Las peñas huertanas con barracas respiraron ayer. El Bando de la Huerta es el Bando de la Huerta, y por muy mal tiempo que haga, los murcianos no se resisten a no salir a la calle a festejar la fiesta más tradicional de su tierra.
Hacia las diez de la mañana ya había huertanicos tomándose los primeros tentempiés de la jornada en las múltiples barracas que inundan la ciudad. El lunes fue catastrófico en lo que a la recaudación se refiere por culpa de la insistente lluvia, que anegó los comedores y accesos.
Eso sí, las nubes no se marcharon en toda la mañana y el parte meteorológico amenazaba con posibles chubascos, por lo que muchos aficionados a vestirse cada año con el traje típico dejaron los zaragüelles, la montera, el refajo, las enagüas y las alpargatas en el armario y se decantaron por una vestimenta más sufrida ante posibles charcos.
Otros más osados improvisaban atuendos mitad folclóricos, mitad siglo XXI, que tanto molestan a los más ortodoxos de estas fiestas. Y no podían faltar los claveles en las melenas y solapas de ellas y ellos y las gafas de sol: aunque el cielo esté totalmente cubierto, ocultar los ojos es ya casi otra tradición a la hora del aperitivo y el almuerzo en el Bando de la Huerta.
Hacia el mediodía ya era un auténtica aventura encontrar un hueco en las barracas y en las barras instaladas a pie de bares para pillar una caña y una marinera. Cierto es que las peñas comentaban que otros años la afluencia de clientes fue mucho más impresionante, pero el gentío fue más que suficiente. Las planchas y los serpentines no pararon ni un momento. Es el día de comer y beber sin descanso.