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¿Ha visto usted una nacra?

Nacras sobre una pradera de posidonia, en Isla Grosa. La fotografía es de archivo/JUAN MANUEL RUIZ / IEO
Nacras sobre una pradera de posidonia, en Isla Grosa. La fotografía es de archivo / JUAN MANUEL RUIZ / IEO

El CSIC y el IEO recurren a la colaboración ciudadana para encontrar ejemplares vivos de un molusco que está cerca de extinguirse

Miguel Ángel Ruiz
MIGUEL ÁNGEL RUIZ

Ni punto de comparación entre un lince ibérico o un oso pardo con una nacra. Si el esbelto felino y el grandullón peludo despiertan simpatía e incluso ternura, el molusco no genera demasiada empatía. Por no decir ninguna. Es lo que ocurre con las especies poco o nada mediáticas: que el desinterés social juega en su contra pese a que puedan desempeñar un papel importante en los ecosistemas. Un ejemplo puede ser la ‘Pinna nobilis’, un bivalvo endémico del Mediterráneo que está muy cerca de extinguirse en las costas españolas a causa de un parásito que ha reducido su población al litoral de Cataluña.

Desaparecidos por completo los campos de nacras en la Región de Murcia, Andalucía, Comunidad Valenciana y Baleares, los científícos han lanzado un SOS en forma de campaña ciudadana para localizar –si es que aún quedan– los últimos ejemplares vivos de este molusco gigante, el más longevo del Mediterráneo, algo así como un gran mejillón no comestible que puede superar el metro de longitud, de exterior marrón e interior nacarado. Un gran filtrador que mejora la calidad del agua y vive clavado en la arena, asociado a las praderas de posidonia.

Investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Instituto Español de Oceanografía (IEO) han hecho un llamamiento a buceadores y pescadores para «multiplicar sus ojos y expandir sus tentáculos» y enviar así «un estrecho pero ilusionante mensaje de esperanza» para su conservación. Los científicos del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA-CSIC)) y el Centro Oceanográfico de Baleares (IEO) piden especialmente la ayuda de los buceadores que tengan la posibilidad de sumergirse en estos meses de invierno para intensificar la búsqueda de supervivientes.

Desolación en Isla Grosa

El objetivo es hallar individuos que hayan resistido al protozoo del género ‘Haplosporidium’, que se aloja en la glándula digestiva de la nacra y al que se considera responsable de la mortandad masiva detectada por primera vez en otoño de 2016 en Ibiza, Formentera, Andalucía y la costa de la Región de Murcia, donde contaba con sus mayores densidades en España. Concretamente alrededor de Isla Grosa, donde era posible contar hasta treinta ejemplares por cada cien metros cuadrados, por entre 0,4 y 6,25 individuos en otras zonas.

En poco más de un año las pérdidas se acercan al 100% de la población: solo resisten unos pocos ejemplares en Cabrera, Menorca y el norte de Cataluña.

Lanzado en las redes sociales con la etiqueta #retonacra, este proyecto de ciencia ciudadana ya ha conseguido resultados inesperados: se han recibido 250 observaciones de ‘Pinna nobilis’ que permitirán ampliar las bases de datos de los científicos para conocer la expansión del parásito y ofrecer herramientas esenciales para conservar la especie. La última pista añadida a este mapa colaborativo es la de un ejemplar identificado con vida en la costa de Portopetro (Mallorca).

Este SOS científico es un complemento de la estrategia del Ministerio de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente para crear un reservorio genético que pueda garantizar la conservación de las nacras. Ya se han extraído más de doscientos bivalvos en las costas catalanas, que se han trasladado para su estudio y conservación a diferentes sedes del IEO, entre ellas la del Centro Oceanográfico de Murcia (en San Pedro del Pinatar).

Tan grave es la situación de la nacra que el Ministerio la declaró ‘en situación crítica’ el pasado mes de julio, junto con la jara de Cartagena, la cerceta pardilla, el visón europeo, el urogallo cantábrico, el alcaudón chico y la náyade auriculada.

La ‘Pinna’ resiste en el Mar Menor

Las nacras, pese a no ser una especie propia del Mar Menor, colonizaron con éxito hace años la laguna, donde no ha desaparecido del todo pese a la virulencia del parásito que está acabando con ellas. La profesora de la Universidad de Alicante Francisca Giménez Casalduero, también miembro del Comité de Asesoramiento Científico del Mar Menor, calcula una supervivencia del 7% por encima de los dos metros, según muestreos anteriores al pasado mes de agosto. Por debajo de esa profundidad se habría producido una mortandad del 100%.

«Creemos que ha sido la alta salinidad la que ha protegido a los individuos supervivientes del Mar Menor frente al ‘haplosporidium’. Y es altamente probable que la muerte en la laguna sea debida al proceso de eutrofización y no al patógeno; los pocos individuos que quedan son imprescindibles como reservorio para la futura recuperación de la población mediterránea», advierte.

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