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En memoria de Pencho Cros
28.10.07 -
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En memoria de Pencho Cros
De madrugá, en esa su hora duende favorita, cerró los ojos ya para siempre Fulgencio Cros Aguirre, Pencho Cros. Como ese último candil en la negrura de la mina, se apagó su voz, pero su estela seguirá brillando eternamente en la historia del Cante de las Minas. Se fue como vivió: con sobriedad, rodeado de cariño y repartiendo generosamente el suyo, como generosamente regaló su voz a quien supo escucharla. Porque Pencho Cros no era hombre de escenarios, aunque sabía estar a la altura cuando se subía a uno y así lo atestiguan sus tres Lámparas Mineras. Prefería compartir su arte único con los amigos, en las tascas unionenses, al calor de una copa, a esa hora en que la noche se junta con la mañana, en ese momento que todos esperaban disimulando su impaciencia y que nunca sabían a ciencia cierta cuándo iba a llegar, en el que Pencho le decía a su amigo y guitarrista: «Antonio, toca, que voy a cantar».

Su pasión por el flamenco era quizás sólo comprable a la que sentía por su pueblo, La Unión, que ahora llora la ausencia de uno de sus Hijos Predilectos y justa Medalla de Plata de la ciudad. Embajador de su tierra y de su Festival, dentro y fuera de ella, Pencho Cros nunca quiso despegarse de las calles que le vieron nacer. Pudo irse a Madrid, a hacer fama y dinero de la mano de figuras como el hijo de Rojo El Alpargatero y de Rafael Farina, que así se lo ofrecieron, pero prefirió quedarse entre los montes de su sierra minera, en la que de joven trabajó y de mayor paseó.

El último minero cantaor de La Unión fue también aprendiz de fragua, alpargatero y mecánico de buques, pero dándole al martillo, al palanquín o la llave inglesa nunca dejó de cantar. Incluso en sus últimos años, cuando esa enfermedad ladrona de la memoria hacía de las suyas, Pencho tarareaba por lo bajinis una minera:



Vi un minero en la cantina

Con muchos conocimientos.

Que el que trabaja en la mina

Conoce el mundo por dentro

Y lo demás, lo adivina.



Trabajador y padre de 10 hijos, sacaba tiempo para estudiar, cultivar y difundir los cantes mineros, de los que era un gran conocedor. Mucho se ha hablado de su estilo personal para cantar la minera, que ha creado escuela, pero es difícil describir la sensación que produce escuchar los sonidos mágicos que salían de su garganta:



Cuando canta Pencho Cros,

Por el secreto que encierra

El conjuro de su voz,

Toda el alma de la sierra

Llega hasta el trono de Dios.



Hasta el trono de Dios ha llegado ya Pencho Cros y andará revolucionando el cielo, con su amiga y paisana la poetisa María Cegarra, ella poniendo la letra y él su divina voz.

María Jesús Villar Martínez es autora de la biografía Pencho Cros. El regalo de una voz.


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