
La respuesta: sí y no. Por voluntad propia muy pocos cumplen con este límite legal, pero si alguien ralentiza la circulación imponiendo esa velocidad, la reacción de la mayoría es hacer de tripas corazón y aguantar el tirón. Al menos así ocurrió en las dos ocasiones, con conyunturas completamente diferentes, en las que los coches de esta casa se echaron a la calle con los peores augurios posibles.
Y es que hay que echarle valor para plantarse en plena carretera de El Palmar y no aumentar la velocidad por mucho que te piten o que la cola se haga cada vez más larga.
La operación se realizó el miércoles 28 de noviembre y el miércoles 5 de diciembre. Mientras que el primer día era mitad de una semana de los más normal y a una hora temprana (las once de la mañana), el segundo era víspera de festivo, había mercado y la hora era punta (una y media del mediodía). Sin embargo, la experiencia resultó prácticamente igual en las dos ocasiones.
El recorrido incluía la carretera de Alicante, la avenida Miguel Indurain, Ronda Sur, la carretera de El Palmar, el tramo de autovía entre el barrio del Carmen e Ikea, y Juan de Borbón. La consigna de los coches (cuatro), que estaban dispuestos en paralelo, era no pasar nunca de la velocidad permitida.
Excepto en la autovía, donde la velocidad permitida es de 80 kilómetros por hora por tratarse de un tramo urbano, en ninguna de estas arterias se puede circular a más de 50. Sin embargo, la situación que acarrea llevar la misma velocidad en todas ellas es completamente diferente y, o bien el tipo de persona que circula por cada una de ellas es muy distinto o bien la misma persona desarrolla actitudes distintas dependiendo del tramo en que se encuentre.
Mientras en la carretera de Alicante y Miguel Indurain nadie parece impacientarse ni dar muestras de desesperación, en Ronda Sur y la carretera de El Palmar los conductores resultaron menos comprensivos. Un capítulo especial merece ésta última, donde se organizó una cola de una docena de coches a las doce del mediodía que provocó que alguno no pudiera evitar aporrear el bocina para intentar agilizar el tráfico.
El caso de la autovía
En la autovía los coches no fueron en paralelo (está prohibido) sino que se circuló a la velocidad permitida para comprobar cuántos nos adelantaban superando el máximo legal. Resultado: todos. Coches pequeños y grandes, de autoescuela, motos, furgonetas y camiones. Ninguno bajaba de los 80 kilómetros por hora con la particularidad de que los camiones no dudaron a la hora de intimidar con su tamaño acercándose tanto que podían leer el cuenta kilómetros del coche de delante sin problemas.
Juan de Borbón, el último tramo del recorrido, fue uno de los más sorprendentes porque, a pesar de ir a la cabeza de una triple fila de coches, mientras por delante no se veía ni un alma, sólo una furgoneta perdió los nervios y casi provoca un accidente en su intento de adelantar.
Gritos frente a paciencia
Entre los muchos conductores que tuvieron que padecer el ritmo de tortuga que imponían los coches participantes en el experimento, hubo casos sorprendentes. Para mal, como los gritos y aspavientos que dirigió algún conductor con prisas, sin percatarse de que la velocidad de la cual se quejaba era la adecuaba.
Para bien, como el caso de una conductora que acompañó durante un rato la comitiva y que cualquiera hubiera tomado como parte de la operación. No pasó de los 50, respetó la distancia mínima de seguridad y no increpó a los investigadores ni se desesperó en momento alguno.
Con conductores así, quizás habría muchos menos accidentes y conducir sería una actividad mucho más agradable.










