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El penúltimo vuelo de la paloma soldado
La reestructuración del Ejército de Tierra y un Real Decreto amenazan con eliminar la romántica Sección Colombófila, que subsiste en Madrid gracias a cinco militares y 300 aves
02.12.07 -
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Cierto que las patillas del soldado Bruñen están demasiado largas para lo que la disciplina militar exige. Y que la cabo Patricia debería llevar moño en vez de esa bonita trenza, despeluchada por tanto trabajo. Pero esto es la Sección Colombófila del Ejército de Tierra, dependiente del Regimiento de Transmisiones 22 con base en Pozuelo de Alarcón. Nada que ver con la rigidez de los paracaidistas. ¿Y mucho menos con los legionarios y su cabra! El teniente Espejo, de quien depende este departamento y los otros dos que integran la Compañía de Transmisiones -Medios audiovisuales y Terminales de restauración-, les llama la atención sobre cierta relajación de las normas en lo que al aspecto se refiere, aunque sin mucha convicción: «Son pocos y están aquí para cuidar de los pájaros, criarlos, entrenarlos, mantenerlos perfectamente limpios... Hacen su trabajo y lo hacen muy bien». Junto a Navarro, Patricia y Bruñen trabajan otros dos soldados, Manella y Arias. Cinco militares y 300 palomas.

Aunque el curro es duro -ninguna otra sección funciona los 365 días del año- cualquier militar al que le comuniquen que éste es su destino pensará al instante que le ha caído un castigo del cielo, que lo de las palomas mensajeras es secundario, algo del pasado. Una payasada romántica, vamos. Eso es lo que sintió la cabo Patricia, que lleva aquí seis años. «Me cabreé. Para alguien que se mete en el Ejército, lo último es que le manden a cuidar palomas». Lo mismo le pasó a su superior y responsable desde hace once de este palomar, el subteniente Navarro, que procedía de la unidad de caballos. «Pero en cuanto llegas cambias de opinión», reconoce. Hoy incluso confiesa que cuando, hace meses, oyó que esta sección podría desaparecer, estuvo «deprimido una semana».

Fuentes militares han confirmado a La Verdad que el Ministerio de Defensa tiene en su poder el borrador de un Real Decreto que traspasa el control y censo de las palomas mensajeras de España -que hasta ahora recae en esta sección- a la Real Federación Colombófila Española, aunque aún no se sabe cuándo ni si saldrá aprobado. Este Real Decreto vendría a modificar el de 1983, que garantizó la pervivencia en las Fuerzas Armadas de este servicio para asegurar las comunicaciones en caso de colapso por catástrofe natural o conflicto bélico. Además, el proceso de reestructuración en el que está inmerso el ejército, confirman dichas fuentes, podría, en el peor de los casos posibles, eliminar este último palomar. El año que viene le toca precisamente al Regimiento 22 de Transmisiones, en el que se ubica dicha sección, aunque aún no hay decisión tomada.

Durante esta década, a Navarro le ha dado tiempo de encariñarse con alguno de sus animales. Aunque él lo niegue y se haga el duro. Si sólo hay que oírle cómo cuenta esta historia: «Fue la paloma 33 de 1996. Era la más rápida, la mejor. Cuando tienen ocho años las jubilamos y las dejamos para criar. Aquí, bien cuidadas, viven hasta los dieciocho. La 33 había cumplido ya nueve, era un poco mayor, pero quise darle un último homenaje, que volviera a ser lo que había sido. Ocurrió hace cinco años. Yo decía 'ésta todavía va'. La solté y... nunca regresó. Quizá murió por el esfuerzo o la mató un halcón. Cuando varias palomas vuelan juntas y se sienten amenazadas, la más veterana se vuelve y hace frente a la rapaz para que las otras escapen. Pudo ocurrir eso. Pero fue culpa mía. La 33 podría estar ahora aquí viviendo como una reina y criando otras como ella».

La fortuna Rothschild

Estas palomas son descendientes de la única que ha sido condecorada en España. Hay que remontarse a 1937, en plena Guerra Civil. 200 guardias civiles se encontraban sitiados en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Jaén, junto a otras 1.200 personas. Si pudieron aguantar el envite de los republicanos durante 256 días fue en parte gracias al uso de las palomas mensajeras que les conectaban con el Gobierno Militar de Córdoba y suministraban información sobre cómo hacerles llegar los alimentos. La paloma 46.415 llevaba un mensaje a Córdoba cuando fue herida de bala y cayó a tierra. Arrastrándose entre las matas llegó a su destino, entregó el mensaje y murió. Hoy se encuentra disecada en el Museo del Ejército.

No es descabellado pensar que en un mundo de continuos avances tecnológicos no hay sitio para palomas. Ni aunque sean de la paz. Pero en caso de destrucción de los sistemas de transmisión en la era digital, los militares de la sección dejan claro que la única forma de hacer llegar un mensaje sería mediante este conducto. Todavía hoy, hay civiles que las utilizan para enviar determinadas informaciones sin que haya posibilidad de interceptarlas, algo que ya no es posible garantizar ni con el teléfono ni el e-mail. Los famosos y archimillonarios Rothschild lograron su imperio en 1815 gracias a que una paloma les informó antes que a nadie de que los ingleses habían ganado a Napoleón en Waterloo; Nathán Rothschild se fue a la Bolsa y compró valores cuando éstos estaban por los suelos y en pocas horas había hecho una fortuna.

El subteniente Navarro y los suyos no sólo se ocupan de mantener este pelotón alado, sino que reivindican, con el teniente Espejo al frente, la labor de captación que han ejercido hasta ahora: «Cuando vamos a los colegios con los animales y les explicamos cómo les entrenamos y la historia de los mensajes, muchos chavales se quedan enganchados, ven una imagen diferente del ejército que no es la de las balas y los tanques». Existen argumentos de sobra que cuestionan la existencia de las Fuerzas Armadas, pero la labor de estos caquis y sus palomas parece inocente hasta para quien se regodea al ver la estatua de algún general cagada hasta las medallas. Ellos no discuten las decisiones de sus superiores, tanto si continúan con su tarea como si les cambian de destino. Pero sí expresan su pena por la posible desaparición de una institución que lleva viva desde 1920.

Las 'ratas del aire'

El sol se cuela entre las hojas de los árboles. En la zona de reproducción hay separadas doce parejas de entre las más rápidas, y, aunque no estemos en época de cría, uno de los machos -ambos sexos se turnan en el nido; ellos de de diez de la mañana a cinco de la tarde, ellas el resto del tiempo- esconde bajo su vientre un par de huevos y otro da calor a un pichoncillo que en 24 horas habrá doblado su peso; deberá ser anillado antes de los seis días como hicieron con sus padres, más tarde la argolla no le cabría por la pata. Las iniciales FAS (Fuerzas Armadas) y un número le harán reconocible en todo el mundo como miembro del Ejército español. Todo está impoluto, pese a la fama de estos animales, las ratas del aire.

Poco tienen que ver estas aves con las que vuelan en las ciudades: sucias, con parásitos, con muñones, medio ciegas... Aquí las plumas brillan como el sol, «y los destellos metálicos son mucho más coloridos y luminosos», explica el subteniente Navarro con vehemencia. Y qué decir de los ejemplares de la paz... Ni Ariel lava más blanco. Fomenta su cría porque en los desfiles suelen soltar uno de ese color. Cosas del simbolismo.

En realidad éstos no son exactamente los mismos animales que los de las ciudades. Ambos pertenecen a la especie Columba Livia, pero los de El Pardo son de la subespecie paloma mensajera, un cruce entre la paloma de Lieja y la de Amberes con una serie de genes especiales que les dan esos tonos característicos. «Otra diferencia es su gran carúncula, esa verruga sobre el pico que aquí es más abultada. Y además tienen el esternón más puntiagudo, como la quilla de un barco, lo que las hace más aerodinámicas y resistentes» que sus primas urbanitas.

Peligro de ataques

Aquí todas están bien alimentadas. Y sólo tres permanecen separadas en la enfermería, para evitar contagios. «Estamos obligados a tener cuidado. Hace años tuvimos un problema por salmonelosis y perdimos muchos pichones». No es el único peligro. Una mañana, la cabo Patricia descubrió un revoltijo de sangre y plumas: la prueba de la matanza indiscriminada que una zorra había provocado en una jaula. 60 ejemplares muertos. Y luego están las rapaces. Entre una cosa y otra -además de los cazadores y un cercano campo de tiro-, el palomar registra unas pérdidas del 60% de sus individuos. Pero la sección sigue adelante.



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