
Su pasión por el flamenco era quizás sólo comprable a la que sentía por su pueblo, La Unión, que ahora llora la ausencia de uno de sus Hijos Predilectos y justa Medalla de Plata de la ciudad. Embajador de su tierra y de su Festival, dentro y fuera de ella, Pencho Cros nunca quiso despegarse de las calles que le vieron nacer. Pudo irse a Madrid, a hacer fama y dinero de la mano de figuras como el hijo de Rojo El Alpargatero y de Rafael Farina, que así se lo ofrecieron, pero prefirió quedarse entre los montes de su sierra minera, en la que de joven trabajó y de mayor paseó.
El último minero cantaor de La Unión fue también aprendiz de fragua, alpargatero y mecánico de buques, pero dándole al martillo, al palanquín o la llave inglesa nunca dejó de cantar. Incluso en sus últimos años, cuando esa enfermedad ladrona de la memoria hacía de las suyas, Pencho tarareaba por lo bajinis una minera:
Vi un minero en la cantina
Con muchos conocimientos.
Que el que trabaja en la mina
Conoce el mundo por dentro
Y lo demás, lo adivina.
Trabajador y padre de 10 hijos, sacaba tiempo para estudiar, cultivar y difundir los cantes mineros, de los que era un gran conocedor. Mucho se ha hablado de su estilo personal para cantar la minera, que ha creado escuela, pero es difícil describir la sensación que produce escuchar los sonidos mágicos que salían de su garganta:
Cuando canta Pencho Cros,
Por el secreto que encierra
El conjuro de su voz,
Toda el alma de la sierra
Llega hasta el trono de Dios.
Hasta el trono de Dios ha llegado ya Pencho Cros y andará revolucionando el cielo, con su amiga y paisana la poetisa María Cegarra, ella poniendo la letra y él su divina voz.
María Jesús Villar Martínez es autora de la biografía Pencho Cros. El regalo de una voz.







