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Los años perdidos de las tortugas bobas

Tortuga boba devuelta al mar en San Juan de los Terreros (Pulpí, Almería), equipada con un transmisor vía satélite/Guillemo Carrión / AGM
Tortuga boba devuelta al mar en San Juan de los Terreros (Pulpí, Almería), equipada con un transmisor vía satélite / Guillemo Carrión / AGM

El seguimiento por satélite de 19 ejemplares de esta especie vulnerable facilita información clave para su conservación

Miguel Ángel Ruiz
MIGUEL ÁNGEL RUIZ

Desde el año 2001, las tortugas bobas están intentado anidar en el Mediterráneo occidental, una situación que no se había producido antes según los expertos. El cambio climático es uno de los factores que las empujan a nuestras costas, donde no lo tienen fácil por la intensa urbanización del litoral y el uso turístico de las playas. Pero encuentran sus oportunidades, como demuestran los casos existosos registrados recientemente en la Comunidad Valenciana y Almería (en San Juan de los Terreros, junto al paisaje protegido de Cuatro Calas de Águilas). También en la Región de Murcia, en La Manga y Calblanque, se han observado tentativas de momento sin resultado.

La cría en cautividad de tortugas recién nacidas y la protección y reubicación de nidos, el protocolo seguido hasta ahora, se ha demostrado como un procedimiento útil para la conservación de la 'Caretta caretta'. Esta es una de las conclusiones del primer estudio de seguimiento realizado sobre el comportamiento de tortugas post-neonatas en el Mediterráneo, que se ha publicado recientemente en la revista 'Marine Biology', informa Europa Press.

Los ejemplares analizados miden entre 15 y 20 centímetros de longitud y pesan entre 700 gramos y un kilo, un tamaño que les permite ingerir cerca del 10% de su peso en pescado e incluir medusas en su dieta, además de jureles, boquerones y chipirones. Los dispositivos GPS que se instalaron sobre sus caparazones pesan 35 gramos, incorporan placas solares para que su batería sea inagotable y están diseñados para enviar información cada vez que el animal salga a la superficie.

Tres nidos entre los años 2015 y 2017

La investigación analiza los movimientos de 19 tortugas bobas procedentes de tres nidos diferentes, liberadas entre los años 2015 y 2017, y a las que se siguió vía satélite, en algunos casos durante más de cuatro meses. El estudio científico que acaba de ver la luz es fruto de la colaboración entre la Universidad de Valencia, la Universitat Politécnica de Valencia, la Estación Biológica de Doñana (CSIC), la Fundación CRAM y la Fundación Oceanogràfic, con el apoyo de la Conselleria de Agricultura, Medio Ambiente, Cambio Climático y Desarrollo Rural de la Generalitat Valenciana y otras entidades conservacionistas (como la Asociación Hombre y Territorio) y administraciones públicas.

Un dato que invita a ser optimistas: la supervivencia media de las tortugas post-neonatas durante los tres meses posteriores a la suelta fue de al menos un 59%, según la investigadora de la UPV Sara Abalo. Es una cifra elevada si se compara con la tasa de mortalidad de los neonatos, advierte, que en sus primeros momentos de vida libre puede ser cercana al 90%. Las tortugas objeto del estudio fueron capaces de sobrevivir y de desplazarse de forma adecuada.

Amenazas

Las tortugas bobas no lo tienen fácil para sobrevivir en un mar cada vez más humanizado y degradado. La pesca, la presencia de desechos plásticos y el cambio climático son sus principales amenazas, lo que hace necesario recabar toda la información posible sobre su comportamiento para protegerlas con las medidas más adecuadas.

Eduardo Belda, investigador de la Universitat Politécnica de Valencia y director del Máster para la Gestión Marina y Costera de la UPV, explica que las tortugas bobas neonatas se dirigen hacia el mar, se alejan de la costa y no vuelven a ser observadas hasta que regresan a aguas costeras como grandes juveniles. «Los años que pasan en este período se conocen como los años perdidos, y necesitamos conocerlos'.

Pueden vivir hasta 50 o 60 años y poner hasta 60 nidos a lo largo de su vida, cada uno de los cuales puede albergar hasta un centenar de huevos, aunque muchas de ellas vivirán solo la mitad de lo que marca su esperanza de vida. Por desgracia, tienen que afrontar numerosos peligros: no solo la amenaza de sus depredadores habituales, sino también capturas accidentales en artes de pesca o la muerte por inanición al quedar atrapadas en redes abandonadas.

Traslocación de los huevos

«Dado que coinciden en la época estival la temporada de puesta de las tortugas y el incremento de la actividad humana en las playas, con las numerosas amenazas que supone para los nidos, en la Comunidad Valenciana adoptamos desde el primer evento de nidificación registrado en 2006 en nuestras costas la traslocación de los huevos a playas protegidas para su incubación», informa Jesús Tomás, investigador de la Universidad de Valencia (UV).

El contacto humano frustra numerosos intentos de anidamiento de tortuga boba, que comienzan a ser cada vez más frecuentes en el Mediterráneo. De hecho, están volviendo a criar en playas que abandonaron hace décadas, como El Saler (Valencia), Torrevieja (Alicante) y Las Palmeras (en el municipio almeriense de Pulpí, junto a Águilas). Los huevos de esta última nidada, detectada en septiembre de 2015, se sacaron adelante en el Centro de Gestión Sostenible del Medio Marino Andaluz de Algeciras y en el Acuario de Sevilla para evitar que fueran depredados o sufrieran daños (se encontraban en una zona inundable). Meses después, en junio y octubre de 2016, fueron liberadas 25 crías en esa misma cala fronteriza con Murcia, algunas equipadas con GPS.

La cría en cautividad de neonatos, hasta alcanzar un tamaño y peso que facilite su supervivencia en libertad, es otra de las medidas posibles, aunque su eficiencia se ha cuestionado por temor a que no desarrollen competencias para ser autosuficientes. Pero según Sara Abalo, en este estudio se ha mostrado que las tortugas post-neonatas criadas en cautividad fueron capaces de alimentarse y desplazarse adecuadamente.

No atraviesan el Estrecho

La mayoría de las tortugas viajaron a zonas de aguas abiertas en el Mediterráneo, con preferencia por el Mar de Alborán, el mar Balear y la corriente de Argelia, en dirección al estrecho de Sicilia. Ninguna de las tortugas marcadas cruzó el estrecho de Gibraltar, en consonancia con las hipótesis que sostienen que el pequeño tamaño de las tortugas post-neonatas no les permitiría atravesar las fuertes corrientes de entrada al Mediterráneo en esta zona.

Solo uno de los grupos de tortugas del estudio, que sufrió una infección parasitaria durante su periodo de cría, frecuentó en mayor medida zonas costeras, comportamiento que se atribuye a su peor condición física. Dos de las tortugas de todo el estudio se recuperaron tiempo después de ser liberadas, ambas con plásticos en sus estómagos.

Eduardo Belda destaca que los resultados de este estudio son «esperanzadores», pues se abre la oportunidad de conocer lo que sucede en los años perdidos de la tortuga boba.

PD. La tortuga boba es una especie catalogada como vulnerable, según el Real Decreto 139/2011, de 4 de febrero, para el desarrollo del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial y del Catálogo Español de Especies Amenazadas.

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