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Casi todos eran valientes
28.10.07 -
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Como lo único que tengo claro son las dudas (y quizá las deudas), me pasmo con la seguridad ajena. Es fascinante cómo tanta gente ha puesto de vuelta y media al maniquí del tren, también llamado el cobarde del tren (dudo que hubiera cambiado nada de la situación concreta si se atreve a intervenir). Es un gallina que mantiene una inactividad escandalosa, dicen. Quizá un cobarde, como decía Ambrose Bierce, es una persona en la que el instinto de conservación todavía funciona con normalidad.

Parece que estemos en una película de John Ford. Vamos de Maureen O'Hara (pelirroja pero poco neardental) reprochando a John Wayne su pasividad en El hombre tranquilo en lugar de enfrentarse a su hermano, que no quiere darle la dote (luego la arrastraría del brazo para que viera la pelea). O vamos de Dolores Ibárruri prefiriendo ser la viuda de un héroe que la mujer de un cobarde. Teniendo en cuenta que la dirigente comunista también prefería que se condenara a cien inocentes antes de que se absolviera a un solo culpable, tampoco hay que tenerla como referencia sensata (pero yo me sigo emocionando cada vez que la veo bajando las escaleras camino de la presidencia del Congreso de los Diputados).

Lo más curioso de todo el asunto del tren es que el chico pusilánime del vagón sabe que hay una cámara grabando lo que pasa en el interior del compartimento y, por tanto, que lo van a retratar e inmortalizar como el pasmarote del año. Un artista secundario en la trama pero con papel principal por omisión. Aunque quizá nunca llegara a imaginar la que se iba a montar. Ni que lo fueran a enseñar en España y en América. Y mucho menos que le iban a recordar hasta el principio del nazismo. Sapristi. Eso sin exagerar, señora Aguirre. Vale, pero si nos vamos hasta el nazismo también deberíamos irnos al Experimento Milgram con el que Stanley Milgram, intrigado tras el juicio al plano Eichmann en Jerusalén (un tipo normal), demostró que la mayoría de la gente es capaz de hacer daño si se le obliga. Capaz de dar descargas eléctricas a alguien si se le obliga.

La serie de televisión Héroes está protagonizada, según la publicidad de la exitosa (y sobrevalorada) producción norteamericana de ciencia-ficción, por personas corrientes que un día descubren que poseen poderes extraordinarios. Y tienen que salvar el mundo (ahí está la heroicidad, no en los poderes). Sería interesante, pero nadie se atreve a hacer una serie llamada Cobardes. Es lógico, ni vuelan ni se hacen invisibles ni leen el pensamiento ni dibujan el futuro ni viajan en el tiempo (si acaso, en tren o en metro). Para qué vamos a andarnos con tonterías, no sería interesante, sería un rollazo gafapasta de estética cinematográfica entre nórdica e iraní (y seguramente nos sacaría los colores porque nos veríamos reflejados en la pantalla). De la misma forma que esos héroes televisivos, los cobardes también pueden descubrir un día que lo son. De pronto. Zas. Como el que se descubre invisible o una cana donde no se la esperaba. Y si lo sacan cobardeando en la tele cada diez minutos, como si de un boletín de 24 horas se tratara, para qué quieres más. La conciencia de su cobardía le perseguirá.

Al parecer, tenemos una sociedad extraordinaria. De héroes, no de cobardes. Ni de resignados.También me sorprende cuando una mujer (sobre las palizas a otra por parte de algún animal) dice aquello de ¿a mí me iba a poner una mano encima! Nunca he tenido un novio o un marido que me pegara pero, desde luego, no tengo ni idea de si me dejaría zurrar o sacaría el hacha para averiguar en cuántas partes se puede dividir el cerebro de un hombre (tampoco tengo ganas de averiguarlo).

Ponerse en el lugar de otro es tan fácil como adornarse de virtudes puramente virtuales. A lo mejor son reales, vale, pero no deja de resultar extraño que adornen a tanta gente. A Borges también le habría gustado ser valiente pero, según confesaba, su dentista le decía que no lo era. Me quedo más tranquila al pensar que habría tantos voluntarios para intervenir ante las injusticias. Pero no nos engañemos, cualquiera sabe que para escapar de un tigre sólo hay que correr más que el pardillo que tengas al lado.


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