
«Algunos pasan dos meses aquí, y hay que evitar que rompan el ritmo escolar», explica Pilar. Los alumnos pasan por el aula, de lunes a viernes, en grupos de ocho. La maestra recorre además las habitaciones en busca de aquellos que no pueden trasladarse. No se trata sólo de que continúen con el temario de su instituto o su colegio. También se intenta hacerles la vida en el hospital más amena, con actividades culturales y recreativas. Pilar trata de contagiar su pasión por la literatura a los chicos ingresados. El año pasado dedicó el curso a Carmen Conde. Los alumnos prepararon un mural con los versos de la poetisa. Ahora, Frida Kahlo es la protagonista. El rostro de la artista mexicana da la bienvenida al aula, en la que se guarda como un tesoro una pequeña biblioteca. Gracias a ella, los más pequeños pueden viajar desde sus camas a otros mundos y acompañar, por ejemplo, al joven Jim Hawkins en su búsqueda de La isla del tesoro. O perseguir a Moby Dick por el océano y olvidar la enfermedad mientras se sueña con ballenas y olas gigantescas.
Ahora, el hospital quiere embarcarse en otro proyecto, la puesta en marcha de un club de lectura. Los pacientes de todas las edades podrán disfrutar de un libro y después comentar la experiencia con otros ingresados. Pero no sólo las letras pueden ayudar a hacer más agradable la convivencia con la enfermedad. También los números. Un grupo de profesores de Matemáticas ha preparado un programa con juegos y problemas a través de los cuales los chicos podrán disfrutar al tiempo que aprenden. Libros, números y clases hacen del hospital algo más que un lugar en el que permanecer postrados. Es, también, un sitio en el que seguir viviendo, y soñando.









