
Pero entre este galimatías de deshechos hay también espacio para el orden y la limpieza. Los pobladores más antiguos han llegado a acomodarse de tal manera que han hecho de las chabolas construcciones muy confortables, equipadas con televisión, reproductor de DVD, hornillo, frigorífico y lavadora.
Tito es uno de los rumanos que tiene su chabola en el poblado de la calle Fuensanta. Lleva diez años en ese lugar. En ese tiempo él, su mujer y sus dos hijos se han acomodado a la insalubridad. A pesar del aspecto ruinoso que presenta el exterior, al llegar a la entrada de su chabola dos pequeños árboles plantados en sendos tiestos guardan la puerta principal. Dentro, la calidez de una pequeña estufa invade las dos estancias en las que está dividida la cabaña, una cocina y el salón-dormitorio. Varios cuadros decoran las paredes hechas con tablones de madera y aisladas del exterior por plásticos. Televisión, radio, tres camas, varias alfombras completan la estancia que cuenta con tres lámparas que les iluminan por la noche con electricidad tomada de una farola cercana.
La cocina, justo a la entrada, está enlosada con gresite. Un hornillo con dos fuegos «para hacer de comer», un frigorífico pequeño, utensilios de cocina bien ordenados sobre una encimera y restos de roscón de Reyes. Toda la estancia está presidida por un cuadro con la imagen de la Virgen María. «Me gusta mucho la Virgen y a ella le pido que no echen de aquí», dice la mujer de la casa.
No parece que su petición vaya a ser concedida. El decreto de desalojo del Ayuntamiento está en marcha y, probablemente, en menos de 24 horas lo tendrán delante. La orden no dejará lugar a dudas: 48 horas para desalojar el que ha sido su hogar hasta ahora, conseguido a base de aprovechar lo que otros no quieren.
Tito dice que ha pedido ayudas para conseguir una casa en mejores condiciones en el tiempo que lleva aquí y que no se las han dado. Es rumano y aunque es ciudadano comunitario tiene que pedir un permiso de trabajo que no le facilitan. «No me han dado nada a pesar de tener derechos como ciudadanos de la UE. Tampoco me hace falta, con lo que tengo me sobra. Es nuestra forma de vida y sólo pido que no nos echen de aquí». Su deseo, mantener a su joven familia bajo techo, no parece que vaya a cumplirse.










