esplá, uno de los músicos españoles más importantes de nuestra época y, seguramente de todos los tiempos. Fue un brillantísimo intelectual, tanto en el campo de las Humanidades como en el de las Ciencias, y su actividad de musicólogo y compositor le deparó muy destacados reconocimientos nacionales e internacionales. Sin embargo su música, refinadísima, luminosa y llena de color, no es de las que enganchan fácilmente. Parece como si cada pasaje, tan admirablemente cincelado, fuese una frase volandera y huidiza, que se nos escapase entre los dedos, dejándonos tan sólo un vago recuerdo fulgurante, como esas manchas encendidas que nos quedan en la mirada, cuando cerramos los ojos ante un paisaje abrasado por el solanero. Reconozco que, durante mucho tiempo, la música del compositor alicantino me ha resultado demasiado borrosa e inatrapable. Creo que ha sido ahora, gracias a un compacto grabado por Margherita Marseglia, al violín, y Gustavo Díaz-Jerez, al piano, cuando he principado a entender lo que el músico quiso decirnos en sus pentagramas. Además de la excelente versión de los dos intérpretes, tan plena de sugerentes ampulosidades acústicas, hay, en los apuntes biográficos que la acompañan, un dato en el que, por torpeza mía, jamás había reparado y que ha venido a ayudarme a escrutar los designios estéticos del músico: su estrecha amistad con su paisano Gabriel Miró.

La sensación de fugacidad que me producía la música de Esplá era la misma que experimentaba en mis tempranas lecturas juveniles del escritor alicantino, a quien profeso ahora rendida devoción. Cada párrafo me despertaba una vivísima impresión sensorial, pero me encontraba perdido en aquella maraña de percepciones, sin atinar adónde quería llegar el autor, hasta que comprendí lo que, por otra parte, estaba muy claro en su espléndida prosa: lo que le complacía no era llegar sino ir: En Años y Leguas, el vagabundeo de Sigüenza, contemplado por sí mismo como si fuera otro, tan sólo buscaba dejarse impregnar por las cosas que le salían al paso, «olivos y almendros subiendo por las laderas; arboledas recónditas junto a los casales: el árbol de olor del Paraíso; un ciprés y la vid en el portal; piteras, girasoles, geranios cerrando la redondez de la noria, las frentes desnudas de los montes, rojas y moradas, esculpidas en el cielo; y en el confin, el peñascal de Calpe saliendo encantadamente del mar el aliento de la anchura, el vaho de sal y de miel del verano levantino cuando cae la tarde». Son las imágenes las que, como inasequibles mariposas, revolotean, en las páginas de Miró y en las partituras de Esplá, sin dejarse cazar, fluyendo sucesivamente, una tras otra, ante el lector o el oyente que las contempla. Quizá porque ahora no se lleva la vida contemplativa es por lo que nos cuesta esfuerzo adentrarnos en el mundo del escritor y en el del músico.

Las cinco Canciones playeras, originalmente escritas para soprano y orquesta, y arregladas para violín y piano por los propios intérpretes, no son folklore, aunque tienen el perfume de lo popular, junto al color de los dos azules que, desde Guadalest veía a lo lejos Miró, entre unas palmeras: «azul celeste y azul de Mediterráneo». Más densa y ensimismada es la Sonata op. 9, originariamente destinada al gran violinista belga Eugène Ysaÿe, quien aconsejó al compositor reducir su duración, lo que éste realizó muchos años después: una obra de gran empaque y elegancia, en la línea de la mejor tradición europea.
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