Apelar a la «fe ciega», el «absoluto convencimiento», la «seguridad y tranquilidad» propias para justificar el encargo de un proyecto único como éste al arquitecto Andrés Cánovas (cuyo mérito profesional no pondré yo en entredicho, pero sí cuestionan algunos) es querer endulzar que las cosas se han hecho en la soledad de un despacho y a dedo.
¿Basta con que el director general de Bellas Artes, José Miguel Noguera, y sus técnicos decidieran que entre «varios proyectos» -¿cuántos son, quién los ha visto?- el de Cánovas era el mejor? «Lo importante es hacer las cosas de la mejor forma posible», dice Valcárcel tomando de ejemplo el Teatro Romano, estrella regional en Fitur y que dirige Rafael Moneo. Pero en torno a Moneo sí hubo consenso.
Mucho confía en el «empeño e ilusión de Noguera» el presi, pues admitió que no vio el proyecto hasta que llevaba encarrilado un año y medio pero se adhirió a él «entusiasmado». El gobernante debe esgrimir algo más que fe: criterio.
¿Cuál? El mismo que, antes de despacharlo todo con «esto es una polémica estéril», defendió el consejero Pedro Alberto Cruz para demostrar la transparencia y excelencia con que elegirán al director del Museo de Arte Contemporáneo: cumplir un Libro Blanco de Buenas Prácticas y convocar un concurso internacional. ¿Se acuerdan de Willy DeVille? Pues eso: Demasiado corazón.







