
Bulatovic celebra un tanto junto a Jessica Alonso./AFP
España se condenó a luchar por el bronce. Y buscará el metal contra Corea, el equipo con el que empezó el torneo. Un nuevo bucle en el tiempo, un ‘Día de la marmota’ en peculiar versión balonmanística. Después de un partido que no pasará a los anales de los libros de historia ni a las enciclopedias del olimpismo, la ‘guerreras olímpicas’ tendrán que rebuscar muy dentro de sí para encontrar el ánimo necesario con el que salir a por el metal mañana. Porque el jueves, en el reconvertido Basketball Arena, mostraron la cara que no tocaba. Nerviosas, agarrotadas, fallonas, imprecisas, lentas de piernas. España no fue España, y eso nos envió al bronce. Cosas del deporte.
El equipo montenegrino planteó a España un problema que, en la primera mitad, no pudo o no supo resolver el combinado español. Las exyugoslavas aprovecharon la intimidación que provoca en las defensas dos cañoneras como Popovic y Bulatovic para buscar el pase de las laterales sobre el pivote. La jugada tiene su intríngulis, porque si la defensa española se quedaba muy cerca de seis metros, el lanzamiento acaba en gol; pero si cualquiera de las defensoras se iban a buscar a la jugadora con el balón, el hueco que se producía era inmediatamente ocupado por Dokic, que acostumbra a no fallar.
El otro problema con el que había que lidiar era las pérdidas en ataque. Hasta 10 sumaron las chicas de Dueñas. Lo positivo e interesante es que pese a tal vía de agua -Montenegro perdió dos balones en el primer acto-, el marcador estuvo siempre igualado. El dato habla muy bien de la defensa y muy bien del ataque. Si atrás era Silvia Navarro la que se encargaba de intimidad a las rivales con sus paradas, en el área contraria el teóricamente férreo 6-0 de las de Montenegro se terminaba por resquebrajar cuando Macarena Aguilar movía el balón con rapidez y encontraba en Beatriz Rodríguez y Verónica Casado, las pivotes, el punto de apoyo adecuado para dar la entrada a Marta Mangué, Nely Alberto y Beatriz Fernández.
Esas fueran las premisas sobre las que se movió el acto inicial, y sobre las que arrancó la segunda parte: tres errores en ataque, tres balones más perdidos. La sangría era ya incontrolable. No salía nada. Mangué, siempre tan segura, recepcionaba mal los balones bajos que le enviaba Macarena Aguilar y la continuidad en el juego de ataque era así imposible. Y sin ritmo, sin combinaciones rápidas, España se vuelve previsible y poco efectiva.
La esperanza estaba en la defensa, entonces. Navarro mantenía sus porcentajes y desde atrás parecía posible crecer de nuevo. No lo fue esta vez. Como en tantas ocasiones, llegaron los momentos de terminantes, esos que se suelen articular en torno a los 12 minutos de la segunda mitad. Y en el punto en que España se deshizo de Croacia en semifinales, Montenegro se deshizo de España. Tres ataques seguidos golpeando en los postes fueron el resquicio que necesitaron las que acabarían siendo finalistas. Una brecha insalvable, reducida a base de coraje y pundonor.
España no encontró su identidad, y se condenó al partido más amargo, a ese en que ganar es un consuelo escaso ante lo que se quedó atrás en semifinales. Es la crueldad del deporte.