
El aviso al zagal de que se baje de donde se ha subido porque se va a caer o el remache de que no es más tonto porque no se entrena terminará produciendo inexorablemente la caída y el irremediable envío del muchacho al pelotón de los torpes, dos claros ejemplos de la teoría de la profecía autocumplida, también denominada efecto Pigmalión en homenaje al personaje de Ovidio que de tanto agasajar a una estatua femenina de mármol terminó convirtiéndola en una bella mujer de carne y hueso. Un mito que recogió el dramaturgo Bernard Shaw en 1913 y se convirtió con el paso de medio siglo en el delicioso filme My Fair Lady de Audrey Hepburn y Rex Harrison.
La teoría de la Profecía Autocumplida se aplica con éxito en el mundo de la Educación (realmente de donde partió), el deporte y el manejo de los recursos humanos en la empresa, campos en los que el estímulo y el acicate pueden llevar a un grupo de ineptos a trocarse en expertos tan pronto la motivación se aplique en dosis adecuadas. Lo mismo ocurre, pero al contrario, con el negocio inmobiliario y el anuncio de crisis que tan insistentemente se vocea en los medios de comunicación. Ha sido tanta la porfía en el crack inmobiliario que lo que resulta milagroso es que el desplome no se haya iniciado antes.
Tras la crisis inmobiliaria de 1991 que se prolongó hasta 1996, los precios de las propiedades inmobiliarias comenzaron a repuntar no sólo en España sino en gran parte de Occidente. Reino Unido, Irlanda o Estados Unidos acompañaron a España en la persistente subida de los precios del ladrillo. El planteamiento de la ley del suelo del Partido Popular, por el que era edificable todo lo que no fuera protegido, pretendía disminuir el precio del suelo por el método de un violento incremento de la superficie edificable. No ocurrió así y la escalada de precios empezó a verse acompañada a partir de 2000 del aviso de los agoreros sobre la insostenible situación de la construcción en España y la vecindad del colapso del sector.
Han transcurrido siete años desde que los vaticinios más negros comenzaron a asentarse en el entendimiento colectivo con el recurso al «nene, que te vas a caer», hasta que la profecía ha comenzado a cumplirse y los precios han amainado el galope de su incremento. En muchos lugares de playa, pero también en ciudades y capitales de provincia, los rojos carteles de «se vende» son al mismo tiempo una alegoría del miedo, un efecto dominó (que seguro que tiene también su teoría) y un corolario del cumplimiento de la profecía. Porque ¿quién tiene tanta prisa en comprar si los medios de comunicación aseguran que el paraíso de las gangas se instalará en el otoño de 2008? Y si los compradores se retraen, los precios bajan; sin desplomarse, pero bajan.
Lo curioso es que quienes vaticinaban las bajadas de precios hablan ahora de crisis, de situación insostenible y de la culpa del Gobierno y descubren las masificadas urbanizaciones de Andalucía y Valencia, como si no llevaran años construyéndose. Un sinvivir, les aseguro, eso de ir anunciando calamidades hasta que se cumplan. Como decía el poeta Luís Rosales a sus discípulos: «No adelantemos las tristezas. Ya vendrán ellas solas a su tiempo».








