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Cultura

LUNES DE MÚSICA
Mozart, gracias al Cuarteto Saravasti
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Mozart, gracias al Cuarteto Saravasti
Hace diez años nació el Cuarteto Saravasti, formado por cuatro jóvencísimos músicos murcianos que habían decidido adentrarse en el difícil, y bellísimo, terreno de la música cámara, el género que exige, al mismo tiempo, la más alta calidad técnica y la más refinada sensibilidad estética. Desde entonces su labor ha sido incansable y, como fruto a su constante empeño, han cosechado un brillante currículum, tanto en nuestra Patria como en otros países. Quienes hemos seguido su trayectoria hemos podido apreciar como se enriquecía y hermoseaba su dicción sonora, hasta alcanzar un nivel perfectamente parangonable con el conjuntos mucho más veteranos y prestigiosos. Como ganas de trabajar y juventud no les faltan es lógico pensar que su futuro profesional será muy brillante. Varias de sus actuaciones han sido retransmitidas por Radio Clásica y muy recientemente han actuado en Túnez en las ruinas de la antigua Cartago, pero hubo un concierto que para ellos fue especialmente emocionante: el que ofrecieron, ahora hace un año, en la Sala de Velázquez del Museo del Prado, rodeados de los más célebres lienzos del genial pintor. El programa estuvo dedicado por entero a la música de Mozart, tan diáfana y cristalina como el agua de la copa que la Menina ofrece a la delicada infanta, pero, al mismo tiempo, tan llena de ocultas melancolías como las penumbras que nimban su luminosa cabellera rubia.

Ahora, para celebrar la efemérides han grabado un compacto con las mismas melodías que sonaron en aquella memorable ocasión: dos hermosos cuartetos del Mozart más prototípico y, en medio de ambos, la que, para mi es la obra menos mozartiana de cuantas compuso el genio salzburgués: el genial, enigmático e inclasificable Adagio y fuga en do menor. Los dos cuartetos corresponden a la serie de seis que Mozart dedicó a Haydn y que hicieron escribir al ilustre destinatario la famosa carta en la que reconocía noblemente que no había en el mundo músico como el joven Wolfgang Amadeus. Ambos son obras de un Mozart maduro ¿con menos de 30 años!, que había roto con el arzobispo de Salzburgo, se había instalado en Viena, se había casado con Constanza y había ingresado en la masonería. El primero de ellos, Kv. 458, escrito hacia 1784, es llamado La caza, pues se ha querido ver en sus frases iniciales el remedo de una fanfarria, aunque su desarrollo es mucho más profundo que la simple evocación de unas escenas cinegéticas. El otro, Kv. 465, el último de los dedicados a Haydn, es de 1785 y contiene un inusitado preámbulo, meditativo, sombrío y casi atonal, que le ha valido el sobrenombre de Las disonancias, pero, tras un comienzo tan nebuloso, los rayos solares irrumpen rientes, vitales y danzarines, disolviendo las tinieblas.

Envuelto entre estos dos preciosos encajes nos ofrece este compacto el Adagio y fuga en do menor, Kv. 546, escrito en 1788, sobre otra partitura de cinco años atrás. Se trata de una composición tan extraña en el universo mozartiano que hasta los libros más documentados pasan de puntillas sobre ella y solo le dedican un superficial comentario. La escuché por primera vez en la radio, en 1991 y no podía dar crédito a lo que oía: aquella música, tan densa, reiterativa y profunda, me parecía mucho más próxima a los arcanos de Juan Sebastián Bach que a la risueña fluidez de Mozart, quien, además, no era muy entusiasta de la estética barroca, aunque en sus últimos años se adentró en el estudio de los grandes maestros del periodo anterior y llegó a escribir una orquestación del Mesías haendeliano. Sin duda en el alma de Mozart había muchos más abismos de lo que solemos creer, y un genio de tal magnitud era capaz de seguir siéndolo cuando se salía de estilo.
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