
Pues sí. La soledad de las bibliotecas escolares se respira aún por varios frentes. Existe un desamparo administrativo desde hace décadas, que se ha ido perpetuando en las sucesivas reformas educativas. Es verdad que la biblioteca aparece en todas las leyes, lo que yo llamaría una declaración de buenas intenciones. En la LOE, la última ley de nuestros pesares, se habla de la biblioteca al final del capítulo II, en el artículo 113, que tiene también su matiz inquietante por eso del 13. Un poco antes, en el capítulo I, se las ha considerado como uno de los factores que favorecen la calidad de la enseñanza. ¿Cómo iba a ser menos! Pero se limita, ya digo, a una declaración de intenciones, a enunciar que los centros educativos dispondrán de una biblioteca, y que las administraciones educativas se encargarán de dotarlas progresivamente...
Y si acudimos a lo que llaman el segundo nivel de concreción de la ley marco, a las normativas de funcionamiento, más cercanas a la realidad, volvemos a encontrarnos con un agujero negro: no se contempla por ningún lado la figura de un bibliotecario que se ocupe de las tareas propias y técnicas de organización de una biblioteca. Biblioteca, sí. Bibliotecario, no. ¿Cómo se entiende? Se resuelve la papeleta con un parche a todas luces raquítico, asignando una hora lectiva semanal a un profesor, el coordinador. Sí, han leído bien: una hora lectiva a la semana, una concesión generosa sin límites que puede dar idea del valor que se le asigna a esta función. Ni más retribuciones, ni más méritos, ni más nada. Eso sí, más trabajo, bastante más trabajo, añadido al que ya tiene habitualmente cualquier profesor. Se convierte por ello la función del coordinador de biblioteca en una cuestión de puro voluntarismo. Y así las cosas, es un hecho casi milagroso que aparezcan algunos Robinsones Crusoe en los centros, tenaces y atrevidos, que deciden transformar esta silenciosa isla cementerio, apartada de cualquier ruta habitual de los alumnos, y convertirla en una auténtica y dinámica biblioteca. Hay que tener valor.
Pero aquí no se acaba este desamparo del que venimos hablando. Otro indicador de la soledad extendida es la ausencia de un tiempo lectivo reglamentado en los horarios de los alumnos para ir a leer o a investigar a la biblioteca. También depende de la voluntad del profesor, los llevo, no los llevo, los llevo, no los llevo Y el caso es que cientos, miles de alumnos, han pasado -y siguen pasando todavía- de un curso a otro, en montones de centros educativos, sin atravesar jamás la puerta que los hubiera conducido al mundo de los libros, sin saber siquiera de la existencia de una biblioteca tan cercana a la que acudir para sumergirse en los placeres de la lectura.
Y sí, hay voluntad en la administración para que cambie el panorama; y hay programas educativos que asesoran a los profesores -que no son técnicos en estas cuestiones de biblioteconomía y documentación-; hay cursos de formación, y hay dotaciones económicas específicas y extraordinarias para la mejora de las bibliotecas escolares. Pero aún no se ha llegado al fondo de la cuestión. Y queda lo fundamental por resolver.









