
- ¿Cómo se le ocurrió hacerse joyero hace ya cincuenta años?
- Cuestión de circunstancias. Nací en Madrid, pero a los doce años vine con mi familia a Murcia, Era una época díficil. Mi padre era funcionario de telégrafos. Había que colocarse en algo, no solo estudiar, porque era necesario llenar la olla. Estuve varios años aprendiendo en un taller. Tras el servicio militar, monté un taller en mi casa, para trabajar a joyerías de Murcia y a particulares. Luego abrí una tienda en la calle Azucaque, donde estuve más de treinta años .
- Y el paso a Trapería, ¿porque era más rentable?
- Aquí ya hubo otra joyería. El dueño la quería traspasar, pero quería que fuese yo quien la llevase, porque sabía como trabajaba. Llegamos a un acuerdo. Aquí estuve, hasta que mis hijos, que estaban estudiando, prefiriendo ocuparse del negocio. Y ellos son los que lo están llevando, luchando y mejorando.
- Como entendido en la materia, ¿es muy difícil trabajar el oro, las piezas de piezas de joyería, los metales preciosos...?
- Más que nada lo que requiere es tiempo.Trabajar el oro o las piedras es como la cirugía: hay cirujanos buenos, que tienen arte en las manos y en la cabeza, como es natural, y cirujanos malos. Ahora todo es distinto, porque se dispone del oro como uno quiera: en hilo en chapa, de tal grosor...
- Pero, ¿todo es tan normal para usted, como para un vendedor de fruta pesar un kilo de naranjas?
- Quienes sabemos trabajar el oro, lo hacemos como el hojalatero que domina la hojalata o el herrero el herrero que sabe manejar una chapa de hierro. Lo que hacemos también es llevar más cuidado, para evitar que se pierda el polvillo del oro que se desprende. Ahora se recupera todo. Se barre todo lo que hay en el taller y se recoge.
- ¿Usted qué hacía: collares, anillos, pulseras...?
- Hacía de todo: collares, anillos soldaduras... Todo a mano, porque entonces no existían máquinas.
- ¿Alguna obra singular para un acontecimiento especial?
- Algo especial, no sé. Lo que sí hice, cuando tenía el taller en mi casa, y todavía no había puesto la tienda todavía, fue un collar para una señora, que tenía muchas joyas y quiso aprovechar los brillantes para una gargantilla de oro con platino. Me pasé meses y meses, porque entonces en Murcia no había engarzadores. Y cada vez que tenía que engarzar una pieza, debía enviarla a Madrid.
- ¿Alguna otra aventura?
- No creo, pero sí puedo decir que he restaurado varias veces la corona de la Virgen de la Fuensanta.
- Una satisfacción, ¿no?
- Pues, sí; pero nunca cobré nada, aunque nos llevaba mucho tiempo. Es que la corona está muy deteriorada, del tiempo que tiene y de los traqueteos que lleva. Algunos años años me pasaba cuatro o cinco meses antes de que quedara en perfecto estado.
- Pues quien viera a la Virgen sin corona...
- No; es que la iban cambiando., Le quitaban una y le ponían otra. Y así.
- Estamos en fechas, en las que el regalo es indispensable. ¿También se anima más el público a entrar en su joyería?
- Sí. Creo que todos los comerciantes estamos esperando estos días, porque es cuando se hace la caja. Hay meses en los que es más complicado.











