La Verdad

Dopaje de Estado inhumano

La lanzadora de peso Heidi Krieger.
La lanzadora de peso Heidi Krieger. / Archivo
  • La RDA recurrió al deporte como máxima expresión política para mayor gloria de la nación a cambio de destrozar vidas

Durante dos decenios, la República Democrática Alemana llevó a cabo un plan de dopaje que recurrió al deporte como máxima expresión política para intentar demostrar que el comunismo era el régimen ideal frente al capitalismo. Un programa de Estado inhumano que utilizó a niños y jóvenes sometidos sin escrúpulos por los gobernantes y del que fueron víctimas alrededor de 15.000 deportistas. Rodeados de drogas que sirvieron para transformar sus cuerpos, mejorar su rendimiento y permitir la gloria de la RDA, a cambio de destrozar sus vidas.

Con el lema de que 'el fin justifica los medios', los dirigentes de la Alemania del Este impusieron un estudiado sistema de dopaje con el objetivo de crear superhombres y supermujeres, en el que participaron dirigentes, policías, funcionarios, industria farmacéutica, médicos, entrenadores... La cadena acababa en los deportistas de élite encumbrados en los podios olímpicos (102 medallas en los Juegos de Seúl’88), donde la RDA presumía de poderío internacional, superior incluso al de Estados Unidos. La trampa fue descubierta tras la caída del Muro de Berlín y la desclasificación de los papeles de la Stasi, la Policía política que imponía el terror en los centros de entrenamiento y conseguía callar las bocas de quienes pretendían denunciar y aún sufren las secuelas físicas y psicológicas de un modelo despiadado.

Esteroides, anabolizantes... Ciencia al servicio del poder. Las nuevas pastillas azules que contenían hormonas masculinas y que provocaron que la lanzadora de peso Heidi Krieger cambiase finalmente de sexo para convertirse en Andreas Krieger, hoy símbolo de la lucha antidopaje y de odio a una dictadura que se aprovechó de los sueños de sus deportistas. Nació mujer, pero se vio obligada a ingerir hormonas desde los 16 años y ahí empezó a sentirse en un cuerpo extraño. Una caja del anabolizante Turinabol, fabricada en la RDA por el laboratorio Jenafharm, puede verse hoy en día a través de una vitrina en el Museo de Historia de Alemania en Berlín y refleja la vergüenza de una ‘patria’ que presumió orgullosa de deporte en las décadas de los 70 y los 80 y quedó desenmascarada.

«Estoy satisfecho porque en el juicio (de víctimas de dopaje en la RDA, celebrado en el año 2000), tuve la oportunidad de estar cara a cara con el ministro de Deportes y también con el médico y decirles a los dos: ‘Mi vida ha cambiado y vosotros tenéis la culpa’», proclamaba recientemente, casi con lágrimas en los ojos, Andreas Krieger. Ningún responsable acabó en la cárcel y los damnificados continúan reclamando contundencia y justicia al Gobierno de Angela Merkel.

Se ha desvelado que si Ben Johnson, aparte del famoso estanozolol (otro anabolizante), tomaba 900 miligramos de testosterona en un año para convertirse en el hombre más rápido del mundo hasta que se destapó el engaño en Seúl, a las mujeres de la RDA se les suministraban entre 2.000 y 3.000 en el mismo período. Las consecuencias en las instalaciones deportivas de las llamadas «sustancias de apoyo» que los niños pensaban que podían ser vitaminas: mayor velocidad, potencia, masa muscular, explosividad, resistencia... y éxito. Fuera de ellas: suicidios, muertes prematuras, lesiones cardíacas y hepáticas, cáncer, esterilidad, malformaciones de descendientes, depresiones... y rechazo. El precio a pagar por unos deportistas exprimidos, física y mentalmente, en manos una nación que quiso responder a Occidente con métodos letales, sin el mínimo respeto al ser humano.