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A los noventa y dos años recién cumplidos murió hoy en un hospital lisboeta aquél que mejor y por más tiempo representó la restauración democrática en Portugal: Mario Soares. Le espera, con toda justicia, un sentido y merecido homenaje nacional… pero teñido del manto de disensión que suele aportar la vida política hiperactiva. Y la suya lo fue.

Lisboeta, estudiante progresista – se licenciaría en Filosofía y Letras y Derecho – detenido repetidas veces por la eficaz policía política lusa, la PIDE, encarcelado o trasladado a lejanas islas portuguesas, él era ya el emblema más conocido de la oposición no comunista, la que competía con el poderoso PC, pro-soviético y dirigido con mano de hierro por Alvaro Cunhal, por el liderazgo de la oposición.

Cuando la “Revolución de los Claveles” acabó el 25 de abril de 1974 con el régimen neo-salazarista administrado entonces por Marcelo Caetano, él, exiliado a la sazón en París, era ya percibido como el hombre clave de la normalización emprendida. Era el socialista-tipo: había fundado en 1973 el “Partido Socialista Portugués”, operación literalmente a cargo, logística y financieramente, del poderoso SPD alemán y bajo el impulso del entonces canciller, Helmut Schmidt. Un proceso paralelo y simultáneo al de la aparición del PSOE en España. La fundación Friedrich Ebert se encargaba de financiación y logística… y todo fue un éxito en los dos países.

El gobernante Soares

Aunque el aura de la oposición se la llevaba el PC – otra similitud con el escenario español – no hubo sorpresa ante el triunfo electoral de Soares y sus socialistas en las cruciales elecciones legislativas de 1975. La Constitución democrática portaría un tono liberal de viejo y genuino cuño democrático convencional, pero también un acento social propio del tiempo… es decir, una coloración socialdemócrata. Debió estar bien redactada y consensuada, como la española vigente: ambas duran y son útiles.

En abril de 1974 había circulado aquí un libro militante de Soares, “Portugal amordazado”, que había redondeado su figura como indispensable. El lozano PSP ganó las elecciones y Soares formó los tres primeros gobiernos post-revolucionarios (1976- 78) arreció su hostilidad con el PC, dejó el poder un tiempo y volvió a ser primer ministro en 1983-85. En ese momento, a sus sesenta años aceptó ser candidato a la jefatura del Estado y fue elegido y reelegido, de modo que fue presidente de la República durante diez años.

En 1996 dejaría el cargo y aparecería una especie de Soares un poco distinto, completamente desinhibido, polémico en ocasiones y como depositario del crucial periodo que le había tocado vivir. Incapaz de estarse callado – como le pidieron a veces en privado personalidades socialistas de peso – y aparentemente dichoso en su papel de verso suelto de la épica socialdemócrata con derecho a un estatus especial por su hoja de servicios.

Los últimos años

Dinámico, incansable incluso, no pareció pensar ni un momento en una retirada completa, propia del padre de la patria que era y a disfrutar de la vida con su esposa, María Barroso, compañera de facultad. Viajó, dio muchas conferencias, asistió a muchos congresos y escribió mucho y bastante bien. Su primer libro polémico fue uno de tono militante y un punto exagerado de 1977: “Portugal, una revolución amenazada”.

Su inmediato acceso a la jefatura del Estado le detuvo en esta deriva polémica y partidista en la que se desenvolvía muy bien, como saben sus adversarios políticos. Mucho después, ya en 2012, y en un plan cercano a la rabieta causada por el debate político nacional y la conducta de su querido PSP, que no le rendía la debida pleitesía, aún recogió sus colaboraciones de prensa y conferencias en un libro titulado muy claramente “Portugal, estado de urgencia”.

Ese ya no era el Soares de 40 años atrás y es comprensible. Nunca supo ser, ni lo pretendió, un jubilado apacible al que se venera como una vieja gloria y mientras pudo dio mucha guerra y no se calló. Todo el mundo supo, sin embargo, que la muerte de su querida esposa en 2015 había sido insoportable. Era desde entonces un anciano que, por fin y solo por el paso del tiempo, se nublaba en la escena. Pero eso es solo pintoresco y adjetivo en el hombre extraordinario que acaba de morir de viejo en su amada Lisboa. El país se dispone a tributarle el gran homenaje que se ganó a pulso. Fue un demócrata convencido, un luchador valeroso y un hombre de Estado en toda regla.

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