La idea no es mala, el programa no es malo, Sierra no es mal fichaje; lo malo es que un programa así entre en las prioridades de TVE, con la cantidad de lagunas que tiene en otros terrenos más esenciales para un canal público.
Hablemos ahora de Enigmas. Según parece, tenía que haber ido a Antena 3; esa era la intención. Ha acabado en TVE por esas vueltas de la vida. Iba a emitirse en prime time; ha acabado en late night los viernes. El género paranormal es, como todo el mundo sabe, un territorio muy delicado.
Hay fenómenos paranormales, eso es una evidencia. Buena parte de ellos pueden explicarse; otros, no. Estos últimos se prestan a todo tipo de interpretaciones, cuál más descabellada. A partir de aquí, entramos en el bazar de la superchería y en los mares del delirio. Para el comunicador que se dedica a estos temas, lo paranormal es una veta inagotable: como son cosas sin explicación, cualquier explicación es posible. La credulidad popular asigna al fenómeno paranormal un significado arbitrario que varía con el tiempo: lo que hace cuatrocientos años se veía como obra del demonio, hoy se interpreta como huella extraterrestre; a lo que se tomaba por milagroso prodigio, se le aplican hoy perspectivas paracientíficas como lo de los universos paralelos.
Dentro del capítulo de la credulidad popular, ocupa un lugar específico el hombre en quien se deposita esa credulidad, es decir, el que cuenta los misterios. Jiménez del Oso, J. J. Benítez o Iker Jiménez encarnan tres tipos distintos de depositario del Gran Secreto. Sierra entra en la nómina con una personalidad igualmente distintiva: la del joven sabelotodo de ademán doctoral que penetra en los misterios con aire de objetividad informativa. ¿Es posible la objetividad en algo cuyo objeto es inaprensible? No, evidentemente, pero en eso consiste el juego. Un buen programa, tal vez. Pero absurdo en TVE.





