Esa circunstancia propició ese más largo encuentro de lo previsto entre el artista que nos abandona y la imagen que con tanta prodigalidad, «por su luz y el color de las piedras», como él decía cuando se le sorprendía tomando apuntes, ha difundido por esos mundos que ocupan sus cuadros.
El pintor, el escritor, el blanco, el lorquino, en suma, rodeado de su familia y varias docenas de amigos se despidió, así, con sosiego, sin prisas de la ciudad que tanto amó y de la que es Hijo Predilecto.







